No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 74
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Minerva pensó que el problema era el cuarto cáliz.

Podía estar allí dentro. Matteo podía estar esperando para matar a alguien, organizar su escena y escapar en ese mismo avión.

Cuando la escalera del avión tocó el suelo, Minerva indicó que ella entraría primero y que Cestaro le cubriría las espaldas.

Se acercó al primer escalón y tragó saliva. Desde abajo no se podía ver nada.

Subió un escalón. Desde ahí solo se podía ver el techo.

Los ruidos de pronto se intensificaron.

Se oyeron gritos ahogados. Allí dentro había alguien, estaba claro, pero aún no podía verlo.

Dio un paso más.

Respiró y sacó la pistola, apuntando a la cabina. Acto seguido, se asomó.

Le pareció que no había ninguna amenaza.

El avión olía a un fuerte perfume de rosas. Una luz viva dominaba la cabina del avión, con interiores claros y asientos de piel color crema.

Una mujer amordazada la miraba con los ojos salidos.

Minerva la miró un segundo, casi sin inmutarse. Siguió mirando el resto del avión y, al otro lado de la mesa, vio dos niños, también amordazados, con cara de estar muy asustados.

—Señora Conti, parpadee si es usted —dijo Minerva, aún desde la escalera.

La mujer parpadeó.

—Si están solos en este avión y no está el asesino, parpadee dos veces.

La mujer parpadeó dos veces.

—¿Hay alguna trampa que no se pueda ver desde aquí?

Ella volvió a hacer la señal.

Minerva pensó un segundo más.

—¿Es seguro entrar?

La mujer asintió con la cabeza y parpadeó; solo entonces Minerva decidió entrar en el avión.

Matteo podría estar detrás de cualquier asiento, podía haber colocado una trampa y engañarlos a todos por vete a saber qué orden de Su Eminencia para que siguiera su cruzada religiosa.

Minerva, después de asegurarse de que no había nadie más en todo el habitáculo del avión, se dirigió hacia la mujer.

—Despejado, voy a entrar, podéis subir —dijo al inspector y le quitó a la mujer la cinta americana que le impedía hablar.

—¡Gracias a Dios! Libérame —le dijo a Minerva y se giró hacia sus hijos—. Tranquilos chicos, ya pasó todo.

—¿Dónde está el hombre que se llevó a su marido?

—No lo sé, solo vi cómo lo tiraba por las escaleras, y luego desapareció —dijo Arianna. A continuación se arrojó hacia sus hijos para desatarlos y poder abrazarlos de nuevo.

—¿Recuerda si dijo a dónde iba a ir después?

La mujer no respondió. Solo la miró y negó con la cabeza; estaba demasiado en shock como para hablar, y preocupada por liberar a sus hijos.

A Minerva le faltaba un detalle, ¿quién pensaba pilotar ese avión?

Siguió caminando por el pasillo, pasó por delante de la puerta de la cabina y la abrió. Dentro, se encontró con la misma escena: los pilotos estaban amordazados y maniatados.

Los liberó.

Pronto llegó la ambulancia de la terminal comercial del aeropuerto Linate. Todos fueron atendidos y los ayudaron a bajar del avión.

Abajo, un sanitario sujetaba una manta de color dorado extendida para que la familia no viera el cadáver del hombre. Cuando salieron, Minerva se acercó de nuevo a la mesa preparada por Matteo. Se colocó delante, con Claudio justo al lado.

—Esto es una pesadilla, chicos. No sé cómo lleváis tanto tiempo aguantando esta mierda —comentó el inspector Carlo Cestaro.

Ellos dos ni se inmutaron.

La escena era exactamente igual a las anteriores: dos planchas de madera, unos caballetes, un mantel de algodón y la misma frase escrita: «No mentirás».

Gabriele Conti estaba expuesto con la garganta abierta, en la misma posición que Judas en el cuadro de Il Cenacolo . En sus manos tenía un saquito de monedas y su codo estaba apoyado en la mesa, doblado.

A sus lados, las figuras de los otros once apóstoles y la de Jesús estaban representadas con siluetas de cartón.

Todas iguales. Todas representaban al patrón de las finanzas de Smart Invest. En todas y cada una de ellas aparecía Gabriele con el pulgar levantado, con traje y sonriendo.

Había nueve a la derecha de Gabriele y tres a su izquierda.

¿Y quién mejor que él mismo para representar la escena?

—Había unos cuantos de estos en la recepción de la empresa donde trabajaba Matteo. ¿Te acuerdas? —dijo Minerva.

Claudio asintió.

—Sí, me acuerdo perfectamente. Incluso en otras partes, menudas ideas megalómanas.

Minerva se metió una mano en el bolsillo. Sacó un guante de látex e hizo una mueca.

—Ya ves, volvemos a lo mismo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Claudio.

—Pues que tenemos que saber dónde vamos ahora… —respondió Minerva—. Acuérdate, cuatro cálices, cuatro víctimas.

Claudio asintió.

—¿Te importa que no mire?

Ella puso los ojos en blanco.

—Menudo quejica —le espetó.

Se colocó el guante y se acercó al cadáver. Claudio se dio la vuelta.

Empezó a sentir la carne fría del financiero milanés.

La mano fue abriéndose paso entre la carne pegajosa.

Aún no había arrancado el rigor mortis y fue más fácil que la última vez.

Rebuscó. Estaba segura de que allí había una pista.

Una estela de Matteo para su juego, para que encontraran el próximo cadáver que estaba ya preparando.

Rebuscó dentro de la garganta del hombre.

Claudio se giró un instante para ver qué estaba haciendo Minerva y la imagen fue dantesca. La inspectora había introducido su mano por completo por la abertura de la garganta.

Claudio tuvo una arcada. Se giró de nuevo, pero el daño ya estaba hecho. Corrió a un rincón del hangar y se puso a vomitar. Arrodillado en el suelo, esperó a que se le pasara el malestar y se secó la boca con un pañuelo.

—Cura, ven, que tengo trabajo para ti —dijo Minerva detrás de él.

Claudio se levantó. Se alisó la sotana y se sacudió el polvo, aunque había poco: a pesar de ser un hangar de aviones, estaba más limpio que un quirófano.

Minerva sujetaba en el aire un objeto que Claudio no pudo ver desde donde estaba. Se fue acercando y, cuando estuvo a pocos metros, vio que era otro papel con una nota, plastificado.

—Esto es cosa tuya, cura… —dijo mostrándoselo.

Él lo miró. Entre los restos orgánicos y la sangre ya coagulada, se podían entrever las mismas letras que Román en Madrid, Judith en París y Matteo en Milán tatuaban en el brazo a sus víctimas.

Suspiró mientras arrugaba el ceño, compungido.

—¿Cuándo acabará esto? —le dijo a Minerva.

De pronto, desapareció la sonrisa de la cara de Minerva.

—No lo sé, Claudio —afirmó entristecida—. No tengo ni idea. Lo único que sé, es que aquí está la pista sobre nuestra próxima parada. Y si somos lo suficientemente rápidos, llegaremos antes de que Matteo cometa el cuarto asesinato.

Los dos se miraron con tristeza, preocupación y complicidad a partes iguales.

Claudio asintió.

—Está bien —dijo y miró al suelo.

Se limpió la boca otra vez. El sabor de los jugos gástricos seguía en su paladar. Lo odiaba. Cogió el papel plastificado y lo intentó limpiar con un pañuelo. Luego lo dejó en la mesa, al lado del último apóstol, es decir, de la última figura de cartón con la cara de Gabriele.

Al lado puso su móvil.

—Pero no tengo aquí mis cuadernos, ni el diccionario. No sé si podré traducirlo bien.

Minerva, que ya se había quitado el guante, se acercó.

—Haz lo que puedas, Claudio —dijo sonriendo y añadió algo que dejó al seminarista de piedra—. Yo confío en ti.

Luego bajó la mirada y se marchó, sin esperar a ver su reacción ni dejarle decir nada más.

Minerva se fue a tirar el guante y regresó al avión para comprobar si se habían dejado algún detalle importante que pudiera ayudar en la investigación.

Mientras tanto, Claudio buscó el alfabeto samaritano en internet. Era consciente de que la traducción no sería perfecta, pero estaba dispuesto a hacer todo lo posible y, como siempre, algo más.

Fue apuntando en el móvil las palabras y componiendo las letras y las frases.

El tiempo pasaba y los minutos corrían con rapidez. Escribía rápidamente y con voracidad. Sonreía al ver la frase formarse. Cuando acabó, alzó la mirada.

Minerva estaba frente a él. Claudio estaba tan absorto en lo suyo, que no se había dado cuenta.

—¿Entonces?

Claudio hizo una media mueca de satisfacción.

—Lo tengo, pero no te lo vas a creer.

—A estas alturas me puedo creer lo que sea, cura.

Él negó con la cabeza.

—El cuarto cáliz… no te puedes imaginar quién es la próxima víctima de Matteo. Ha escrito el nombre.

Ella arrugó el ceño.

—¿Stan? —preguntó asustada

Él no respondió, solo le giró el móvil para que viera la traducción que había escrito.

Ella se acercó y, al verlo, sintió una descarga eléctrica que le atravesaba la espalda.

El nombre recién traducido del samaritano contenía solo dos palabras:

Su Eminencia.