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Matteo temblaba.
No era un temblor de frío. Milán, su ciudad, era gélida en invierno, pero no era por eso. No, en absoluto.
Tampoco estaba temblando de miedo. No estaba teniendo ningún ataque de ansiedad.
No.
Su temblor era provocado por la emoción intensa. Sí, por la emoción de poder ver a Su Eminencia.
Rufus le había llamado para confirmarle que Su Eminencia había hecho un esfuerzo por acudir. Finalmente. ¡Finalmente podría acceder a Su Eminencia! Se moría de ganas por conocerlo en persona y hablar con él.
Hasta ahora, solo había conseguido hablar con él por teléfono.
Pero hoy, Su Eminencia estaba al otro lado de esa puerta de madera.
Matteo Vescovi estaba en su coche, delante del edificio religioso. Apagó el motor y cogió su mochila.
Bebió un poco de agua. Tenía la garganta tan seca que casi no pudo tragarla.
Dejó la botellita de agua en el salpicadero y bajó del coche.
Caminó hacia la puerta. Caminaba por la explanada que separaba la puerta del lugar donde había aparcado. Caminaba deseando llegar y saboreando todo el trabajo que había hecho para la misión, para la cruzada, para Su Eminencia.
El trabajo de tanto tiempo, que finalmente se vería concluido y culminado con su ambición personal de verle.
Llegó a la puerta. Rufus le dijo que estarían solos y que la puerta estaría abierta.
La empujó y, efectivamente, estaba abierta.
La gran puerta de madera emitió un chirrido, que se difundió por todo el ambiente.
Dentro hacía frío, casi más que en la noche milanesa con su densa neblina.
Cerró la puerta detrás de sí y enseguida los vio.
Allí estaban: Rufus de pie, controlando cada paso que daba, sin quitarle los ojos de encima.
A su lado, en un banco de madera, un hombre sentado.
Parecía estar rezando y con una mano sujetaba un bastón.
Se le veía el pelo blanco y una complexión física más bien ancha.
Cuando estuvo a pocos pasos de Rufus, este le indicó que se detuviera.
Esperó unos instantes hasta que el señor que estaba a su lado acabó la plegaria y se giró hacia Rufus. Este señaló con la mano a Matteo.
—Ha llegado.
El hombre no se dio la vuelta, solo le hizo un gesto indicando que se acercara.
Rufus, que a Matteo le recordaba a un portero de discoteca venido a menos, le dio permiso para avanzar. Matteo se dio cuenta de que al lado de Rufus había una silla. Este la cogió y la puso al lado del anciano.
Matteo iba a sentarse cuando la mano fuerte y enérgica de Rufus le cogió un brazo. La otra mano cayó encima de la mochila que llevaba, y se la arrancó.
—Mejor que me la quede yo, por si acaso —afirmó Rufus. Luego indicó al anciano—. Su Eminencia, este es Matteo.
Matteo tardó en girarse. Algo en su interior le decía que no lo hiciera. Al hacerlo vería el rostro de una persona a quien nadie en toda Europa conocía, a pesar de ser uno de los personajes más buscados del continente.
Tenía miedo. Temía a esa sensación que llega tras lograr algo muy deseado: una vez hecho, descubierto y conocido, las expectativas suelen bajar y la sorpresa y la felicidad de la espera se esfuman.
Matteo se fue girando poco a poco.
Cuando la cara de Su Eminencia estuvo delante de él completamente, giró sus ojos y se permitió mirarlo.
Allí estaba, delante de él.
El famoso, escurridizo y misterioso Su Eminencia había viajado hasta Milán solo para conocer a Matteo.