No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 72
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Minerva, Claudio y Cestaro tenían un nuevo destino.

Tuvieron que dar la vuelta a la ciudad; esta vez, en dirección este. La sirena desgarraba el aire con su estridente sonido.

El corazón de Minerva latía tan fuerte como si estuviera corriendo a pie, y no en un coche.

El móvil del inspector Cestaro sonó.

Sin apartar la mirada de la carretera, apretó un botón en el volante y se activó la llamada entrante en el habitáculo.

—Inspector Cestaro.

—Buenos días, soy Franco Dettato, jefe de la torre de control de Linate. Nos ha informado la comisaría de policía de Milán de que teníamos que llamarle. ¿En qué puedo ayudarle?

—Escúcheme. Tiene que detener el avión del señor Gabriele Conti. Que no despeguen.

El hombre, al otro lado, no respondió enseguida. Se escuchó cómo apartaba su silla y caminaba.

—Espere —dijo y la comunicación se interrumpió por un segundo—. Le confirmo que el señor Conti no ha despegado. Tenía hora de despegue hace una media hora, pero al final no se presentó en la pista.

—¿Pueden comunicarse con el avión? —preguntó Minerva.

—Lo hemos intentado hace un rato, me confirma el controlador, pero no responden, habrán cambiado de idea.

Minerva se pudo imaginar lo que podía haber pasado. En el horizonte, no veía el tráfico de Milán en la autopista donde el Alfa Romeo estaba circulando. No, en el horizonte, veía a la tercera víctima del Asesino del Octavo Mandamiento.

—Señor Dettato, soy la inspectora Cadalso. ¿Dónde se encuentra ahora el avión del señor Conti? ¿En la pista?

—No, el avión del señor Conti siempre duerme en el hangar —dijo y tocó dos veces en un cristal que tenía enfrente—. Y veo que está cerrado. Es muy extraño, pero deben de haber cambiado de idea, puede pasar.

«No es raro», pensó Minerva. «Es inquietante».

Debían actuar enseguida. A lo mejor, aún estaban a tiempo de llegar, antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Cuánto nos falta para llegar? —preguntó Minerva.

—Poco, en diez minutos llegamos —contestó el inspector.

—Señor Dettato, ¿puede enviar al hangar una patrulla para ver qué ha pasado? Nosotros llegamos enseguida.

Al hombre no le gustó mucho la orden, pero confirmó que lo enviaría, con un bufido de desacuerdo.

Colgaron el teléfono y siguieron a toda velocidad por la circunvalación de la ciudad, hasta llegar a la salida que los llevaba por el Viale dell’ Aeronautica .

El Alfa Romeo siguió hasta las puertas del área reservada a los vuelos privados.

El coche se detuvo en la puerta, donde un hombre en uniforme de seguridad los estaba esperando.

Los inspectores bajaron y corrieron hasta el guardia que se presentó. Un coche los esperaba y el segundo trayecto duró pocos minutos.

Claudio nunca se habría imaginado que algún día estaría en una terminal de vuelos privados. El vehículo pasó por varios hangares, algunos abiertos y otros cerrados. A un lado tenían los coches aparcados, en medio de una explanada de asfalto.

En los hangares con las puertas abiertas se veían personas de servicio que bajaban las escaleras con aspiradoras; otros con bandejas, seguramente de comida, que llevaban para los próximos viajes.

—Más deprisa, por favor. Más deprisa —decía Minerva mientras daba palmadas en el salpicadero del vehículo.

Finalmente, se detuvieron en el último hangar y pudieron bajar. Estaba abierto, pero por el hueco solo podía pasar una persona.

Minerva fue la primera en entrar. Las luces estaban encendidas en el interior, y se encontró la imagen que más se temía: una Última Cena más.

En un lado, justo a la derecha del centro, se encontraba el cadáver del hombre que estaban buscando. A su alrededor, figuras que representaban a los apóstoles, y Jesús en el centro.

Minerva se detuvo delante con la boca abierta. Negaba con la cabeza; no podía ser posible, habían llegado tarde esa vez también. Incluso sabiendo quién era la siguiente víctima, fueron tan torpes que no pudieron evitar la furia homicida de Matteo y de Su Eminencia.

—¡Noo! —gritó Minerva con todas sus fuerzas—. ¡Maldita sea, otra vez!

El eco de sus gritos se repitió por el espacio enorme y vacío.

Claudio se acercó a Minerva. Quiso hacer algo pero dudó. Finalmente, lo hizo. Le pasó un brazo por la espalda y al ver que ella no lo rechazaba, la abrazó.

—Hemos hecho todo lo que podíamos, Minerva. No pudimos hacer nada más —afirmó Claudio y la estrechó muy fuerte.

A Claudio le pareció que la furia de Minerva empezaba a transformarse en lágrimas de rabia y frustración, fruto del exceso de adrenalina en su cuerpo.

Ella lo cogió por la parka y lo apretó muy fuerte también.

—Tenemos que seguir, Minerva. No nos dejemos llevar por lo que no podíamos evitar. Miremos adelante.

—Nos falta un cáliz. Y no sabemos quién es el próximo.

—Exacto, Minerva.

Los dos se quedaron en silencio, abrazados. Mientras, el inspector Cestaro ordenó que cerraran del todo las puertas del hangar, para que nadie pudiera ver esa escena terrible.

—Espera… —dijo Minerva a Claudio.

—¿Qué pasa?

—Espera…

—No entiendo, ¿a qué tengo que esperar?

—Shh —gritó Minerva, separándose de los brazos del seminarista—. ¿No lo

oyes?

—¿Qué es lo que tengo que oír? —preguntó Claudio.

Minerva no dijo nada, solo se giró con el índice apoyado en la boca. Siguió caminando hacia el avión, que estaba aparcado allí dentro.

La pregunta era obvia: ¿dónde estaba la familia de Gabriele Conti? Porque de la casa salieron todos: él, la mujer y los hijos, según había informado la mujer de servicio.

Los ruidos provenían del interior del avión.

Se acercó a la puerta, que estaba cerrada herméticamente.

Las cortinillas estaban bajadas y desde fuera no se podía ver nada.

Podía ser una trampa.

No era inverosímil después de Madrid, donde Su Eminencia le reservó a Minerva el honor de ser su última víctima. O a Claudio en París. La inspectora Cadalso no se fiaba ni un pelo de Su Eminencia.

Sacó la pistola.

Se giró hacia los otros y les indicó que se acercaran a ella.

El inspector Cestaro le indicó a Claudio que se alejara. Él no lo hizo; estaría allí, lo más cerca posible, para ayudar con lo pudiera. Le daba igual si tenía que coger un extintor o una barra de hierro.

Miró a su alrededor y no encontró ni un maldito objeto.

Minerva apretó un botón para hacer bajar la escalera, y mientras tanto, el inspector apuntó al interior del avión.

Minerva sintió miedo, porque sabía que un hombre desesperado, sin nada que perder, podía ser imprevisible. Y eso significaba que Matteo era capaz de cualquier cosa.