No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 71
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Gabrielle se preguntó cómo podía haber tomado esa decisión tan a la ligera.

Pero justo cuando tenía una pistola apuntada en la cara, se dio cuenta de que no tenía respuesta.

¿Quién hubiera imaginado que Matteo Vescovi había orquestado todo eso, para pillarlo precisamente en su propio avión?

—Jaque mate… —dijo Matteo.

La esposa, Arianna, no emitió ni un solo grito. Cogió a los hijos y los giró, para que no vieran nada. Estaba visiblemente asustada por la presencia de ese hombre con una pistola.

—Espera, no le hagas nada a mi familia —dijo Gabriele alargando las manos.

—No te preocupes, no estoy aquí por tu familia; estoy aquí solo por ti —afirmó Matteo.

—Escúchame, puedo darte todo el dinero que quieras.

Matteo resopló.

—No has entendido nada. El momento de redimirse pasó hace tiempo —afirmó convencido—.

¿Crees que no sé todo lo que eran esas transferencias y falsas inversiones?

¿Crees que la gente no sabe que solo eras una fábrica de mentiras?

Si Su Eminencia y yo no hubiéramos llegado a tu vida, irías de nuevo a la cárcel.

Tus mentiras caerían por su propio peso, antes o después.

La mujer miró a su marido.

—¿Qué está diciendo, Gabriele? ¿Tú esas cosas ya no las haces, verdad?

—Escúchame. Al final estamos hablando de dinero. Lo más importante para mí no es el dinero, sino mi familia. Por favor, déjalos marchar y te daré todo el dinero que quieras. Si mis empleados no fueron generosos contigo, no tengas la menor duda de que yo lo seré.

Matteo lo dejó hacer.

Gabriele se quitó una mochila que tenía en el hombro y la dejó en una de las butacas comodísimas y carísimas de piel de las que disponía el avión.

—Tengo aquí una chequera mía, personal, y te voy a dar un cheque que ahora mismo puedes ir a canjear en tu banco. Podrás disfrutar del dinero, nos olvidaremos de todo esto y seremos todos felices, ¿te parece?

Matteo sonrió, sin dejar de apuntarle.

—Eres muy ingenuo si crees que aceptaré un cheque, Gabriele. Mi cara y la tuya están en todos los informativos, ¿de verdad crees que podría ir al banco y salir airoso? A veces me pregunto cómo has llegado a tener todo lo que tienes.

La mujer se giró hacia Matteo.

—Si te sirve de consuelo, yo también me lo pregunto.

Matteo la miró de reojo.

—No es ningún consuelo, pero gracias —afirmó Matteo—. Para mí lo más importante era la familia y Dios. Ahora solo me queda la fe. De igual manera, para ti, la familia es lo más importante, y también la perderás —dijo Matteo a Gabriele.

En ese momento la mujer apretó a los hijos aún más fuerte contra ella e intentó dar un paso hacia atrás, pero había una mesa y no pudo.

Gabriele alargó las manos y gritó:

—¡No! No les hagas nada a mis pequeños —afirmó y siguió—. Ni a mi mujer. Te hago ahora mismo una transferencia de un millón de euros y te doy este avión para que puedas irte a donde quieras.

—Lo siento. No me expresé bien. Lo que quería decir era que… —dijo y miró a la mujer—, que tu familia se quedará sin ti.

En ese instante, Matteo vio cómo los brazos de su mujer se destensaban ligeramente. Luego, los hijos empezaron a gritar como histéricos, los dos a la vez.

Matteo negó con la cabeza al verlos y miró el reloj.

—Llegamos tarde, Gabriele, tenemos una cita.

—¿Una cita? ¿Qué cita? Por favor, acepta mi dinero —lloriqueó.

—Una cita con Su Eminencia, y no quiero que lleguemos tarde.

Con un movimiento rápido, Matteo sacó el taser y le aplicó una descarga eléctrica que lo dejó inconsciente. Gabriele quedó tendido en el suelo. Se desplomó y el ruido sordo de su cuerpo hizo que los niños dejaran de gritar por solo unos instantes. Luego volvieron a gritar: ¡Papá, papá!

—Lo siento —dijo Matteo a la mujer—, pero tendrá que espabilarse sin este hombre.

Ella tenía el ceño muy fruncido. Dejó de mirar al marido y alzó la mirada hacia Matteo.

—Me temo que la sociedad no perderá mucho sin Gabriele —afirmó Arianna.

Él asintió y se acercó a ella.

—Lo siento, pero los tengo que atar. Siéntese.

La mujer se sentó en una de las butacas de la mesa.

Matteo sacó unas bridas y la ató al cinturón de seguridad de forma que no se lo pudiera quitar.

Luego cogió a los niños y los ató del mismo modo.

Luego, para que no pudieran gritar y no le estorbaran en su labor, les colocó a los tres cinta americana en la boca.

Por último, bajó todas las cortinillas de las ventanillas del avión.

Una vez acabado, cerró las puertas del hangar, dejando el avión dentro. Regresó al habitáculo, cogió de los pies a Gabriele Conti y lo bajó por la escalera, haciéndolo rodar como si fuera un saco de patatas. Una vez abajo, apretó el botón que hacía subir de nuevo la escalera del avión.

Dejó a un lado la mochila con todos sus utensilios y miró a la cara al empresario financiero.

Lo cogió del pelo, sin querer alargarlo demasiado.

—En fin, te voy a hacer una antiextremaunción, Gabriele.

Tranquilo, es la praxis habitual. Has pecado contra el octavo mandamiento.

Has hecho de la mentira tu oficio. La justicia de los hombres creyó en tus palabras.

Pero la Verdad divina jamás puede ser engañada.

Yo solo ejecuto su voluntad. Cuando el hombre falsea la obra ajena y hace de la mentira una forma de gloria, el mandamiento muere.

Yo solo enseño el camino —dijo y se rio—.

Sé feliz, porque yo lo estoy, porque pronto veremos a Su Eminencia.