No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 70
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Mientras iban en coche hacia el domicilio de Gabriele Conti, Minerva sentía que el patrón se repetía por tercera vez.

Matteo se estaba acercando cada vez más a la tercera víctima para completar el tercer asesinato que Su Eminencia le había encargado.

Pero, ¿faltaba una más?

Porque Matteo había comprado cuatro cálices para las escenas.

Pero entonces, una consideración la dejó pensativa: si Matteo ya había expuesto al mundo su rostro, cualquier persona podría reconocerlo.

En una gasolinera, en un supermercado, en una farmacia, en una estación de autobuses…

Lo que la criminóloga no acababa de entender era por qué se había expuesto de ese modo, si esta solo era su penúltima víctima.

Eso se lo complicaría todo. Estaba claro que, como todos los elegidos por Su Eminencia, Matteo no tenía futuro; sin duda, era consciente de que su vida normal se acabaría muy pronto.

Pero, ¿cuáles eran sus verdaderos motivos?

¿Era venganza, o una redención que le había prometido Su Eminencia?

Minerva había podido hablar tan solo un poco con Román Gascón, el primero de los asesinos.

Por eso, tenía muchas ganas de ver a Matteo en el juzgado, y que le explicara mejor todo el odio que sentía y los motivos reales por los que se había dejado seducir por Su Eminencia y su macabro, y a la vez suicida, plan.

Minerva se moría de ganas de entender, de hablar largo y tendido con él.

Porque solo hablando con uno de esos asesinos podía a la vez entender qué empujaba a Su Eminencia a hacer lo que hacía.

La clave, para ella, era prevenir. ¿Pero cómo podía adelantarse a las próximas víctimas, al próximo mandamiento, si no tenía información de esa organización o lo que diablos fuera?

Y luego estaba Su Eminencia: ¿quién era en realidad? ¿Quién había detrás de esa máscara religiosa que defendía con sangre la doctrina de los mandamientos?

No tenía sentido.

No, menos para ella.

Para Minerva, todos los curas, sacerdotes, cardenales, obispos o arzobispos, eran iguales. Su experiencia le llevaba a generalizar.

Minerva no era la mejor persona para ese caso, lo sabía, lo sentía, pero no quería decirle nada a Stan. Él confiaba en ella.

Su experiencia con la religión católica y con todas las otras religiones, la llevaba siempre al mismo punto. Minerva pensaba que todos los hombres que se escondían detrás de un vestido religioso, todos los que se escudaban detrás de un crucifijo colgado del cuello, eran basura humana.

Todos.

Todos…

Minerva se giró, y miró los asientos de pasajeros del Alfa Romeo del inspector Cestaro.

Miró a Claudio. Algo le decía que ese hombre era diferente. Ese hombre con sotana no era como los otros.

Claudio, desde luego, no era una basura humana como el resto de religiosos.

Lo sintió desde el momento en que le echó el café por encima en la Gran Vía de Madrid. Desde que le salvó la vida, y empezaron a intimar hablando. Y mientras aquel hombre se iba abriendo, la criminóloga entendió, sintió, que era un hombre bueno que se estaba metiendo en un nido de serpientes.

Claudio se giró y le sonrió a Minerva.

Ella no le devolvió la sonrisa y se giró de nuevo hacia adelante. No quería demostrar lo que estaba pensando ni lo que sentía, y menos sin su delineador de ojos.

Pasaron pocos minutos y el Alfa Romeo se detuvo delante de un edificio alto.

—Hemos llegado. Aquí es donde vive Gabriele Conti —afirmó el inspector Cestaro.

Minerva alzó la mirada y abrió la puerta del coche, olvidando quitarse el cinturón rojo, del mismo color de la carrocería del coche italiano. Retrocedió y se lo desabrochó.

El inspector y el seminarista bajaron del coche y la siguieron. Llegaron a la puerta y llamaron hasta que el conserje los vio.

Minerva sacó la placa de la Interpol.

El conserje arrugó el ceño.

—Buenos días.

—Estamos buscando a Gabriele Conti, ¿qué piso es el suyo?

El hombre, con la boca muy abierta, se quitó el gorro con visera brillante. Cuando los tres estuvieron en el vestíbulo, negó con la cabeza.

—No, no está —balbuceó—. Se ha marchado con la familia hace casi una hora.

Minerva sintió que llevaban una hora de retraso y se estremeció. Llegaban muy tarde, para él, para su familia y para la operación.

Minerva avanzó y cogió del brazo al hombre, sin apretar.

—Es cuestión de vida o muerte, ¿adónde se han ido?

El conserje negó con la cabeza.

—No lo sé, no me ha dicho nada. No suelen decirme nada —dijo el hombre, recordando la escena de la familia Conti saliendo por la puerta—. Solo sé que vino un minivan a buscarlos. No sé nada más.

—¿Suelen usar un minivan? —preguntó Claudio.

El hombre pensó un instante.

—No, no lo sé, bueno, la verdad es que solo cuando se van de viaje.

Minerva dejó de agarrar al hombre.

—¿Dónde pueden haber ido? ¿Lo sabe?

Él negó con la cabeza y alzó un dedo hacia el techo.

—Lo único que les puedo decir es que suban a su casa, a lo mejor el personal de servicio lo sabe…

Minerva le sonrió y le dio las gracias. Les indicó el piso y los tres investigadores subieron hasta la planta donde vivía la familia Conti.

Una mujer con rasgos asiáticos los estaba esperando.

—El conserje me dijo que subían.

Minerva fue la primera en hablar.

—¿Dónde están?

—Se han marchado a Suiza, a su casa de las montañas —respondió la mujer.

—Está bien, gracias. ¿Van en minivan? Porque el conserje nos ha dicho que los ha venido a buscar un coche.

La mujer se rio.

—No, no —afirmó negando con el dedo—. Ellos no van allí en coche, sino en avión.

—¿Avión? —preguntó Claudio sorprendido—. Suiza está cerca, a pocas horas en coche.

—No, ellos coche no. El coche es muy lento. Ellos tienen avión privado.

Minerva se giró hacia los otros dos investigadores.

—Avión privado —afirmó Minerva—. ¿Dónde se coge en Milán un avión privado?