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En tan solo unos minutos, la familia Conti ya estaba en el minivan.
En él iban Gabriele, su mujer, Arianna, y los dos hijos. Estos estaban tan enganchados a los vídeos que iban mirando, que casi ni se habían enterado de nada.
Gabriele buscó varias veces cruzar la mirada con su mujer. Pero ella estaba resentida. Miraba de un lado al otro del minivan, evitando el rostro de su marido.
Habían salido de casa solo con documentos y unos pocos objetos personales, ya que allá donde iban, tenían una casa que los esperaba con todo lo que necesitaban. Eso era lo bueno de tener una casa en Gstaad, en las pistas de esquí suizas, a donde solían ir de vacaciones para escapar de Milán.
No era la primera vez que eso pasaba. Habían hecho exactamente lo mismo cuando la justicia italiana sacó a la luz trapos sucios de sus transacciones e inversiones fraudulentas.
Gabriele, en un semáforo, miró el escaparate de una tienda de televisiones y se vio a sí mismo en las pantallas.
Su foto se estaba difundiendo, identificada como la siguiente víctima del asesino del octavo mandamiento.
A su lado aparecía la foto de Matteo, con ojos salidos, mirada de psicópata y obvia sed de venganza.
Le sonó el móvil en la mano.
—Dime… —respondió enseguida.
Esperó un segundo. El silencio en el minivan solo era interrumpido por el silbido del motor al arrancar.
—El plan de vuelo es a Gstaad. ¿La torre de control? ¡Invéntatelo! —dijo y esperó un momento—. Claro, para eso estás en nómina, invéntatelo, que se te dan bien esas cosas —afirmó y colgó.
Se guardó el móvil y, sin esforzarse más por buscar la mirada de su mujer, se quedó observando su ciudad, que poco a poco dejaba atrás. Cuando llegaron al aeropuerto de Linate Prime, el minivan se detuvo.
El edificio estaba iluminado. La fachada era de placas de aluminio. Una entrada con un cobertizo esperaba a los viajeros.
La familia Conti bajó y juntos cruzaron el vestíbulo hasta el control de metales. Pasaron los pocos objetos y mochilas que llevaban y un vehículo ya los estaba esperando. Una vez en él, cruzaron los hangares hasta detenerse delante de su avión privado.
Era blanco, con cinco ventanillas redondas, y a los lados tenía tres líneas de color verde.
Los esperaban con las luces encendidas y la escalera bajada, pero los motores no estaban en marcha todavía.
La esposa fue la primera en entrar en el avión, detrás de ella los hijos y, por último, Gabriele.
Al entrar, se encontraron con la peor de las sorpresas.
¿Cómo podía haber sido tan estúpido de no pensar en eso?