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Gabriele Conti estaba al teléfono cuando le salió el vídeo.
Tenía los pies apoyados en la mesa de su despacho, en casa, mientras hablaba con un cliente para convencerlo de que invirtiera más dinero.
Entre risas y promesas, Gabriele miraba las pantallas que tenía en su escritorio.
Los números verdes contrastaban con los rojos en gráficos con fondo oscuro.
La conversación estaba acabando y, antes de que terminara, la puerta de su despacho se abrió de par en par.
Su mujer entró con la expresión desencajada.
Recordaba esa expresión suya, la misma que cuando la policía vino a arrestarlo para ponerlo a disposición judicial por aquel caso de la estafa, en el que al final resultó absuelto.
—Philipp, tengo que dejarte —dijo y colgó—. ¿Qué pasa?
Ella no respondió, solo fue a buscar el mando de la televisión.
—¿Quieres decirme qué pasa, Arianna, por el amor de Dios?
Cuando encontró el mando, encendió la televisión de gran formato que estaba en una pared y sintonizó el canal de noticias veinticuatro horas.
De pronto, la cara de Gabriele se desencajó al ver su nombre en grande y al hombre del retrato robot, a quien él conocía bien.
—¿Quién es este? —preguntó la mujer—. Quiere matarte. ¿Por qué? Me habías jurado y perjurado que esto se había acabado, y ahora sale este psicópata que quiere matarte… —dijo con los ojos húmedos.
Gabriele escuchó por completo el vídeo y la amenaza se caló en sus huesos. Se dejó caer en su sillón. No sabía qué hacer.
Su mujer se acercó.
—¿Quién es? ¿Lo conoces?
Él asintió.
—Lo conozco.
—¿Y quién narices es? —dijo y continuó gritando—. ¿¡Por qué quiere matarte!?
Gabriele negó con la cabeza.
—No puede ser. Ese tío no… ese tío no… no es nadie, joder. ¡Yo qué sé por qué me quiere matar!
La mujer se acercó y lo apuntó con el dedo.
—No soy tonta. Dime la verdad. ¿Qué quiere ese hombre, es otro…?
Se refería a los que quedaron arruinados por la empresa anterior.
Él negó con la cabeza.
—Lo despedimos. —La mujer esperó a que siguiera—. Ya está. Solo eso. Lo despedimos y, punto, nada más.
Ella negó.
—Gabriele, te conozco. Uno no amenaza a otra persona de muerte solo porque lo hayan despedido. ¡Por el amor de Dios! ¿Es que me tomas por idiota? —le espetó y le apuntó con el dedo—. Me habías dicho que no volvería a pasar…
Gabriele se levantó y miró a su mujer con preocupación. Le explicó toda la historia que se escondía detrás del nombre de Matteo Vescovi.
—Lo siento, pero fue una decisión empresarial; ese tío era un inútil.
La mujer arrugó el ceño y apuntó a la televisión.
—Este tío puede ser un inútil, pero ahora quiere tu pellejo, ¿lo entiendes o no? —ladró y le dio un bofetón que resonó en toda la estancia—. Ese hombre perdió a su familia y lo despediste. ¿Qué pensabas que haría? ¿Llevarte una caja de bombones al despacho y darte las gracias?
Gabriele se masajeó la mejilla para aliviar el dolor.
—Ser empresario implica tomar decisiones impopulares.
Ella negaba lentamente, furiosa.
—Tenía que haberte dejado hace un año, con todos tus problemas y tus aires de grandeza.
—No me digas esto, Arianna. No me digas que no te gustaba ir de vacaciones a Cerdeña, a Saint Moritz, llevar a los mejores colegios a nuestros hijos, comprar en las mejores tiendas, los coches, los caprichos y todo lo demás… sin contar…
Ella arrugó el ceño.
—Sin contar, ¿qué?
Él no quiso decirlo, no era el momento.
—Da igual.
—No, ahora lo dices.
—No, ya te lo diré en otro momento. Ahora nos vamos a ir de aquí.
En el rostro de la mujer se dibujó el terror.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Me habías prometido que…
—Lo sé, pero no sé qué tiene en mente ese tío. Lo que sí sé es que se ha cobrado la vida de dos personas y ahora quiere la mía —afirmó con tono desafiante—. Nos vamos a ir. Prepara cuatro cosas. Lo mínimo, salimos en dos minutos de esta casa.
Arianna le miró con asco.
—Cuando estuviste en prisión, me prometiste que no volvería a pasar por esto, y ahora resulta que era mentira. De acuerdo, nos vamos, pero tenemos una conversación pendiente cuando lleguemos —bramó y se dio la vuelta para ir a prepararse.
Gabriele respiró y se dirigió a su escritorio. Cogió el móvil y llamó a un contacto.
—Sí, soy yo. Preparadlo, salimos en media hora, más el tiempo de llegar. Gracias —dijo y colgó.
Suspiró, mientras su mirada seguía fija en la televisión, mirando la foto de Matteo Vescovi en la pantalla.