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La confirmación les llegó servida en una bandeja de plata.
A veces, Claudio tenía la impresión de que ciertas señales le llegaban del cielo. Siempre había un mensaje o una confirmación de lo que pensaban, y llegaba justo cuando más lo necesitaban.
A veces, incluso, se formulaba una pregunta que le provocaba escalofríos; pero lo hacía pocas veces, porque era bastante inquietante para él:
¿Podía ser que algún santo, ángel de la guarda o alguien importante de “arriba” pudiera estar ayudándole a combatir la locura religiosa y extremista de Su Eminencia?
Ese momento fue uno de esos.
Justo cuando Minerva y él acababan de descifrar que la próxima víctima podía ser el fundador de la empresa en la que trabajó Matteo, les llegó el mensaje de Tilda:
«Minerva, mira esto: no lo difundas, no lo enseñes a nadie, solo es para vosotros. Es urgente», escribió Tilda. «Por cierto, ¿dónde estáis?».
Minerva no respondió; fue directa al mensaje.
Los tres vieron el vídeo donde aparecía el asesino del octavo mandamiento haciendo su confesión.
En el vídeo, Matteo decía claramente que su próxima víctima era Gabriele Conti. El dueño de la empresa donde se encontraban.
No esperaron ni un minuto.
Salieron corriendo y fueron directos a recepción, a preguntar dónde estaba el despacho del jefe. La recepcionista no contestó, alegando que no estaba autorizada a dar esa información. Así que empezaron a buscarlo. Se dividieron la planta de oficinas entre los dos, quedándose cada uno con una mitad.
Finalmente, Minerva consiguió encontrar el despacho de Gabriele Conti e, ignorando las quejas de la recepcionista, entró en tromba.
—Señor Gabriele Conti, tengo que… —dijo y se detuvo.
Miró de un lado al otro de la estancia; estaba vacía.
—Maldita sea, ¿qué le pasa, es que no me escucha? —gritó la secretaria, que la había seguido—. Voy a llamar a seguridad.
Minerva se giró hacia la mujer, enfadada. La secretaria vio su cara y se dio la vuelta, pero Minerva la cogió de las solapas de la americana y la empujó contra la pared. La secretaria, sin palabras, miró a Minerva con rabia y sorpresa a partes iguales.
—¿Cómo se atreve?
Minerva la soltó y le enseñó la placa que le colgaba por dentro del anorak.
—Escúchame bien, necesito hablar con tu jefe. Es cuestión de vida o de muerte, ¿me entiendes?
—No puedo.
—Sí puedes, o le va a pasar algo muy grave.
La mujer tragó saliva, pero seguía con una expresión cabreada.
—No pienso llamarle, ni por las buenas ni por las malas.
Y menos, si es la policía quien lo pide.
¿Tienes, por casualidad, una orden de un juez?
—dijo y siguió con tono divertido—. Pues no, porque la mayoría de los jueces de Milán juegan con él a golf.
Así que vete de aquí, o llamo a tu jefe para que te patee el culo…
Minerva le habría arrancado el pelo para usarlo como mocho, y luego, de paso, para fregar los lavabos.
Pero entonces apareció Claudio.
—Ya has comprobado que Gabriele Conti no está, así que aquí no tenemos nada más que hacer. Si esta señora no quiere colaborar, su jefe será el próximo en morir, qué quieres que te diga…
Claudio cogió a Minerva del brazo y la sacó del despacho. Bajaron por el ascensor y, cuando llegaron a la calle, entraron en el Alfa Romeo de Cestaro, que los esperaba.
Se quedaron por unos minutos en silencio, pensando en lo que tenían que hacer a continuación.
Claudio hizo una búsqueda con el móvil, investigando si se podía localizar a Gabriele Conti de otra forma. De pronto encontró algo curioso.
—Mira lo que he encontrado en internet… —le dijo a Minerva, mostrándole la pantalla—.
Se ve que el señor Gabriele Conti era un fenómeno de las finanzas.
Lo invitaban como tertuliano a la televisión, a la radio, a congresos, como un auténtico gurú.
Hasta que algo pasó, porque tuvo que ir ante la justicia. Pero al final lo absolvieron.
—La secretaria dijo que los jueces son amiguitos suyos, así que puede que lo absolvieran por eso —puntualizó Minerva.
—Puede. El hecho es que en este foro pone que estafó a mucha gente y les hizo perder mucho dinero.
Él lo atribuyó a la bajada de la bolsa, fluctuaciones, y mil cosas más.
Pero mucha gente se quedó sin ahorros, o salieron notablemente diezmados —añadió—.
Y eso no es todo. Antes, Smart Invest se llamaba de otra forma y tuvo que cambiar de nombre, porque si no, la gente no habría vuelto a invertir.
Cestaro negó con la cabeza.
—Menudo pieza, este tío.
—Y además de eso, la empresa echó a Matteo Vescovi por sus problemas personales, así que él quiere vengarse —dijo Minerva.
—Claro, vengarse —siguió Claudio—. Para él era un mentiroso y un estafador.
Minerva asintió.
—No me extraña —indicó el inspector Cestaro—. Justamente en el momento más duro de su vida, van y lo despiden. Es una jodienda…
—Todo empieza a encajar —añadió Minerva.
En ese momento, sus móviles sonaron a la vez. La noticia ya se había hecho viral y el vídeo ya era de dominio público.
Lo miraron otra vez entero y, al terminar, Minerva dijo:
—Por la Hacienda Pública podemos saber dónde vive. A lo mejor está en su casa. O, por lo menos, si tiene familia, ellos sabrán dónde está.
El inspector Cestaro no esperó ni un segundo.
Marcó un número e hizo que lo pasaran con un compañero de la Interpol.
Le dijo lo que necesitaba y, al cabo de unos instantes, el compañero le dio la dirección.
Introdujo las coordenadas en el GPS y arrancó el Alfa Romeo para acudir a casa de Gabriele Conti.