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Tilda se despertó sobre el pecho de Stan.
En un primer momento, no recordó dónde estaba; ni siquiera que Stan estaba durmiendo a su lado.
Se encontraba en la habitación más grande de la suite presidencial del Four Seasons de Milán. Se incorporó y miró el rostro del inspector, que estaba allí, durmiendo plácidamente.
De pronto la acechó una pregunta: ¿qué había sucedido la noche anterior? ¿Habían hecho el amor antes de dormirse? ¿Habían discutido, o simplemente se habían acostado?
Un molesto pitido resonaba en la habitación.
Necesitó unos instantes para recordar todo lo que había sucedido por la noche.
Recordó que se habían marchado de la sala principal, tras la reunión con el resto del equipo.
Luego se encaminaron hacia sus habitaciones.
La idea era que cada uno durmiera en la suya.
Pero la situación descarriló. Stan se acercó a ella y la sedujo: primero con la mirada, luego con los gestos y por último con besos por el cuello.
Después de un cuarto de hora besándose en el vestíbulo, lo hizo pasar a su habitación, y le pidió a Stan que la esperase en la cama.
Ella aprovechó para desmaquillarse, lavarse los dientes y ponerse un conjunto sexy que reservaba para las mejores ocasiones.
Justo antes de salir de la habitación, la libido le subió hasta niveles insospechados, solo con imaginar lo que le esperaba con él. Recordó los últimos días en Madrid, donde era uno tras otro, como en su juventud, como los viejos tiempos, como nunca se habría imaginado volver a vivir a su edad.
Al salir del lavabo, todas sus esperanzas se esfumaron al ver que Stan ya estaba durmiendo. Había caído en los brazos de Morfeo.
Tilda suspiró y se durmió sobre su pecho, casi en la misma posición en la que estaba al despertar.
El ruido molesto seguía. Era su IPhone, que sonaba enloquecido.
Se dio la vuelta. Estaba sobre la mesilla, vibrando, sonando y casi jadeando para que contestara.
¿Quién llamaba con tanta insistencia? Y, sobre todo, ¿qué hora era?
Cuando Tilda vio que pasaba del mediodía, casi se le detuvo el corazón.
No le dio tiempo de despertar a Stan; cogió el móvil y fue a contestar, pero justo en ese instante, la llamada terminó.
Parpadeó un par de veces, para ver mejor y despejarse las legañas.
La llamada perdida era de su editor jefe, Nigel Bexley.
Pero no fue eso lo que la dejó sin aliento, sino un mensaje de Su Eminencia. En el mensaje, había un fichero adjunto. ¿Otra víctima? No había pasado ni un día, ¿cómo podía ser?
Se giró hacia Stan; tenía que despertarlo. ¿Debería decirle que había hablado con Su Eminencia y que le había propuesto una entrevista?
El móvil le volvió a sonar en la mano, asustándola.
—Diga —dijo, seca, simulando que aún estaba medio dormida.
—Tilda, ¿cómo estás? ¿Cómo va la investigación? Me tienes en ascuas.
—Anoche te mandé el artículo, ¿no?
—Ya lo sé, lo he visto y lo he publicado —afirmó y se escuchó cómo el hombre daba vueltas con una cucharilla en su taza de porcelana llena de té—.
Sigues en la cresta de la ola, mi querida Tilda.
Sigue así. Me mandas siempre material de primera.
¡Eres una crack ! ¿Seguro que sigues sin saber cómo demonios te llegan estas primicias?
Tilda tragó saliva, recordando los comentarios de Su Eminencia. En particular, aquella frase que le había escrito por Telegram :
«Te he rescatado de tu miserable desierto, de tu sequía de notoriedad y ahora eres de nuevo la gran Tilda Glass, la misma que conocí hace años».
—Nigel, tengo que dejarte, he recibido un mensaje de Su Eminencia, luego te escribo —dijo y colgó sin darle tiempo de responder.
Entró rápidamente en el mensaje. Era un mensaje de Telegram , no un correo como cuando le enviaba de forma oficial las fotos de la escena del delito.
El mensaje de Su Eminencia era escueto:
«Tilda, apelando a esta nueva “sociedad” que llevamos unos días llevando a cabo con una exquisita puntualidad y eficiencia, te invitaría a difundir el siguiente vídeo por el The Britannia Post . Gracias, Su Eminencia.
Tilda arrugó el ceño. Antes de darle al vídeo, se giró hacia Stan.
Lo despertó con un codazo, sin miramientos.
Él se quejó y se incorporó instantáneamente, adivinando que había llegado un nuevo mensaje de Su Eminencia.
Se pasó una mano por el rostro y se detuvo en la barba incipiente de varios días.
—Venga, dale al play , Tilda.
Ella asintió.
La primera imagen era de un hombre de espaldas. En el fondo, algo que parecía un garaje, aunque se veía solo una mínima fisura, y al fondo, una pared de ladrillos pintados de blanco. Podría ser también un almacén destartalado.
El hombre del vídeo se dio la vuelta y se sentó en un taburete.
Los dos, al ver su rostro, quedaron decepcionados al ver que no iban a ver cara a cara a Su Eminencia.
Sabían quién era ese tipo; era el hombre más buscado de Milán.
—Buenas tardes a todos. Muchos de ustedes no me conocen, pero habrán visto mi rostro en muchos lugares de Milán.
Mi retrato robot se ha difundido como la pólvora —dijo e hizo una pausa—.
Y con razón. Como se pueden imaginar, y como han dicho los periódicos, soy el responsable de las muertes de Federico Moretti y de Lorenzo Bellandi.
El primero, dueño de la cadena de tiendas de moda Super y, el segundo, el rey del plástico.
No han muerto en vano, como dicen los periódicos o los canales de televisión —afirmó mientras levantó un brazo y negaba con la mano—. No, no ha sido en vano.
Stan y Tilda se miraron por un segundo.
—Está confesando que los ha matado… —dijo Tilda sorprendidísima.
—No te equivoques, Tilda, no es una buena noticia. Eso quiere decir que se quiere suicidar o piensa hacer algo sin precedentes, porque nadie hace esto si no es su último acto.
Matteo Vescovi se acomodó en el taburete. Miraba directamente a la cámara, que seguramente era un trípode donde apoyaba el móvil para grabarse. Si hubiera habido otra persona, se habría escuchado el típico, “ya” o “arranca” al comenzar el vídeo.
—Pero este mensaje, realmente, no es para la ciudad, sino para una persona en concreto.
Como os decía, las muertes del señor Moretti y del señor Bellandi no han sido en vano.
Su función es que la gente entienda que, aunque la justicia no castigue todos los pecados que comete una persona, la Biblia, Nuestro Señor y la fe, sí lo hacen.
En esta ocasión yo solo soy el ángel destructor del Señor.
Soy el emisario de Su Eminencia, que quiere lanzar un mensaje claro: los mandamientos están más de actualidad que nunca.
Aunque la justicia no los condene, nuestro Señor sí.
Esos dos hombres han incumplido el octavo mandamiento de forma sistemática, lucrativa y además jactándose de ello.
El octavo mandamiento nos dice: No darás falso testimonio ni mentirás .
Y ahora ha llegado el turno para la tercera víctima.
Al decir esto, se quedó callado por unos instantes, mirando fijamente y con odio a la cámara.
—La próxima persona que se merece aparecer a la derecha del Cristo, con una bolsa de monedas en la mano, es Gabriele Conti.
Sí, el dueño de Smart Invest . El mismo que fue mi jefe por muchos años.
Me cansé de ver cómo roba, cómo falsifica y cómo miente a sus clientes, uno tras otro.
Cambia empresas, pero la mentira es siempre la misma.
Ha alcanzado un nivel insoportable. Se merece arder en el infierno —dijo y, por primera vez en todo el vídeo, bajó la cabeza y miró sus manos por un segundo.
Cuando levantó de nuevo la cabeza, fue solo para despedirse.
Al acabar el vídeo, Stan y Tilda se quedaron mirándose.
—¿Qué hora es? —preguntó Stan.
—No lo preguntes.
—En serio… —dijo y se giró hacia su lado para coger su reloj Flik Flak —. ¡Santo cielo!
Saltó de la cama y corrió a la puerta, luego se fue a la habitación de Minerva y dio golpes con el puño cerrado, llamándola para que se despertara. Al no haber respuesta, entró en su habitación. Tanto esa como la del seminarista estaban vacías.
—No están —le dijo a Tilda.
—Antes de publicar el vídeo, se lo mandaré a Minerva. Eso le dará una cierta ventaja…
Stan asintió y se pasó la mano por el pelo. El día había empezado hacía muchas horas y habían perdido tiempo importante para la búsqueda de Matteo.
—Tilda, me temo que esta noche recibirás otro correo de Su Eminencia, si no encontramos antes a este hombre.