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Minerva no se había dado cuenta de su error.
La frase de Claudio la pilló desprevenida y se ruborizó. No se podía imaginar que un día cometería una falta tan imperdonable como esa.
¿Cómo podía ser?
La única respuesta que le vino a la cabeza fue que, esa mañana, al salir del Four Seasons , no había tenido tiempo de entrar en el baño a maquillarse.
La frase resonaba en su mente.
Usó la cámara del móvil como espejo, y la imagen no mentía.
Claudio tenía razón. Esa mañana había salido del hotel sin su habitual delineador de ojos, y sus ojos parecían otros.
Su expresión ya no era la de una pantera negra urbana.
Era la de una chica normal, casi sin personalidad.
La que se reflejaba en la pantalla no era la inspectora Minerva Cadalso, sino otra, una versión descafeinada de su personalidad.
Esas sutiles líneas negras eran para ella como una máscara, igual que El Zorro usaba su antifaz.
Se sentía desnuda ante la adversidad, y encima no llevaba ninguno en el bolso.
—Estás guapa igualmente, Minerva —afirmó Claudio—. Deja de mirarte, no pasa nada. Estás guapísima.
Las frases de Claudio no la reconfortaban. Ella estaba enfrascada en su particular problema y pensaba que eso podía dar una mala impresión a las personas que iba investigando.
La puerta de la sala de reuniones se abrió.
Minerva dejó de mirarse y guardó el móvil.
La directora de recursos humanos apareció y detrás de ella había otra mujer. Cerraron la puerta y la otra mujer les alargó la mano.
—Soy Paola, directora de finanzas de esta empresa —afirmó y se sentó al otro lado de la mesa, justo donde, hacía una hora escasa, estaba el jefe de Matteo.
Minerva irguió la espalda. No era hora de perder la concentración. Tenían que seguir investigando. Sabía que estaba en el lugar adecuado, en el momento oportuno.
El punto clave por el que seguían en esa empresa no era que Matteo trabajara allí antes.
Tampoco estaban allí porque lo hubieran despedido.
Ni porque su mujer se hubiera suicidado, o porque su hija hubiera muerto por causas no del todo naturales.
No, lo que hacía que Minerva, Claudio y el inspector Cestaro siguieran allí, era que la compañía usaba unos formularios internos para transacciones iguales al que tenía en la garganta la víctima número dos.
Estaban cerca de la verdad, y la criminóloga lo sabía. Y si la mentira era el pecado que Su Eminencia había querido juzgar con esta nueva ola de asesinatos, ¿cuál era la gran mentira de la futura víctima de Matteo?
Minerva no estrechó la mano de la tal Paola.
La mujer tenía el pelo muy corto, tanto que parecía salir de un campo de exterminio, no del despacho directivo de una empresa. Llevaba un traje elegante y unos tacones que la hacían más alta, y aún más delgada.
Tenía una voz estridente y sus pupilas se diluían con el iris oscuro.
No le gustó desde el primer momento.
Al ver que Minerva no le estrechaba la mano, Paola se giró hacia Claudio y Carlo Cestaro. Estos estrecharon encantados la mano de aquella mujer tan guapa, con una sonrisa.
—Quiero saber qué son estas cédulas… —dijo Minerva indicando la que tenía Lucía en su carpeta.
Paola tragó saliva y se acomodó sacando pecho y enseñando más el escote, con una pose elegante, casi provocadora.
—Se lo voy a explicar… —dijo con condescendencia.
A Minerva no le gustó cómo la trataba. Parecía considerarla inferior e ignorante. Seguramente, pensó, no estrecharle la mano no había ayudado mucho.
—En Smart Invest recibimos el dinero de nuestros inversores y lo invertimos en acciones, fondos, proyectos, etc.
Luego, tenemos clientes especiales con los que hacemos operaciones individuales.
Estos papeles por los que pregunta sirven para documentar a dónde va el dinero de un cliente, quién lo mueve y en qué productos se invierte —explicó Paola—. ¿Se entiende?
Minerva se quedó quieta, impasible, mirándola, mientras Claudio y el inspector asentían.
Minerva lo había entendido perfectamente, pero no entendía qué clase de mensaje era eso. ¿Por qué habían metido ese resguardo de una operación financiera en la garganta de su víctima?
Minerva clavó el dedo en el resguardo plastificado.
—¿Qué es esto? ¿De qué operación es este resguardo?
La mujer no miró a la mesa y siguió devolviendo la mirada a la inspectora.
—No se puede saber. Matteo ha recortado los números de serie, el emisor, el destinatario, el firmante. No se sabe nada —respondió.
—Y cuando uno de vuestros inversores hace uno de estos… folletos —intervino Claudio—. ¿Se guardan, se tiran, se archivan…? ¿Qué se hace con ellos?
La mujer cerró los ojos, giró la cabeza y los abrió mirando al seminarista en un movimiento algo forzado, incluso seductor.
—Se archivan, todos.
Claudio asintió.
—Entonces podemos hacer una búsqueda e ir descartando los que no coincidan, ¿no?
—¿Qué quiere decir? —preguntó la directora financiera.
—Si Matteo los archivaba, faltará uno…
La mujer sonrió, forzadamente.
—Eso es una búsqueda titánica, podrían tardar días, semanas o incluso meses.
Claudio se giró hacia Minerva.
—Eso nos da absolutamente igual, tenemos que hacerlo.
Si no lo hacemos, perderemos la oportunidad de encontrar a la próxima víctima.
A lo mejor, la pista está simplemente en uno de los archivadores, y en su lugar ha dejado una pista que nos llevará a su próxima víctima y de esa forma podremos salvarla, ¿me entiende?
La mujer se quedó inmóvil, inexpresiva. La directora de recursos humanos se giró a ver qué respondía.
—No está permitido que nadie toque nuestros archivos; la policía tampoco.
Y francamente, si dependiera de mí, no dejaría que husmearan en nuestras operaciones —dijo negando con la cabeza lentamente—.
Cualquiera podría ver los nombres de nuestros inversores, dónde invertimos, nuestros secretos más profundos…
Minerva rio por dentro. Esa falta de transparencia no parecía guardar un secreto industrial o una pócima milagrosa de la rentabilidad financiera. No, Minerva sintió que esa mujer escondía un secreto más oscuro y más tremendo, seguramente tan oscuro como sus ojos inexpresivos y sin fondo.
—Es una cuestión de vida o muerte, y deberían colaborar —dijo Minerva en un tono muy serio, acercándose a la mesa.
—Yo no le voy a dar la autorización para hacerlo. Así que, para mí, la reunión se ha acabado —dijo y se levantó—. Si me permiten, me tengo que marchar, en Smart Invest tenemos mucho que hacer, no como los funcionarios, que cobran de todas formas a final de mes…
Minerva se habría lanzado contra esa mujer y le habría hecho comerse esos tacones de aguja que la hacían un palmo más alta de lo que realmente era. Le habría tirado de las pestañas, que seguramente eran postizas, como todo el resto de esa mujer asquerosa y seguramente, mentirosa.
Pero la mano de Claudio se apoyó en la suya. Un movimiento simple, rápido y adecuado. Al hacerlo, Minerva se deshinchó como un globo. Su grado de nervios y de furia homicida se fue desinflando.
En cambio, quien le sorprendió fue el inspector Carlo Cestaro, que se levantó de golpe.
—No se preocupe, señorita, volveremos con una orden del juez.
La mujer se detuvo antes de abrir la puerta, con la maneta en la mano. Se giró un poco, lo justo para devolverle la sonrisa más falsa que Minerva jamás había visto.
«Zorra», pensó Minerva en sus adentros.
Cuando salió, la de recursos humanos se levantó.
—Bueno, si no les importa, los acompaño a la salida —indicó la mujer con un movimiento de mano que delataba un nerviosismo.
Claudio se adelantó.
—¿Nos dejaría cinco minutos a solas, por favor?
A la mujer no le gustó, pero aceptó y se marchó.
—¿Qué pensáis?
—Pues yo creo que la tal Paola miente —dijo el inspector.
—Claro que miente —afirmó Minerva—. Pero esa no es la cuestión. El problema es saber qué esconde. Si pudiéramos llegar a esos archivadores donde guardan los resguardos, quizá Matteo dejó en su momento un papel, un documento en sustitución de algo, para que lo encontrásemos.
—Eso es imposible, Minerva —dijo Claudio—. No podemos acceder a esos documentos sin permiso; nos meterían a todos en la cárcel, ¿te das cuenta?
Minerva nos respondió; sabía que el seminarista tenía razón.
—Esto es más sencillo de lo que imaginamos —dijo Claudio—. Creo que nos estamos dando cabezazos contra la pared.
—¿A qué te refieres? —dijo el inspector Cestaro.
—Eso, ¿a qué te refieres, cura?
—Veréis, ¿conocéis la Navaja de Ockham?
Los dos hicieron una mueca: no tenían ni idea de qué estaba hablando.
—Mirad, Guillermo de Ockham era un fraile franciscano, filósofo y lógico, y tenía una teoría —dijo Claudio.
—Cura, tú siempre llevas las cosas a tu terreno, ¿verdad? —dijo Minerva, escéptica.
—Déjalo explicarse… —replicó el inspector.
—Gracias —respondió Claudio—. Lo que explica este fraile con su teoría es que, sustancialmente, la explicación más sencilla suele ser la correcta. ¿Y eso qué quiere decir?
Minerva se encogió de hombros.
—Que buscamos tres pies al gato. Que buscamos, de ese folleto, quién lo hizo o dónde fue el dinero, o de quién era el dinero. Porque pensamos que el dinero de este resguardo nos llevará a la próxima víctima, ¿no?
Los dos asintieron.
—Pero si fuera así, entonces Matteo habría dejado una referencia, un día y una hora, o bien el número de serie del resguardo, o un nombre… —dijo alargando la mano—. A lo mejor nos lo ha dejado porque quería que nos desviásemos.
Minerva lo entendió y dio una palmada en el aire.
—Entiendo adónde quieres llegar.
—La navaja de Ockham nos dice que la respuesta es la más sencilla.
Minerva apuntó a la pared, donde había una foto.
—Teníamos la respuesta delante y no la sabíamos ver… —dijo Minerva y se levantó de la silla.
Dio la vuelta a la mesa y se acercó a Claudio, que seguía sentado. Al sentir su euforia, Claudio dio un paso hacia atrás. Minerva le sujetó la cabeza y le dio un sonado beso en la frente.
Al incorporarse, Claudio la miró a los ojos, y ella a él. Y Minerva le sonrió, como le había sonreído en el aeropuerto de Madrid, antes de pasar el detector de metales para regresar a Trapani.