No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 64
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El móvil naranja sonó.

Su politono obsoleto interrumpió el silencio, colándose en la habitación de Rufus, que abrió los ojos y vio cómo el crucifijo lo miraba. Rufus le devolvió la mirada a la figura de Cristo sangrando en la cruz.

Se encontraba en la cama del motel donde se hospedaba.

Dejó el rosario y se levantó, quejándose de sus rodillas maltrechas.

Se acercó y cogió el teléfono. En la pantalla apareció el nombre de Matteo.

Respondió enseguida.

—Palabra de orden.

—El infierno está entre nosotros —dijo Matteo sin dilación.

—¿Qué necesitas?

—Antes de que reacciones, quiero que me escuches y que confíes en mí —dijo Matteo.

Rufus se pasó la mano por su gran cabeza, pelada y con visibles cicatrices.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque somos un equipo y me habéis confiado la ejecución del octavo mandamiento.

—Eso es una obviedad…

—Ya lo sé, pero necesito que Su Eminencia me haga un favor.

Rufus bufó. Aquello se estaba descarrilando de los raíles sensatos de una conversación.

—¿Y qué debería hacer por ti Su Eminencia?

Matteo chasqueó la lengua.

—Espera —lo interrumpió Rufus—. Son las diez de la mañana, ¿ya tienes a Gabriele Conti?

Matteo titubeó.

—Es exactamente por eso que te llamo.

—A ver, ¿qué ha pasado? Habíamos dicho que…

—Lo sé, pero las cosas han cambiado.

—¿Qué es lo que ha cambiado?

—Milán ha cambiado.

—No te sigo, ¿qué quieres decir? —preguntó Rufus nervioso y molesto.

—Las muertes de las dos primeras víctimas están alborotando la ciudad y las personas con el perfil de nuestros pecadores se están alterando. Gabriele Conti ha cambiado su patrón de trabajo y de vida. Se siente amenazado. Él, y seguramente también otra gente que ha mentido y teme por su vida.

—Por supuesto, el peso de Dios es implacable. Ojalá todos sean castigados, no solo los elegidos por Su Eminencia.

—Ya lo sé, pero es un problema más profundo… —dijo Matteo flaqueando.

—¿Qué quieres decir, Matteo? ¿Que abandonas? ¿Que no puedes, en serio?

—No, no —lo interrumpió Matteo enseguida—. Escúchame. Lo que pasa es que debemos sacar al ratón de la madriguera. Conozco a Gabriele Conti y sé cómo reaccionará y qué hará si pasan ciertas cosas. He trabajado con él mucho tiempo, y lo he visto en situaciones de estrés.

Rufus gruñó.

—¿Y qué pensabas hacer?

Matteo le explicó su teoría, que sonaba totalmente descabellada. Pero estaba tan seguro de que funcionaría que había llamado a Rufus para proponérselo. Y eso que Matteo habría preferido cortarse un brazo antes que llamar a ese pitbull humanoide.

La teoría era sencilla, y Rufus la entendió a la primera. Era tan sencilla como arriesgada. Solo alguien que conociera muy bien a ese hombre podía perpetrar un plan tan maquiavélico como ese.

A Rufus le pareció defendible ante Su Eminencia. Descabellado, sí, pero factible.

—No te puedo decir ni sí, ni no, Matteo. Ahora debes esperar mi respuesta antes de hacer nada —dijo Rufus—. Llamaré a Su Eminencia y se lo contaré. De momento no hagas nada, ¿entendido?

Matteo asintió con la cabeza.

—Yo espero, entendido —afirmó Matteo—. Pero tengo una pregunta más.

Rufus soltó otro gruñido.

—¿Qué pasa ahora?

—Me has confirmado que podré ver a Su Eminencia, ¿verdad?

Rufus miró al crucifijo y le pidió, en su fuero interno, que le diera mucha paciencia.

—En principio te he dicho que sí. Ahora te tengo que dejar, voy a llamarle. Laudetur Jesus Christus.

Matteo respondió.

— Semper laudetur.

Cuando Matteo colgó, apareció en su rostro una sonrisa pícara, maliciosa. Guardaba un secreto, que solo él sabía, aunque pronto también lo conocerían Rufus y Su Eminencia.