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Cuando Minerva tuvo delante la foto de Matteo, sintió una fuerte furia en su interior.
Había salido de la suite presidencial con Claudio, con todas las pruebas en carpetas. Él se había despertado al escuchar la vibración del móvil de la inspectora.
Sin embargo, Tilda y Stan aún dormían, así que los dejaron descansar.
Cestaro los llevó en su coche hasta la sede de una empresa de inversión ubicada en el centro de la capital lombarda. Se encontraba en uno de los rascacielos que gobernaba la zona capitalista y financiera.
Minerva le pasó a Claudio la foto de Matteo Vescovi.
—Es él. ¿Pero por qué no habrán llamado antes? —se preguntó Minerva.
Al entrar en las oficinas de Smart Invest , la recepción estaba decorada con siluetas de cartón de un hombre sonriente, en traje. Enseguida los recibieron dos personas: la directora de recursos humanos y el jefe directo de Matteo.
—Sé que algunos empleados llamaron el primer día —explicó la de recursos humanos—, luego llamamos directamente desde la empresa, ya que veíamos que no se tomaban en consideración las llamadas de nuestros empleados.
Minerva asintió.
—¿Por qué despidieron a Matteo? —preguntó Minerva que estaba sentada entre Claudio, vestido con su sotana, y el inspector Cestaro.
Los dos empleados se miraron por un segundo.
—Tuvimos orden de despedirle.
Minerva insistió.
—¿Pero por qué?
Se volvieron a mirar.
—Verán, el motivo es confidencial.
Minerva subió las cejas y se acercó a la mesa.
—Me da igual, tendrán que decírnoslo. Es su obligación ante esta ciudad y ante una fuerza del orden.
La jefa de recursos humanos alargó la mano y tocó por un instante la mano del otro hombre.
—Les contesto yo, yo lo hice y yo me encargo —le dijo a su compañero y este se relajó al escuchar sus palabras—.
Está bien. Desde la dirección nos derivaron su despido.
Tuvo un problema personal y ya no rendía como siempre.
Le pagamos la máxima indemnización posible y…
—Suspiró—. Ya sé que no fuimos justos con él, ni honrados, ni fuimos la empresa que se espera un trabajador cuando ha pasado por lo que él pasó.
Pero… donde manda capitán, no manda marinero.
—¿Y por qué bajó su rendimiento? ¿Por qué dice que su trabajo ya no era el mismo? —preguntó Minerva mientras los miraba como si fueran los culpables de la furia homicida de Matteo Vescovi.
La señora carraspeó.
—Veréis, hace un año, su hija murió de cáncer.
Lo pasó muy mal; primero parecía que lo había superado.
Tuvo que pasar un calvario de exámenes médicos y pruebas, y siempre estuvimos a su lado concediéndole días extra de vacaciones, soportando sus errores cada vez más importantes.
Pero la situación descarriló aún más cuando su mujer, la madre de su hija, se quitó la vida.
Matteo pasó una temporada durante la cual se volvió muy difícil de soportar.
Minerva los miró con asco.
—¿Y por qué no le dieron otra oportunidad? —preguntó Minerva—. Después de la muerte de su mujer y su hija, perder el trabajo tuvo que ser un mazazo enorme. ¿Se dan cuenta?
Minerva había dejado de investigar por un instante. Una parte de ella quería vengar la injusticia cometida contra un hombre a quien el destino se lo había arrebatado todo.
Entendió la vulnerabilidad de Matteo. Entendió que Su Eminencia reclutaba a fieles que habían perdido el norte o, directamente, la razón. Personas a las que la sociedad había dado la espalda. Por primera vez, sintió una incómoda empatía hacia aquel hombre.
Sintió que esas dos personas que tenía enfrente habían contribuido a la transformación de Matteo en un asesino en serie.
Precisamente en eso se centraban los psicólogos, los criminólogos y los psiquiatras: en determinar hasta qué punto el entorno de un psicópata, de un asesino o de alguien que era ambas cosas, podía desencadenar su furia homicida y hacer que comenzara a dejar tras de sí una estela de muerte, como en el caso de Matteo.
Minerva comprendió lo fácil que era para Su Eminencia el amparar, bajo su autoridad y la religión, a esas almas en pena que habían sido despiadadamente destrozadas por la sociedad.
—¿No se avergüenzan de haberlo hecho? —añadió Minerva.
Los dos bajaron la mirada, sin decir nada.
—Está bien, Minerva. No seas más dura con ellos. Al final, solo cumplían órdenes —añadió Claudio.
—¿Cuánto hace que no está en su plantilla? —preguntó el inspector Cestaro.
—Unos dos meses —respondió el jefe de Matteo.
—Tenemos que ir a su domicilio. A lo mejor lo encontramos allí —dijo Minerva.
El inspector negó con la cabeza.
—Ya envié una patrulla a investigarlo antes de venir, pensando que podía estar. Pero su apartamento está vacío. Parece que hace semanas que nadie acude, por la cantidad de cartas en el buzón.
Minerva hizo una mueca de desesperación.
Estuvo pensando un rato. En su cabeza iba razonando qué más podía sonsacar a esos dos.
Estaba claro que Matteo, ya desde el principio, supo que en algún momento descubrirían dónde trabajaba.
Y una vez allí, automáticamente, se podrían dirigir a su domicilio, que ya había desalojado.
Y justo cuando iba a hacer una pregunta, Claudio le sorprendió con la misma, pocos segundos antes, como si hubiese podido leer su mente.
—¿Saben si Matteo tenía una segunda casa, un local alquilado, un garaje o cualquier otro sitio en el que pudiera estar ahora?
Los dos se miraron y, por sus expresiones, se entendió que no sabían nada. Lo más probable era que no socializaran mucho con sus subordinados o, al menos, no con Matteo.
—¿Creen que alguien podría saberlo?
Los dos se volvieron a mirar.
—Puede que Lucía sepa algo.
—¿Quién es Lucía? —preguntó Minerva.
El jefe de Matteo les explicó que era una compañera de trabajo, una de las personas que más había interactuado con Matteo.
La jefa de recursos humanos propuso ir a buscarla, pero Minerva se opuso y dijo que era mejor que fueran ellos mismos a verla. Era posible que la jefa de recursos humanos intentara influir sobre la respuesta de su empleada mientras la llevaba hasta allí.
Cruzaron media planta ante el silencio y los ojos observadores de todos los trabajadores.
Cuando llegaron hasta Lucía, Minerva no dejó hablar a la jefa y la sorprendió directamente con la pregunta.
—¿Conocía bien a Matteo Vescovi? —dijo y luego se presentó—. Perdone, soy la inspectora Minerva Cadalso, de la división DAS de la Interpol.
Lucía la miró con preocupación. Bajó la mirada y sus ojos cayeron en una mesa a su lado, que estaba vacía.
—No mucho, era muy reservado, pero era buena persona. No puedo imaginar que haya podido hacer estas cosas que dicen. ¿Están seguros de que ha sido él?
—Para esto estamos aquí, porque queremos saber la verdad. ¿Sabe si hay algún lugar, que no sea su piso, donde Matteo se haya podido esconder? —preguntó Minerva.
Ella negó.
—Lo siento, no tengo ni idea. Ya se lo he dicho, no éramos muy amigos.
A veces tomábamos un café en la sala de descanso, pero nada más.
—Negó con la cabeza—. Espero que se equivoquen, y que no haya sido él.
Pero si me permiten… —dijo Lucía y Minerva le hizo un gesto con la mano—.
Matteo ha sufrido mucho, ténganlo en cuenta. Por favor.
Minerva sintió que allí había algo más. Lucía no tenía sobre su mesa fotos de sus hijos, ni de ninguna pareja. Tampoco llevaba anillo. Por un momento, Minerva pensó que, por la manera en que lo había dicho, Lucía podía estar enamorada de Matteo.
Mientras lo pensaba, miró a su lado, hacia Claudio, que observaba el escritorio de Matteo. Él prestaba atención a todo lo que Minerva no podía: un verdadero trabajo en equipo.
—Lucía, no estamos hablando de que Matteo haya robado un banco por necesidad. Por supuesto, primero deberá ser juzgado por un juez. Pero, presuntamente, ha matado a dos personas a sangre fría, con alevosía y premeditación. No es poca cosa…
—Lo siento, he dicho lo primero que me ha salido… —le aseguró Lucía.
—Bien, ya está todo, ¿verdad? —preguntó la de recursos humanos.
Minerva le lanzó una mirada de pocos amigos.
—Ya le avisaré yo cuando haya acabado —le espetó Minerva y se giró de nuevo a Lucía—. ¿Sabe si era religioso?
—¿Matteo?
—Sí.
—Muchísimo. Iba todos los domingos a misa, o eso me decía.
Minerva asintió y pensó en alguna pregunta más, cuando Claudio la llamó. Le pidió que se acercara un momento. Minerva, casi molesta, se alejó del escritorio de Lucía.
Claudio se acercó a la oreja de Minerva.
—Mira lo que le sale de la carpeta a esa chica. Míralo bien y dime qué te parece.
Minerva arrugó el ceño y lo miró directamente a los ojos. El azul mediterráneo brillaba más que nunca esa mañana.
Asintió y regresó a la mesa.
Se asomó al escritorio de Lucía y vio la carpeta. De esta, sobresalía un folio. Solo podía verse un fragmento, pero fue suficiente.
«Por todos los demonios…», pensó Minerva y volvió a mirar a Claudio. Él asintió.
Minerva pensó que tenía razón. Ese papel ya lo había visto, y lo cambiaba todo.
Pasándose por el forro todo tipo de privacidad, órdenes judiciales y normas de conducta policial, alargó la mano y sacó el papel de la carpeta, ante los ojos atónitos de los presentes.
Cuando lo tuvo delante de sus ojos, vio que Claudio tenía razón. Era un folio exactamente igual al que habían encontrado en la garganta de Lorenzo Bellandi. La mentira, el próximo asesinato, estaba relacionado con el lugar donde antes trabajaba Matteo.
Minerva miró a la jefa de recursos humanos.
Esa reunión, desde luego, no se había acabado.