No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 62
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—¡¿Puedes bajar el volumen de ese chisme?! —gritó Minerva.

Claudio estaba sentado en el sofá de la suite presidencial de Tilda.

Pasaba de un canal televisivo a otro con el mando a distancia. La televisión extraplana que colgaba del techo era tan grande que seguramente podían verla a la perfección desde el edificio de enfrente.

Mientras él se relajaba con la televisión, Minerva y Stan estaban sentados en una mesa redonda, la misma donde se servía el desayuno. Tilda, en cambio, estaba en el escritorio, trabajando con el ordenador portátil.

Claudio bajó el volumen. Los canales televisivos italianos nocturnos solían ofrecer cuatro tipos de entretenimiento. El primero eran películas, o en blanco y negro o muy viejas.

El segundo tipo eran las teletiendas. Algunas vendían alfombras, joyas u objetos electrónicos o decorativos.

El tercero eran los canales veinticuatro horas de información y, por último, estaban las tertulias de actualidad, como la que estaba viendo Claudio ahora. Hablaban de la última noticia, la muerte del industrial Lorenzo Bellandi.

Nadie hablaba de su pecado. Nadie indicaba la posible deshonestidad que lo había llevado a ser diana de Su Eminencia.

No, nadie hablaba de eso, pensó Claudio.

Y no lo pensó porque quisiera defender a Su Eminencia, pero le parecía que en los medios veían a las víctimas como mártires, sin pararse a observar nada más.

En ese momento, los presentadores del programa preguntaban a un participante externo, con tono asustado, qué opinaba que sucedería a continuación.

Este respondió que, hasta que el asesino no acabase con su venganza personal y su mensaje religioso, todos los empresarios o personas famosas de Italia se podían sentir amenazados por este criminal.

—¿Así que cuál es para ti el perfil de la próxima víctima? —preguntó el presentador.

—Yo creo que podría ser una persona con un negocio o una carrera muy prolífica, o con una actividad empresarial muy activa.

Siguiendo el patrón de los dos anteriores, claro —dijo el invitado—.

Lo que no han dicho hasta ahora es que las víctimas son, en opinión del asesino, unos mentirosos.

Esté demostrado o no —dijo, seguramente para no recibir al día siguiente una querella de los abogados de las víctimas—.

Pienso que a la siguiente víctima también la tachará de mentirosa.

Si yo fuera un mentiroso, estaría asustado. Lo tendría claro.

—¿Qué tendrías claro?

El invitado hizo una mueca.

—Si cumpliera con la descripción que acabo de haceros, lo tendría clarísimo; me marcharía de Milán. Y no lo haría mañana a primera hora, sino inmediatamente. Ya.

El conductor del programa subió las cejas y asintió a la idea.

—¿Y qué debería hacer la policía? Porque sabemos que pasó en París y, antes de eso, en Madrid.

—Yo no soy criminólogo ni soy policía. Pero yo, personalmente, haría las maletas y volvería cuando todo se haya acabado.

El conductor asintió y miró a la cámara.

—Ya, pero el problema es que la primera víctima fue raptada por el asesino antes de que todo esto empezara, y a lo mejor…

El invitado asintió.

—Claro. A lo mejor ya no pueden escapar, porque ya han sido raptados…

Tilda se acercó y señaló la televisión colgada de la pared.

—Apaga esa basura. Tenemos trabajo, y Minerva te está llamando.

Claudio se levantó.

—Es curioso que una periodista diga que esto es basura.

Ella sonrió.

—Los camellos no suelen consumir, mi querido seminarista —dijo guiñándole un ojo.

Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa, con todos los papeles con datos del caso. Habían incluido los asesinatos de cada ciudad, y el modus operandi de cada asesino.

—El maldito perfume que envió Judith me lleva de cabeza —dijo Minerva.

—Sí. El paquete salió de París, llegó a Milán y fue recogido por el cura de la iglesia de San Siro —recapituló Stan—. Con ello Matteo da signos de ser más inteligente y precavido de lo que esperábamos en él.

—Pero creo que lo más importante es la prueba que hemos encontrado en la garganta de Bellandi —continuó Minerva—. Lástima que está rota y no se puede entender bien. Seguro que Matteo nos lo ha dejado por algo, pero no hay suficiente información.

Stan lo volvió a coger para mirarlo mejor.

La prueba se encontraba en una bolsa de plástico transparente de la científica. Una vez limpiada por ellos, la pusieron en la bolsa e hicieron las fotos. Después les entregaron el original a ellos.

Era un resguardo, un trozo de papel emitido por un banco o una entidad financiera.

A lo mejor, el recorte de un ingreso bancario.

El papel estaba rasgado por varios lados, y Minerva llegó a la conclusión de que Matteo no se quería poner tan fácil, y las partes donde salían nombres o referencias estaban arrancadas.

Pero luego lo había plastificado, para que la policía pudiera leerlo.

Y seguro que la siguiente víctima estaba relacionada con ese papel.

—Sea quien sea, es otro mentiroso en opinión de Su Eminencia —afirmó Minerva, sin poder parar de mover la pierna derecha.

—Cuanto más nerviosa estás, menos te concentras —dijo el jefe, molesto por el continuo movimiento de la pierna de Minerva bajo la mesa—. ¿Me oyes?

Ella no respondió y señaló el papel.

—La clave está detrás de esto. Es su próxima víctima —afirmó Minerva.

—Bueno, Fritz lo está buscando, y seguro que nos contará lo que encuentre —añadió Stan.

—Fritz está trabajando en el número de la tarjeta de débito recargable que usó Matteo para pagar los cálices a Filomena —apuntó Tilda.

—Seguro que consigue averiguarlo todo —indicó Stan.

—Pero no es un mago, necesita tiempo, tiene que pedir permisos y también saltarse a la torera ciertos escollos informáticos —lo defendió Minerva.

Los cuatro se quedaron en silencio.

—También podemos volver mañana por la mañana y ver si el sacerdote que fue atacado por Matteo recuerda algún detalle más —añadió Claudio—.

Las personas que han sufrido un episodio traumático suelen recordar más detalles con el paso de las horas, cuando la mente empieza a procesar lo ocurrido.

En un primer momento, es habitual que bloqueen parte de los recuerdos como mecanismo de defensa.

Los otros tres lo miraron con sorpresa y admiración.

—Lo he visto en series de thriller, ¿no es así?

Minerva asintió.

—¿Y tú seguro que quieres ser cura, en vez de meterte en la policía?

Claudio se ruborizó.

—La fe es una llamada, la criminología es un pasatiempo…

Minerva asintió y Tilda los observó. No se perdía ni un detalle de los dos.

—Claudio tiene razón —dijo Stan—. Mañana por la mañana iremos a hacerle una visita al cura, para ver si podemos sonsacarle más información.

—Está bien, iremos —aseguró Minerva—. Pero seguro que alguien ha llamado ya después de ver el retrato robot; alguien que conozca a Matteo.

—Ya, pero según el inspector Cestaro, la mayoría de llamadas, por no decir todas, son falsas alarmas —añadió Claudio.

—Ya lo sé, cura, pero seguro que alguna debería ser buena. Eso sería la solución —replicó Minerva—. Tendríamos que ir a la comisaría y revisar una por una.

—No, lo que tenemos que hacer ahora, Minerva, es dormir unas pocas horas… —dijo Stan mirando su reloj infantil—. Y volver a la carga mañana.

Minerva bajó la mirada a los papeles que tenían en la mesa.

—Yo me quedaré a revisar las pruebas.

Stan estuvo a punto de impedírselo, pero sabía que era tozuda y no lo habría conseguido, y tampoco le quedaban fuerzas para intentarlo.

Stan se levantó y tras él lo hizo Tilda.

—Buenas noches.

—Nos vemos mañana —dijo Tilda.

—Bueno, en unas horas —puntualizó Claudio.

Minerva ni se enteró; ya estaba de nuevo volcada en las pruebas.

Un buen rato después de que todos se marcharan a dormir, ella decidió darse una ducha larga y caliente, mientras daba vueltas al caso de Matteo, a Su Eminencia, y a todos los detalles.

Lo que más la preocupaba era prever quién sería la próxima víctima. El resguardo no era suficiente para adivinarlo, pero no se daría por vencida.

Se puso el albornoz y se fue al sofá de la sala de estar de la suite. Se tumbó y tardó pocos segundos en dormirse.

Al día siguiente no la despertó un despertador, ni la luz que se colaba por la ventana, sino el teléfono móvil.

Vibraba en la mesa de madera, haciendo mucho ruido.

Se levantó rápidamente, quitándose las legañas con una mano.

Miró el teléfono y vio un número de Italia, con un +39 delante. Provincia de Milán, a juzgar por el 02 de prefijo.

—Cadalso.

—Buenos días, soy el inspector Cestaro.

Minerva se extrañó.

—Pensaba que se había enfadado con nosotros y que ya no pensaba ayudarnos.

No hubo una respuesta rápida.

—Es mejor que dejemos a un lado las rencillas y que colaboremos para coger a ese hijo de perra que anda suelto por las calles de mi ciudad.

Ella asintió, aunque él no la viera.

—Está bien. ¿Qué pasa?

—Bien. ¿Recuerda el retrato robot?

Ella abrió los ojos de par en par y se sentó.

—Claro que me acuerdo, ¿qué pasa?

—Bueno, hemos tenido algunas llamadas que coinciden bastante. Parece que nuestro hombre se llama Matteo Vescovi y trabaja en un despacho de inversiones llamado Smart Invest . Está en pleno centro financiero y me vendría de paso recogerlos para ir allí… —dijo el inspector—, si quieren venir, claro.

Ella sonrió.

—Nos vemos en cinco minutos en la recepción del hotel Four Seasons , ¿está bien?

El hombre confirmó y Minerva colgó el teléfono, sonriente.

Matteo Vescovi. Era el hombre que buscaban.

Lo buscó enseguida en internet y, entre algunas otras fotos, apareció la suya. Su sonrisa se transformó en rabia.

«Ya te tenemos», pensó la inspectora.