No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 61
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Tilda les leyó varios párrafos del foro que explicaban por qué Lorenzo Bellandi, el patrón del plástico, estaba imputado.

—Ahora entiendo —afirmó Minerva—. Es decir, que a este hombre le habían acusado de que los juguetes eróticos fabricados por su empresa, Plastic Sex, estaban hechos con materiales de baja calidad, que a la larga eran perjudiciales para la salud.

—Otra mentira —afirmó Stan.

—Una mentira dentro de otra —añadió Tilda.

—Es verdad, lo leí en los periódicos —indicó el inspector Carlo Cestaro—.

Este hombre tenía casos abiertos por toda Italia, y creo que incluso en Europa, por chanchullos relacionados con sus empresas.

Tenía la cara limpia, pero por detrás, usaba los peores materiales y le daba igual la salud de las personas.

—Este es el mensaje de Su Eminencia —concluyó Claudio—. Ha querido destapar lo que era importante que la gente viera; decirles que a todos les llega el juicio final. Dios lo ve todo y castiga a los mentirosos. Y, como yo decía, el sexo no tiene nada que ver con esto.

A Minerva le pareció que, al entender eso, Claudio se había relajado un poco. La situación le pareció graciosa. En pocos años, ese hombre pasó de estar a punto de casarse, tener sexo con su mujer y posiblemente tener hijos, a convertirse en un puritano.

—¿Por qué habrá elegido esta ubicación? —preguntó Stan.

Los miró a todos uno a uno. Al no recibir respuesta se metió otro chicle de nicotina en la boca.

—Puede que sea porque es un lugar apartado —indicó Tilda.

—No creo —respondió Minerva—. Seguro que es por algo que se nos escapa. O puede que esos frescos tengan algo que ver.

Cestaro se sentó al lado de Claudio.

—Esta iglesia es famosa en nuestra ciudad por ser considerada una iglesia doble.

Primero fue pagana, luego una pequeña capilla cristiana y luego continuó siendo construida durante varias épocas.

Por esto tiene esta forma extraña, como si fueran dos iglesias en una.

El campanario era un faro para los navegantes que pasaban por el Naviglio grande —dijo el inspector y siguió indicando la pared del ábside—.

Y los frescos que veis ahí son de estilo medieval, como el cáliz que compró Matteo. ¿Será una coincidencia?

Nadie supo responder esa pregunta enseguida.

—Tiene sentido —dijo Claudio—. El convento de San Carlo Borromeo, donde encontramos la primera víctima, también es medieval. Eso encaja.

—En una escena de Su Eminencia, todo tiene explicación —indicó Minerva—.

Pero antes de que nos echen de aquí, debemos centrarnos en averiguar cuál será su próxima víctima.

Si no, no podremos hacer nada. Empezamos con ventaja, pero está empezando a adelantarse.

Necesitamos saber si este hombre tiene también algo en la garganta…

Minerva señaló el corte del cuello. Estaba segura, la pista para saber quién sería la próxima víctima estaba en la garganta de Bellandi.

—Necesitamos saberlo ya.

El inspector Carlo Cestaro se levantó.

—No, eso es trabajo de la científica —le dijo el inspector. Mientras tanto, ella ya se había puesto un guante de látex.

—¿Perdón? —preguntó Minerva.

—Lo que ha oído, inspectora, debemos seguir el protocolo.

Minerva se sacó otro guante del bolsillo.

—Verás, Carlo. El protocolo en esta investigación ya lo dejamos de lado hace mucho tiempo.

Si seguimos el protocolo, perderemos mucho tiempo.

Necesitamos darnos prisa, o el asesino nos volverá a ganar, ¿no lo ves?

Si queremos cogerle, tenemos que hacer cosas extraordinarias.

—Se puso el segundo guante y lo miró, acercándose—.

Si quiere coger a un asesino extraordinario, tendrá que hacer cosas extraordinarias.

El lugar era pequeño. En la iglesia de San Cristoforo sul Naviglio cabían justo dos filas de bancos de madera y un estrecho pasillo en medio.

La estructura de los muros era de ladrillo, y seguramente antaño todo el interior estaba lleno de frescos.

Ahora solo quedaban pequeñas islas de pinturas en las paredes desconchadas, representando escenas de la Biblia.

En la de la derecha, María sujetaba a Jesús, mostrándolo a peregrinos y a santos.

Minerva se sentía observada por esas figuras.

En particular, por la figura de María, que alzaba la mirada.

Sentía que sus ojos la estaban juzgando.

Los otros frescos parecían mirar la obra del asesino, asqueados y horrorizados.

Los techos eran altos y de madera, recordando su estructura medieval. Cada palabra que se pronunciaba, se replicaba con un eco incómodo, típico de los espacios cerrados y asfixiantes.

El inspector Carlo Cestaro negó con la cabeza.

—No podemos, debe hacerlo la policía científica. Hay que hacer las cosas como se debe.

—No, lo que tenemos que… —dijo Minerva y fue interrumpida.

—Imagínese que hay una huella de Matteo. Si esa huella está en la base de la policía, lo podremos pillar y la prueba tendrá validez ante un juez. Si lo sacamos nosotros, dejará de tener validez y no podremos usar esas pruebas para capturarlo.

Minerva se rio.

—Hace cinco minutos que usted está en esta investigación, y no sabe nada de ella.

No sabe a quién nos enfrentamos y contra quién nos la estamos jugando.

Estamos jugando al gato y al ratón con este asesino.

Si ahí dentro hay una huella, tranquilo, la ha dejado a propósito y no es para terminar delante de un juez, sino porque quiere que cojamos algo o a alguien.

Cuando nos deja pistas, es porque quiere que vayamos al siguiente punto.

—Inspectora Cadalso, no puede hacerlo.

Claudio se levantó y se puso al lado de la inspectora.

—El Vaticano está de acuerdo con la operativa de la inspectora Cadalso, y lo que haga será lo correcto —afirmó Claudio, levantando la barbilla.

Minerva lo miró perpleja y, al ver su determinación, se giró de nuevo hacia el inspector italiano.

—¿Desde cuándo usted, un seminarista, es la representación del Vaticano? —preguntó Cestaro divertido.

—Desde mi última visita a la Santa Sede —respondió sacando una tarjeta de visita.

Stan se acercó también y se colocó al otro lado de Claudio, justo a la derecha de Minerva.

—Le voy a decir lo que pasará, inspector —añadió Minerva—. Yo lo voy a hacer y usted, si no quiere ser mi cómplice, se da la vuelta o se va a hacer un pipí.

Carlo Cestaro negó con la cabeza, levantó la mano y la señaló.

—Hagan lo que crean, pero yo me desentiendo de esto. Me faltan pocos años para la jubilación y solo me falta defender a gente que actúa fuera de la ley —dijo agitando las manos.

Luego se dio la vuelta y se marchó por la puerta.

Stan le dio un codazo a Minerva.

—Venga, espabila, seguro que vuelve dentro de un minuto.

—¿Qué dices? Se ha marchado.

Stan la miró e hizo un gesto con la cabeza hacia el cadáver de la víctima.

—A veces eres muy ingenua y confiada. Espabila y saca lo que tengas que sacar —le ordenó su jefe.

Ella asintió y se apresuró a acercarse al cadáver del empresario. Sin miramientos, acercó la mano a la garganta degollada y metió la mano por el corte.

La carne ya estaba fría. Sintió la viscosidad de la sangre, algo pegajosa, como un pegamento denso en proceso de solidificarse.

Claudio intentó mirar hacia otro lado, pero Stan no se perdía ni un movimiento de la operación.

Claudio, tan solo con oír cómo el guante de látex se abría paso por el cadáver, sintió que le estaba dando vueltas el estómago.

A Tilda le pasó lo mismo. Para no ver nada, se dio la vuelta y se alejó unos pasos, sintiendo arcadas.

Minerva fue moviendo la mano y, en un primer momento, no le pareció que hubiera ninguna pista.

—¿Notas algo? —preguntó Stan.

—La cena de anoche, que se está abriendo paso para salir. Si no lo saco en breve, me tendré que ir a una esquina a vomitar.

—Venga, aguanta. ¿No notas nada?

Ella negó con la cabeza.

—Está demasiado pringoso y me parece todo igual, no soy médico.

Stan esperó unos instantes.

—Bueno, si no hay nada, pues déjalo, no podemos sacar algo donde no lo hay. Nos habrá dejado otra pista en otro sitio.

Ella negó con la cabeza.

—No, conozco a Su Eminencia. Seguro que le ha ordenado dejar una maldita y jodidísima pista. Se siente superior. Sabe que es superior. Esto es un maldito juego para él. No me extrañaría que un día nos deje una nota, con: «Hola Minerva, hola Stan, soy Su Eminencia…» —dijo y se interrumpió enseguida.

Stan se percató de la interrupción.

—¿Qué pasa?

—Algo me ha pinchado.

Los ojos de Stan se abrieron de par en par. Lo primero que pensó fue que era una trampa. Matteo le podía haber dejado una jeringuilla con vete a saber qué para la persona que metiera la mano. Un virus, una bacteria, una toxina.

—Quita la mano. No vaya a ser…

—Tranquilo, no me ha pinchado exactamente, pero es puntiagudo. Hay algo, pero no llego.

Minerva sentía que unas voces se acercaban a la puerta de la entrada. Seguramente eran los de la científica. Tenía que apresurarse, no podían verla mientras hacía eso.

Con la otra mano le levantó la barbilla al muerto como si su cabeza fuera un mero balón de básquet. Con eso consiguió que el esternón y la tráquea se abrieran un poco y pudo meter la mano unos centímetros más.

Sentía algo duro, pero al mismo tiempo tremendamente resbaladizo. Dio un empuje más y la mano penetró aún más en la garganta. Un poco de sangre del cadáver se coló por la parte interna del guante. De repente sintió que el asco le invadía todo el cuerpo.

Quería quitarse los guantes lo antes posible y lavarse.

Metió un poco más la mano, hasta que pudo sentir algo que era plano.

Plano, viscoso y fino.

Lo agarró con prisa, justo cuando la puerta de la iglesia se empezaba a abrir.

Minerva sacó la mano y las gotas salpicaron el mantel blanco con la frase «No mentirás».

Miró el objeto un segundo, justo a tiempo de girarse. Enseguida supo qué era.