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Minerva se dio cuenta enseguida de que en esa escena del delito había una pieza más del rompecabezas. La misma pieza que habían encontrado en las escenas de París, pero que no estaba en la primera de Milán. ¿Fue por olvido? ¿Dejadez? ¿O algo calculado?
En la escena de la Chiesa di San Cristoforo sul Naviglio habían rociado un perfume por toda la mesa, sobre la víctima y sobre los otros muñecos que representaban la Última Cena.
La escena de Il Cenacolo de Leonardo da Vinci, en esta ocasión, no estaba representada con maniquís, sino con unos elementos mucho más feos, incluso horteras u ordinarios, pensó Minerva.
Minerva se acercó más. Levantó la nariz para oler mejor la fragancia que había aún en el ambiente. Le pareció que, cuando entraron, el olor era diferente.
¿Era posible que un olor cambiara en tan poco tiempo?
A lo mejor, pensó Minerva, el perfume se había oxidado o se había evaporado durante el tiempo que habían pasado en la iglesia.
Olisqueó el aire. Pensó que le recordaba a un perfume caro, artesano, como los que fabricaba Judith en su laboratorio.
En ese momento, Minerva notó un aroma fresco, como a limón, pero ese aroma desapareció enseguida y dejó paso a cuero y madera vieja.
Era un olor elegante, frío… como olería el despacho de un hombre muy poderoso.
Entonces, Claudio se le acercó y señaló los muñecos de plástico con el dedo.
—Por todos los santos, ¿qué son esos…?
Minerva volvió a aterrizar en la nave central de la iglesia, después del viaje olfativo que la había llevado hasta París. El seminarista señalaba los objetos que Matteo había usado en esa ocasión para representar a los apóstoles y a Jesús.
Minerva dudó antes de contestar.
—¿Seguro que no sabes lo que son? ¿O me tomas el pelo? —le preguntó Minerva.
Claudio se giró hacia Tilda, que se había echado a reír por la pregunta del seminarista.
Al ver la mueca de Claudio, se tapó la boca con la mano e intentó dejar de reír.
—¿En serio? —preguntó de nuevo Minerva.
Por la expresión de Claudio, ya tenía la respuesta.
—¿Debería saberlo?
Minerva tragó saliva ruidosamente y apretó los labios por un segundo.
Esta vez, el asesino había representado Il Cenacolo con muñecas hinchables.
Judas, como en la primera, era la víctima.
Cada uno de los otros apóstoles tenía el pelo de un color diferente, pero todas eran muñecas.
Jesucristo era un muñeco hinchable con un miembro claramente desproporcionado que levantaba el mantel casi un palmo.
Minerva le indicó a Claudio que se acercara. Le señaló esa parte de “Jesucristo” y Claudio se tapó primero la boca con la mano, luego los ojos.
—Santo… —exclamó Claudio.
Minerva asintió.
—¡Esto es una abominación!
Minerva se encogió de hombros.
—¿Ya has entendido qué son, cura?
Claudio puso cara de póker. Minerva se le acercó y le dio una palmada en la espalda.
—No te hagas el remilgado, cura. ¿Qué pasa, que desde que estás en el convento te has olvidado de todo o qué?
Él no contestó y Minerva no supo si era por pudor, por vergüenza o por repulsión hacia lo que estaba presenciando. Habían usado figuras sexuales para representar imágenes religiosas, dentro de una iglesia.
—Minerva, ¿por qué crees que ha usado muñecas hinchables? —preguntó Stan del otro lado de la mesa.
Ella no levantó la mirada hacia el jefe. Estaba todavía cerca de Claudio, que seguía horrorizado por la vulgaridad de la escena.
—La verdad es que no lo sé —respondió Minerva.
—No tiene sentido —afirmó Claudio—. No creo que Su Eminencia use un tema sexual para profanar la imagen de una institución, una imagen famosa de la religión católica, una columna importante de nuestra fe. No puede ser. Tiene que haber otro motivo. Seguro que el sexo no es. No, no me lo creo.
Minerva se quedó en silencio. Le dio la impresión de que, por un momento, Claudio defendía a Su Eminencia. Era difícil pensar que alguien que estaba matando por los principios de los Diez Mandamientos hubiera usado juguetes sexuales para defender la religión.
—No, no quiero pensarlo —dijo Claudio mirando a Minerva—. Seguro que hay algo más. O es una idea de Matteo, o es un mensaje…
Dejó esa idea flotando en el aire. Seguramente, a Claudio le dolía aquello, pensó Minerva. El seminarista dio la vuelta a la mesa sin mirar nada más y se sentó en un banco, de cara a la Última Cena, pero alejándose de ella.
—¿Qué más ves, Minerva? —preguntó Stan.
Minerva se acercó a la figura de Judas, interpretada por Lorenzo Bellandi. Estaba muerto, degollado y con el cáliz de estilo medieval lleno de su propia sangre. En él aún había pelos del pincel que Matteo había usado para pintar. En el mantel, la frase se repetía: «No mentirás».
En la mano derecha, Bellandi sujetaba una bolsa, seguramente llena de monedas, seguramente plateadas, seguramente de chocolate.
Lorenzo estaba girado mirando a la figura central, una muñeca hinchable con rostro de hombre, con la boca muy abierta para los juegos sexuales para los que había sido diseñado.
Los otros once apóstoles eran diferentes entre sí. Unas muñecas tenían pechos enormes, otras más pequeños. Todas con la boca abierta, y los brazos rectos y apoyados en la mesa.
Minerva entendió que aquella escena podía ser perturbadora para Claudio. Pero seguro que esos elementos no eran al azar; seguro que eran parte del mensaje.
Tilda levantó la mano y empezó a leer en el móvil.
—Claudio tiene razón. Las muñecas no son un mero juego, es un mensaje. Lo pone en este foro de internet. Hubo una polémica sobre estas muñecas y Lorenzo Bellandi estaba imputado, con un juicio abierto. ¿Adivináis por qué?