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Se oían ruidos por la iglesia.
Efectivamente, no estaban solos.
Minerva avanzó hacia el confesionario a pasos pequeños. Se escudaba detrás de la Beretta que le había entregado el inspector Carlo Cestaro. Otra vez tenía una pistola y se sentía una policía de verdad.
A Minerva le latía el corazón con fuerza. Sabía que podía encontrarse cualquier cosa, o a cualquier persona.
El confesionario tenía dos puertas laterales y una cortina central de color morado.
¿Qué podía haber allí dentro? ¿Un testigo de esa escena abominable? ¿Un superviviente? ¿Un cómplice?
Avanzó otro paso y otro, hasta que le faltó solo uno.
Entonces se detuvo.
Pensó en Matteo, en su retrato robot. En los cuatro cálices. En la frase que estaba pintada con la sangre de la víctima: «No mentirás».
Ese mueble, aquel confesionario, podía ser visto como una fábrica de pecados o una puerta al perdón. Los feligreses soltaban sus pecados allí dentro como si fueran una mochila. Un vómito cálido y pestilente de pecados, de los que se deshacían cada domingo y salían limpios.
¿Qué podía tramar Su Eminencia allí dentro?
Dio el paso que faltaba y con la mano izquierda apartó la cortina. Apuntó con la derecha, preparada para disparar si se encontrara algo sospechoso.
Detrás de ella, todos los policías la habían seguido y estaban listos para disparar a lo que hubiera ahí dentro.
No tuvo tiempo de pensar. Se oyó otro ruido, este más fuerte. Minerva se movió hacia la puerta de la derecha, de donde provenía el ruido. Agarró la maneta y, con decisión, abrió la puerta. Entonces comprendió el origen de todos esos ruidos.
Delante de ella había una persona amordazada y maniatada.
Vestía de la misma forma que Claudio: sotana, alzacuellos y camisa negra, con jersey gris por encima. Era un cura, y al parecer, no era parte del plan. Y no era Matteo. O, por lo menos, no se le parecía.
Dos ojos terriblemente asustados miraron a Minerva como si hubieran visto a la mismísima muerte.
Minerva alargó la mano, sin soltar la pistola y le quitó la mordaza.
—¿Quién es usted?
El hombre tomó una bocanada de aire.
—Soy don Giorgio, el cura de esta iglesia. ¿Lo han cogido? —preguntó con tono débil y atemorizado.
Minerva no contestó. En vez de eso, lo ayudó a ponerse en pie.
Los policías llamaron a los sanitarios y pronto pudieron comprobar que al cura no le pasaba nada; solo tenía quemaduras en el cuello provocadas por un taser .
Lo sentaron en un banco con una manta y una botella de agua y dejaron que se recuperase.
En cuanto estuvo un poco mejor, Stan y Minerva se colocaron delante de él para interrogarlo.
Minerva le plantó delante una foto del retrato robot.
—¿Ha sido él?
—Sí, es él —respondió el cura—. ¿Es el hombre que busca la policía?
Minerva asintió.
—Ha tenido suerte, mucha suerte. Podría haberle matado —afirmó Minerva—. ¿Qué pasó?
El cura dio un trago de agua.
—Era la última visita de la tarde. Me dijo que era urgente.
No lo conocía, pero mi casa es la casa de todos y todos son bienvenidos.
Me pidió auxilio, así que lo dejé pasar y se sentó.
Me pidió un vaso de agua y, al girarme, no sé qué me hizo, pero me desmayé.
Cuando me desperté, me di cuenta de que seguía aquí y había un hombre en la iglesia, tendido en el suelo.
—¿Y no llamó a la policía?
El hombre negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—¡No se me ocurrió! —afirmó—. Solo sabía que tenía que salvar a ese hombre. Pensé que el asaltante era un ladrón de tres al cuarto. Que robaría y se marcharía. Pero… —dijo y se levantó, caminó unos pasos hacia la mesa donde estaba configurada la Última Cena—. Pero… —dijo con los brazos abiertos.
En ese momento, vio por fin lo que había pasado en su iglesia.
La manta térmica de aluminio que lo había calentado en esa noche gélida se deslizó al suelo.
Intentó sentarse de nuevo en la primera fila del banco, pero se desmayó antes de lograrlo.
Los sanitarios volvieron y se lo llevaron en una camilla, dejando a los policías sin terminar el interrogatorio.
—Stan —dijo Minerva—, ese hombre no nos puede ayudar mucho ahora mismo. Podemos hacerle un interrogatorio mañana, pero me temo que no ha visto mucho más. Y es mejor que no vuelva a ver esto…
Minerva se quedó quieta, mirando hacia el ábside de la iglesia, y luego se giró hacia Stan otra vez.
—Ahora sabemos lo que había en el paquete que Judith le envió a Matteo. —afirmó satisfecha—. Lo que me pregunto es por qué no lo usó en la escena anterior. Por qué ahora sí, pero antes no.
Stan se giró hacia su pupila y le sonrió.
—Siempre tan aguda, Minerva —afirmó mientras asentía con la cabeza—. Muy aguda.