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Tilda seguía mirando el móvil, horrorizada.
Avanzaban en el coche del inspector Cestaro hacia la iglesia. La periodista, con el ceño fruncido, maldijo otra vez que Su Eminencia hubiera conseguido su número de teléfono personal y que le siguiera enviando mensajes.
¿Por qué ella tenía que ser el puente de sus delirios religiosos?
Cogió el teléfono y lo guardó.
Stan se giró y la miró, preocupado.
—¿Estás bien?
Ella asintió con la cabeza, aunque no supo si la respuesta fue muy convincente. Enseguida desvió la atención.
—¿Y tú? ¿Cómo va la crisis de abstinencia?
Stan le enseñó un paquete de chicles.
—La combato con unos chicles de nicotina —afirmó orgulloso mientras los miraba—. No sé si es peor el remedio que la enfermedad. Pero de momento es bastante llevadero.
Ella sonrió y asintió. Giró la cabeza y miró por la ventanilla.
Cuando se dio cuenta de que Stan se había girado, volvió a coger el teléfono.
La tentación de mirarlo todo el tiempo era muy grande.
Le provocaban mucha curiosidad los mensajes que pudieran haber llegado.
Al final, la curiosidad fue más fuerte que ella.
Bajó el brillo del aparato y lo desbloqueó.
Entró en Telegram y buscó el mensaje de Su Eminencia.
Al entrar, se dio cuenta de que había más.
«Hola Tilda. ¿Qué tal llevas la niebla de Milán? ¿O prefieres la de Londres?»
Obviamente sabía que estaba allí, y era fácil saber que en Milán había niebla. No hacía falta que estuviera detrás de ella controlándola; bastaría con comprobarlo en una web de previsiones, o se lo podía preguntar a Matteo.
El dilema era si contestar o no.
Si contestaba, estaría abriendo una línea de comunicación. ¿Realmente quería hablar con él? ¿Tenía que comentarlo antes con Stan?
Prefirió no decírselo y contestar por su cuenta.
Escribió un mensaje y lo borró. De reojo, controlaba a Stan para que no la observara. Si la hubiera visto, podría haber malinterpretado la situación.
Volvió a escribir un mensaje y, después de pensárselo, lo mandó.
«¿Qué tal la niebla por el Vaticano?», escribió Tilda.
Esperó por unos minutos sin recibir respuesta. Quizá Su Eminencia ya se había dormido a esa hora, o simplemente no estaba cerca del móvil.
Cuando estuvo a punto de apagar la pantalla del móvil, tuvo la respuesta.
«Jajaja», respondió Su Eminencia.
¿Qué podría significar una risa de esa persona? Podía significar que sí que vivía en el Vaticano, o simplemente, que se reía de ella. Eso último era lo más obvio.
Su Eminencia siguió escribiendo.
«Me gusta mucho vuestro equipo de investigadores multidisciplinar», escribió y esperó unos instantes. «Creo que cada día sois más competitivos y más sagaces. ¡Bravo!».
Tilda sintió que le estaba tomando el pelo.
«¿Por qué me escribe? ¿Por qué yo?».
«A esta pregunta aún no hemos llegado, mi querida Tilda Glass», dijo y siguió escribiendo. «Ya llegaremos a eso a su debido tiempo. Lo que tienes que saber es que estoy fascinado por cómo avanzáis en las investigaciones».
«Quiero saber por qué no hemos llegado aún a esta pregunta. Quiero saberlo. ¡Exijo saberlo! O dejaré de ser un maldito puente».
«Jajaja. Claro que seguirás. Te he rescatado de tu miserable desierto, de tu sequía de notoriedad y ahora eres de nuevo la gran Tilda Glass, la misma que conocí hace años».
Esa frase la dejó paralizada.
¿Ella conocía a Su Eminencia? ¿Cómo podía ser que no lo supiera, ni lo reconociera?
¿Cómo?
Eso no era posible.
Al pensarlo mejor, le encontró un cierto sentido. ¿A cuántas personas podría haber visto y conocido? ¿Con cuántas había colaborado, y a cuántas había estrechado la mano?
Además, podía haberlo conocido vestido de paisano, y ni siquiera enterarse de que era un cura.
A pesar de todas esas consideraciones, esa idea la paralizó. Era como enterarse de que el asesino de tu hija es una persona que había sido tu vecino, o el cajero del supermercado del pueblo donde vivías, o el cartero.
Tilda se plantó ante esa afirmación.
La mente de la periodista iba rápidamente. Cabía la posibilidad de que, al ser una persona mediática y famosa años atrás, hubiera conocido a Su Eminencia en una fiesta, o en un funeral, o vete a saber dónde. Pero eso la inquietaba. Y mucho.
Además, podía ser que él se lo hubiese inventado. A lo mejor era solo para generarle malestar.
Pero, ¿con qué finalidad?
De una forma u otra, eso era una situación completamente peligrosa, y a Tilda no le gustaban las situaciones peligrosas. Ya las había vivido bastante en su vida y, en ese momento, no quería más.
Pero al mismo tiempo, Su Eminencia tenía razón. La había sacado del anonimato, del olvido, de ese sótano casposo lleno de carpetas repletas de ácaros donde recibió el primer email.
En parte, entrar en su juego era sinónimo de éxito, de reputación, de estar surfeando la ola.
Pero al mismo tiempo, el precio a pagar podría ser muy caro.
Podía imaginar las palabras de Nigel Bexley, el jefe de redacción del The Britannia Post . Si se hubiera enterado de que se planteaba abandonarlo todo, la habría dejado sin jubilación, sin seguro médico y sin nada más.
Y entonces, precisamente pensando en Nigel, le vino una idea.
«¿Por qué no me concedes una entrevista?», escribió Tilda. «Si lo publicamos en primera página, tendrás más visibilidad de la que estás teniendo. Y así paramos con todas estas muertes. ¿No te parece?».
Del otro lado, la respuesta tardó en llegar. Su Eminencia vio enseguida el mensaje, pero le costó responder. Sí, se lo estaba pensando.
Eso era bueno, creyó Tilda.
Si se lo pensaba, era que lo estaba valorando.
Esa pregunta era un golpe maestro. Seguramente, Su Eminencia no se la esperaba.
Tilda sonrió ligeramente. Sentía que le había puesto un caramelo en la boca, una cuchara llena de miel en los labios. Al final, la visibilidad y la notoriedad eran lo que buscaba. No podía descartar que Su Eminencia también tuviera su ego y, de alguna forma, este pudiera ser alimentado.
«Muy tentador, Tilda Glass. No le voy a decir ni sí, ni no. De momento me tengo que ceñir al plan. Si no le importa, me guardaré esta propuesta para otro día. ¿Le parece?».
—Mierda —susurró ella.
No había mordido el anzuelo.
Pensó en responderle y en continuar insistiendo hasta convencerlo. Ella sabía muy bien cómo convencer a un hombre. Pero con un clérigo no se atrevió. Además, hay personas con las que es mejor echar miguitas, antes de usar la insistencia o incluso la fuerza bruta.
«A veces las oportunidades son como los trenes, no se detienen en la misma estación dos veces seguidas», escribió ella.
«Jajaja. La admirable y provocadora Glass. Siempre la he admirado».
A Tilda no le afectaban los halagos.
El coche se detuvo delante de la iglesia. La policía ya la había acordonado y agentes de las fuerzas especiales italianas habían despejado la zona.
Tilda guardó el móvil sin despedirse de Su Eminencia.
Bajó del coche y caminó hacia la cinta policial.
Se quedó al lado de Stan, a su derecha, con Minerva y Claudio a su izquierda.
Los cuatro se miraron y asintieron al unísono.
Estaban listos para entrar en la siguiente escena del crimen.
Pronto, Matteo pasaría a ser un nombre, un apellido, un número de la afiliación de la Seguridad Social.
Pronto sabrían si estaba casado, divorciado, viudo o soltero.
Pero antes, la investigación pasaba por esa iglesia.
Entraron por la puerta principal, y vieron enseguida la escenificación de la Última Cena. Era parecida, pero no la misma que había realizado en el convento abandonado.
Lo primero que les llamó la atención fue lo que el asesino había usado esta vez en lugar de maniquís. Un nuevo objeto, seguramente cargado de simbolismo y, obviamente, no elegido al azar.
Minerva dio un paso hacia la mesa donde, casi en el centro, estaba Lorenzo Bellandi. De pronto, escucharon un ruido que venía del confesionario.
Se giró rápido, metió la mano en la funda y sacó la pistola.
Apuntó, esperando que fuera un error. Pero entonces escuchó otro ruido, y supo que no estaban solos en esa iglesia.