No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 57
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Matteo seguía de pie, sujetando el móvil naranja.

Estaba temblando.

La conversación con Rufus duró un minuto escaso, pero llegaba cargada de buenas noticias. Su Eminencia estaba dispuesto a conocerlo y a bendecirlo en persona además de lo que le había prometido.

Podía haber tocado el cielo con un dedo. La felicidad, el gozo y la sensación de plenitud que solo la religión católica le sabían dar lo hicieron estallar en llanto.

Pero la emoción duró poco. Tenía delante un trabajo importante. Pero también existía la posibilidad de que aquel desconocido en bicicleta lo delatase.

Suspiró.

Tenía que conocer a Su Eminencia. Así que iba a jugarse el todo por todo y arreglar esa situación.

Cogió al cura, le dio otra descarga de taser y lo metió en un confesionario para que no estorbase.

Luego regresó a la iglesia y aclaró sus ideas. Debía poner en orden todas las cosas que tenía que hacer, y empezar a hacerlas. Una tras otra.

Luego despertó a Lorenzo Bellandi.

—¿Sabes quién soy? —le susurró.

Lorenzo negó con la cabeza.

Entonces le explicó quién era y la historia de su hija. Al hacerlo, los recuerdos le llenaron los ojos de lágrimas.

Se le presentó la visión de su hija como un fantasma, vestida con una camiseta de rayas blancas y azules y un mono tejano. El fantasma de la niña empezó a caminar por la iglesia, hablándole.

Saludó a su padre y Matteo sonrió.

Sintió el corazón caliente y pleno otra vez. Le parecía una visión real, aunque no estaba seguro. A lo mejor era la sugestión de estar en una iglesia. Quizás una alucinación, un mensaje, una advertencia. Muchas ideas le vinieron a la cabeza.

Mientras miraba a Lorenzo Bellandi, que estaba amordazado y con los ojos muy abiertos, volvió a sentirse dueño del presente. Se dijo que tenía que acabar lo que había empezado.

—Lorenzo Bellandi, deberías sentirte un deshonrado por las vidas que has cortado, deteriorado y mutilado, pero al mismo tiempo tienes que sentirte orgulloso de formar parte de una labor tan grande y potente como es ser una víctima de Su Eminencia, y de poder proclamar al mundo el octavo mandamiento, ¿lo entiendes?

—preguntó mirándole directamente a los ojos—. Si lo entiendes, asiente.

El hombre asintió.

—¿Te sientes orgulloso de que tu vida no haya sido en vano?

Lorenzo negó con la cabeza.

Matteo no quiso alargarlo.

—En fin, te voy a practicar una antiextremaunción. Tranquilo, es la praxis habitual. Has pecado contra el octavo mandamiento. Has hecho de la mentira tu oficio. La justicia de los hombres creyó en tus palabras. Pero la Verdad jamás puede ser engañada. Yo solo ejecuto su voluntad.

Dicho esto, cogió el cuchillo y, sin ninguna piedad, le hizo un corte que derramó una gran cantidad de sangre en una patena, justo delante.

Matteo miró a su víctima perder las fuerzas, hasta que no pudo moverse más. Convulsionaba como la cola extirpada de una lagartija.

Rápidamente, recreó la escenificación y dejó lista la segunda escena del octavo mandamiento.

Recogió sus utensilios y retiró todos los plásticos blancos para recoger sangre, huellas y todo tipo de materia orgánica.

Realizó las fotos de la escena del delito y se marchó.

Cerró detrás de sí la puerta de la Chiesa di San Cristoforo sul Naviglio , dejándola en un silencio ceremonial.

Fue entonces cuando se acordó de un detalle y volvió a entrar.

Dejó sus herramientas y todo lo demás. Sacó un bote de cristal. Era pequeño y contenía un líquido blanquecino y transparente.

Regresó a la escena del delito y arrojó el líquido sobre toda la mesa de la representación de la Última Cena, sobre la víctima y sobre los otros objetos que representaban a los otros apóstoles y a Jesús.

Una vez acabó de hacerlo, sonrió.

—Ahora sí, hemos acabado.

El olor a óxido que desprendía la sangre quedó oculto bajo otro olor mucho más intenso y contundente.

Guardó el frasco y, finalmente, se marchó.

Caminó hasta su coche y se sintió orgulloso de su obra. Casi lo había perdido todo por un ciclista y por el maldito cura, pero lo había conseguido y estaba contento.

Arrancó el coche y regresó a casa. Le esperaba repasar la planificación de la tercera y última víctima del octavo mandamiento. Luego, conocería a Su Eminencia en persona y, llegado a ese punto, le daba igual todo tipo de consecuencias terrenales que pudieran desencadenar sus acciones.

Suspiró y aceleró. La imagen de su hija ya no estaba y la venganza se había ejecutado. La promesa a su mujer ya estaba cumplida; la de vengar a su hija.

Sonrió y se secó una lágrima. Se pasó la mano por el pelo y luego por el tejano; al hacerlo, notó el móvil naranja en su bolsillo del pantalón. Su trabajo no había acabado, pero estaba más cerca de terminarlo.