No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 56
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Minerva guardó silencio durante todo el trayecto hasta la comisaría.

¿Cómo podía ser que aquella mujer de la tienda religiosa supiera algo de su ex, Rodrigo? ¿Lo había acertado por casualidad? Y, si no era así, había algo todavía más preocupante: ¿por qué le había dicho a Minerva que era más seguro para ella dejar esa investigación?

De pronto, se sintió asustada.

Nadie en el coche habló mucho. Minerva miraba por la ventanilla y Claudio la observaba, algo extrañado. Las frases de la mujer sobre la inspectora habían sido para ambos casi más interesantes que el hallazgo de la tarjeta de crédito.

Claudio pensó que Filomena debía haber acertado en algo, porque si no, Minerva no estaría tan afectada.

Claudio pensó en el aspecto de la señora.

Consideró dónde vivía, y toda su casa. El gato negro, la bola de cristal, incienso y figuras que, al menos a Claudio, le parecía que evocaban a Satanás.

¿A lo mejor Filomena adoraba al anticristo?

¿Sería de religión pagana, o simplemente tenía otra manera de ver y sentir la vida?

Fuese lo que fuera Filomena, de lo que sí estaba seguro es que representaba la duda. En concreto, la duda de si el camino del Señor era el único camino. Si era el correcto y, sobre todo, si era su camino.

Filomena desplegó un tsunami en el interior de Claudio. Pero ahora no tenía tiempo para eso; debía concentrarse en la investigación, en el número de tarjeta encontrado y en que Fritz, el informático forense de la DAS, ya estaba trabajando para averiguar quién era Matteo.

Claudio dejó de mirar a Minerva. A pesar de que intentaba centrarse en el caso, sus pensamientos se desviaban a las palabras de Filomena.

«Tu ex, cuyo nombre empieza por R».

¿Se referiría a ese exnovio que había tenido Minerva?

Y si era así, ¿cómo diablos lo sabía esa mujer?

Claudio tenía un remolino de preguntas en su cabeza.

Bajó la mirada. No supo definir lo que sentía. ¿Ofendido, celoso, sobrepasado? No sabía cómo salir de ese círculo vicioso de sensaciones extrañas y limitantes que él mismo se estaba provocando.

Minerva tenía una vida y un pasado, igual que los tenía él.

No podía quedarse varado en esa situación; debía seguir y bajarse de ese coche como si no hubiera pasado nada, y luego ayudar a resolver aquel asunto.

Así se lo había ordenado el cardenal Mangiafuoco, el secretario en persona del Santo Padre.

No estaba allí para resolver asuntos personales.

No.

Decidió dar el máximo en ese caso y dejar de pensar en todo lo demás.

Cuando el coche del inspector Cestaro se detuvo frente a la comisaría, se apresuraron a ir a la oficina, donde los esperaban Stan y Tilda.

—¿Hay noticias de Fritz? —preguntó Minerva a Stan.

Stan negó con la cabeza.

—Está en ello, tardará un rato, me ha dicho. Es información confidencial y tiene que cruzar líneas… —dijo con un movimiento de la cabeza—. Ya sabes, pero hay otra noticia.

Los ojos se movieron sobre la periodista. Ella sujetaba su móvil en la mano.

—Tenemos noticias de Su Eminencia —afirmó mientras le pasaba el IPhone a Minerva para que lo mirara.

Ella lo cogió y empezó a leer el correo electrónico que había llegado.

Asunto: «No mentirás | Víctima nº 2 | El infierno está entre nosotros».

Señora Glass, mi querida señora Glass.

Vivimos tiempos en los que la mentira ha dejado de ser un pecado, para convertirse en una herramienta de éxito.

Durante siglos se nos enseñó que el falso testimonio destruía la confianza entre los hombres.

Pero hoy ocurre exactamente lo contrario: quien miente con suficiente inteligencia recibe honores, poder y reconocimiento.

Se premia al que manipula informes, altera documentos, compra conciencias o fabrica una verdad más conveniente que la realidad.

El dinero no crea la corrupción. Solo revela el precio al que cada hombre está dispuesto a vender su alma.

Muchos creen que la mentira solo existe cuando una persona pronuncia una falsedad.

Se equivocan. También miente quien certifica como seguro aquello que sabe que no lo es.

Quien firma un documento que nunca debió firmar.

Quien compra el silencio de un inspector.

Quien convierte una falsedad en una política empresarial y llama progreso a lo que no deja de ser fraude.

La historia recuerda a Judas como el hombre que traicionó a Cristo por treinta monedas de plata. Lo que pocos comprenden es que aquellas monedas nunca fueron el verdadero pecado. Judas vendió la verdad por un beneficio personal.

Dos mil años después seguimos haciendo exactamente lo mismo.

Solo ha cambiado el precio.

Las fotografías hablarán por sí solas.

Cuando el hombre falsea la obra ajena y hace de la mentira una forma de gloria, el mandamiento muere. Yo solo enseño el camino.

Su Eminencia.

El segundo homicidio de Su Eminencia ya se había consumado.

Minerva miró las fotos de Lorenzo Bellandi que habían adjuntado al mensaje. Al parecer, lo habían matado igual que la otra víctima, Federico Moretti.

—¿Sabéis dónde es esto? —preguntó Minerva señalándolas.

Stan y Tilda negaron.

—Acaba de llegar —respondió Stan.

Minerva seleccionó una de las fotos, donde se apreciaban unos frescos en la pared de detrás.

—Parece una iglesia, inspector. ¿Usted la reconoce?

Detrás de la nueva representación de la Última Cena que había orquestado Matteo, se veía un presbiterio con varias figuras pintadas de cuerpo entero.

Había un pequeño altar de piedra situado bajo un ábside semicircular, decorado con antiguos frescos de temática religiosa, presidido por un crucifijo y las figuras de dos santos.

A ambos lados del altar se abrían estrechas ventanas con vidrieras de colores, que dejaban entrar una luz tenue, mientras dos bancos de madera completaban el espacio litúrgico.

El conjunto transmitía una atmósfera sobria y antigua, remarcada por los muros de piedra envejecida y las pinturas medievales que cubrían la bóveda.

Carlo Cestaro devolvió la mirada a Minerva con satisfacción.

—Sé dónde es este lugar —respondió y miró el reloj—. Es una pequeña iglesia que se encuentra al lado de un naviglio , un canal, no muy lejos de aquí.

El inspector sacó su móvil, hizo una búsqueda y comprobaron que los frescos que aparecían en la foto eran los mismos que los de esa iglesia. Las fotos encajaban perfectamente.

Una vez en coche, mientras se dirigían hacia allí, el móvil de Tilda vibró y en la pantalla apareció un mensaje de Su Eminencia por Telegram .

«Hola Tilda. ¿Qué tal llevas la niebla de Milán?».