No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 55
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Le habría disparado.

Si hubiese tenido una pistola en la mano, le habría disparado para detener ese tremendo error.

Pero Matteo era un contable.

Y, como buen contable, todo tenía que estar en orden, aseado, encasillado y con una secuencia lógica. Nada podía estar fuera de lugar.

Cuando algo lo estaba, él lo detectaba y se ponía nervioso.

El mundo sin orden no era un buen lugar para él.

Su Eminencia lo había elegido por varias razones, entre ellas porque era una persona tremendamente ordenada.

Para alguien así, ver cómo un plan estudiado en sus mínimos detalles se iba al traste, era como una estaca en el corazón.

La visión que se encontró delante fue desoladora.

La puerta de la iglesia estaba abierta. En el umbral estaba el cura, al que le había ahorrado la muerte. Y eso era precisamente el elemento distorsionador que ahora le estaba arrebatando todo lo que había logrado.

Lorenzo Bellandi, apoyado sobre su hombro, se tambaleaba y apenas se sujetaba. Los dos lo miraron con sorpresa y odio desde el otro lado de la iglesia. Lo veían como el malo de la película.

Pero Matteo no era el malo, ni mucho menos. Él era el emisario de Dios, llegado para devolver el equilibrio a la Tierra. Un equilibrio religiosamente correcto, aunque muchos no lo entenderían nunca.

Asustados, como si les persiguiera el mismísimo Belcebú, Bellandi y el cura avanzaron hacia la luz de las farolas que iluminaban la calle, justo delante de la iglesia.

Matteo sintió que estaba todo perdido.

Pero entonces pensó que podía resolver aquello igual que hacía cuando trabajaba. Cuando un balance no cuadraba y se hacían las tantas de la noche, Matteo se volvía a remangar y controlaba los miles y miles de números hasta que encontraba el error.

Se tiró hacia su mochila, donde guardaba todos los utensilios.

Cogió el taser y corrió hacia la puerta. Al llegar a esta, los dos hombres, que caminaban con dificultad, ya estaban a unos metros de la iglesia.

Todo Milán, incluida la zona de los navigli donde se encontraban, había sido engullido por una densa niebla.

Delante de la iglesia, la calle Via San Cristoforo se bifurcaba. A partir de allí, se podía seguir recto o cruzar al otro lado del canal, donde había una zona de bares y restaurantes.

En la zona de la iglesia, en cambio, solo había instituciones, y a las diez de la noche se encontraban cerradas.

—¡Socorro, socorro! —gritó el cura.

Su voz sonó casi tímida, seguramente por miedo a que Matteo lo escuchara.

Por el otro lado del canal, una pareja regresaba de cenar. Los primeros metros de calle frente a la iglesia quedaban ocultos tras las escaleras de la pasarela San Cristoforo. Los que estaban al otro lado no los podían ver, y la niebla disipaba lo poco que se podía apreciar.

Matteo no gritó que se detuvieran. Se abalanzó sobre el cura y Bellandi. Justo cuando les iba a dar con el taser , escuchó el peor sonido posible en un momento así. El teléfono naranja se puso a sonar.

Podía ser Su Eminencia. Podía ser Rufus. Fuera quien fuese, debía contestar rápidamente: esa era la primera norma del acuerdo con Su Eminencia.

Se abalanzó sobre el cura, le clavó el taser en el cuello y le dio una primera descarga eléctrica. Luego, una segunda y una tercera.

Mientras tanto, Lorenzo Bellandi vio desplomarse al cura con movimientos espasmódicos, y con ello vio también disiparse su posibilidad de salvación.

Lorenzo, sin la ayuda del otro hombre, cayó al suelo. Sus piernas no tenían fuerza debido a la primera descarga del taser que había sufrido.

Matteo y Bellandi se miraron. Bellandi alargó los brazos y juntó las manos. Negó con la cabeza, implorando que no le atacara de nuevo con el aparato eléctrico.

Matteo vio en sus ojos la súplica y el terror, pero entonces recordó la expresión que tenía su hija pocos minutos antes de morir.

Matteo sintió que no debía tener piedad alguna. Acercó el taser y le soltó una descarga aún más fuerte que la del cura.

Una vez los dos se encontraban inermes y desarmados levantó la mirada.

La pareja que estaba al otro lado del canal seguía caminando, y sus voces le llegaban todavía.

¿Se habían parado a curiosear? ¿Lo habían escuchado?

El móvil naranja seguía sonando y tenía que resolver la situación. Esos dos hombres no podían seguir ahí, tirados en medio de la calle.

Agarró por los pies al cura y lo fue arrastrando hasta dentro de la iglesia.

Le costó bastante, debido a su peso.

Mientras tanto, el móvil había dejado de sonar.

Agarró los pies de Lorenzo Bellandi y empezó a tirar de él hacia la iglesia. Entonces pasó un hombre en bicicleta. Este, al ver la escena, se detuvo.

Apoyó un pie en el suelo y miró a Matteo.

Justo cuando ya lo tenía controlado, Matteo se encontró con otro cable suelto que podía ser el fallo fatal.

Tenía que meter rápidamente a su víctima en la iglesia, y devolver lo antes posible la llamada. Debía dar la imagen de que todo estaba yendo bien y todo estaba sucediendo según lo programado.

Pero tenía delante al ciclista.

Como no sabía qué hacer, soltó el pie del empresario y se acercó la mano a su cuello. Sin dejar de mirar al ciclista a los ojos, hizo un gesto pasando su dedo pulgar por debajo de su garganta, de un lado a otro.

El mensaje era claro: «Si hablas, te mato».

El desconocido subió a la bici y se puso a pedalear lo más rápido que pudo, hasta desaparecer a toda velocidad de la zona. La niebla milanesa lo engulló.

Matteo dio un suspiro de alivio. El desconocido se había marchado. Pero eso no era ninguna garantía de que no fuera directo a la policía, o a pedir auxilio a quien fuese. Después podía regresar con refuerzos y desmontarle el plan.

Llegados a ese punto, el plan colgaba de un hilo tan fino que hasta un suspiro podría partirlo. Matteo jadeaba y el corazón le latía tan fuerte que parecía estar enviándole un mensaje.

Agarró los pies otra vez de Bellandi y lo siguió arrastrando hasta la iglesia. Cerró la puerta y se apoyó en ella, por la parte interna.

De repente se le presentó un dilema: seguir o escapar.

Podía completar la escenificación en la iglesia que se encontraba, pero, si lo pillaban, sería detenido por la policía.

O también podía escapar, abandonar esta parte del plan y completar la próxima escenificación con el siguiente cordero de Dios.

Pero había algo aún más urgente que esa decisión.

Sacó el móvil naranja y devolvió la llamada.

Sonó un solo tono y Rufus contestó.

—¡Te dije que…!

—Lo sé, pero he tenido que dar prioridad a otra cosa —contestó Matteo—. No he podido responder.

—Te dije que respondieras siempre.

—¿Preferías que la misión se fuera a la porra por responderte? Te he llamado en cuanto he podido.

Rufus, desde el otro lado del teléfono, gruñó.

—¿Qué querías? Estoy en medio de la tarea y voy apurado de tiempo.

—Entonces no lo has calculado bien.

—Si tienes ganas de discutir te llamo más tarde, tengo que mandar unas fotos a Su Eminencia en un rato. Luego te vuelvo a llamar para discutir, si es lo que quieres.

Rufus gruñó otra vez.

—He hablado con Su Eminencia acerca de tu petición…

Matteo dio un paso hacia adelante. Sus ojos se iluminaron. De repente, todos los problemas e inconvenientes se disiparon.

—¿Y qué te ha dicho?

Rufus sonrió y le respondió justo lo que necesitaba escuchar.