No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 54
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Filomena no estaba dispuesta a dar cierta información por teléfono.

Pensó que aquella llamada de Minerva era una estafa o algo por el estilo. Dijo que prefería verla en persona.

Minerva estaba convencida de que aquella pista era correcta, así que, acompañada por el inspector Carlo Cestaro y Claudio, se dirigió a casa de Filomena.

Gracias a la clemencia del tráfico nocturno, tardaron poco en llegar.

La mujer tenía la tienda en la planta baja y su vivienda en el primer piso.

Al ver a la señora, Minerva sintió una energía extraña. Llevaba el pelo blanco recogido en un moño. Una camisa con estampado de flores rojas, cálices y cuervos. Más que una persona religiosa, parecía una bruja.

—La placa, por favor.

El inspector Cestaro y Minerva se la enseñaron.

—Los he visto llegar con un coche con sirena. Parecen fiables —dijo la señora—. Ya no sabes con quién te enfrentas hoy en día… —dijo e indicó con la mano que la siguieran—. Tengo el ordenador arriba —añadió y repasó a Claudio. Se quedó perpleja, mirando fijamente la sotana.

—Menudo séquito lleváis —dijo sin dejar de mirarlo.

Él subió las cejas con sorpresa.

—Disculpe, no me he presentado. Soy Claudio Addante. Seminarista —dijo y alargó la mano para que se la estrechara

—Caray, en el camino del Señor… —dijo sorprendida, pero no le estrechó la mano.

Cruzaron la tienda. Primero había una exposición de objetos religiosos cristianos, luego budistas, después ortodoxos y, al final, paganos. Vendía estrellas de cinco puntas, pentáculos, altares rituales, calderos, athames , varitas, amuletos, talismanes y otros objetos relacionados con la brujería.

Cuando llegaron al final, tomaron las escaleras y fueron subiendo.

—Pensaba que vendía solo objetos relacionados con el catolicismo —comentó Minerva.

La mujer abrió la puerta de su casa. Tenía un olor fortísimo a incienso y era muy oscura. Se abrió un apartamento lleno de objetos religiosos y suvenires de viajes. Había tanto caos visual que ni siquiera parecía real. Era como estar en el plató de una serie mística.

—Entren, que en la tienda hace frío.

Minerva pensó que sí, hacía frío, pero al menos estaba en orden, no como el apartamento.

—Cuidado con el gato, no lo toquen porque muerde —advirtió Filomena—. Volviendo a su pregunta, inspectora, yo vendo de todo y de todas las religiones.

Minerva asintió y entendió por qué la tienda de esa mujer no aparecía en el listado de tiendas católicas. Si no hubiese sido por Luigi Modena, y luego por el comercial de los cálices, a esa señora no la habrían encontrado ni en mil años.

—Inspectora, cuando uno llega a mi edad, y por mis arrugas podrá entender cuántos años tengo, se da cuenta de que todas las religiones son iguales, tanto en positivo como en negativo —dijo negando la cabeza—. Las religiones son como los exmaridos; todos están cortados por el mismo patrón.

Minerva intentó aguantar una mueca divertida.

—Su hombre compró cuatro cálices medievales.

La noticia los dejó con la boca abierta.

Eso sí que era cambiar el patrón. En las otras dos ocasiones, en Madrid y París, habían comprado un objeto religioso en cada tienda. Todas diferentes, para no dejar rastro. Eso cambiaba por completo la percepción de este asesino. Cambiaba el modus operandi de la persona que buscaban.

Minerva se formuló una pregunta trascendental. Si ese detalle era diferente, ¿cuántas cosas más podían serlo en este caso?

Claudio dio un paso adelante y le habló al oído a Minerva.

—Otro cambio. Los rapta mucho antes, ahora los cálices son todos comprados en el mismo lugar…

Minerva asintió al escuchar el comentario.

—Estaba pensando lo mismo.

Filomena los miró y vio la complicidad que tenían entre ellos.

Minerva decidió entonces hacerle la pregunta trascendental, clave, la más importante, aunque ya se imaginaba la respuesta.

—¿Cómo pagó?

La mujer se sentó al ordenador y se colocó unas gafitas pequeñas en la nariz. Comenzó a teclear en un Excel con todas las ventas.

—Su hombre pagó con tarjeta.

La noticia hizo mella en Minerva, que avanzó un paso. No se podía creer la respuesta. Era la mejor noticia de la noche. Eso quería decir que podían trazar la tarjeta y averiguar enseguida todo lo que necesitaban saber.

De ahí a detener al hombre tan solo había un paso.

Era la primera vez, desde que Stan la había sacado de la clínica de desintoxicación para unirse de nuevo a la DAS, que estaban tan cerca de atrapar a un asesino.

Con el número de tarjeta de crédito o débito se abría una autopista de información, que les permitiría plantarse en su casa y detenerlo antes de que cometiera el siguiente homicidio.

Antes de que pudiera destruir pruebas, antes de que cortara los lazos con Su Eminencia y se perdiese el valioso canal de comunicación entre ellos.

Minerva dio otro paso adelante.

—¿Tiene el número de tarjeta y el nombre completo de Matteo?

Filomena se quitó las gafas y la miró directamente. Ambas mujeres, que podían distanciarse por lo menos medio siglo de experiencia vivida, se quedaron mirándose unos instantes.

La mirada de Filomena, tan decidida y penetrante, la dejó casi sin aliento. Esa mujer con el pelo blanco, vestida como si saliera de una comuna hippie, le transmitió fuerza, pasión y una energía que a ella le habría gustado tener.

Le habría gustado dejar de lado el caso y formularle mil preguntas que no tenían nada que ver con este.

Sintió su fuerte carácter en su mirada: un torbellino que la removió sin necesidad de decir nada. Sintió que era un alma libre. Recordó su nombre, Filomena, como la tormenta de nieve que dejó Madrid incomunicada y bajo una capa de un metro de nieve años atrás.

—Minerva… —dijo muy seria—. Creo que lo mejor que puedes hacer es dejar el caso y regresar a la policía normal. Patrulla, tráfico… no sigas con esta investigación o te quemarás —afirmó negando con la cabeza—. Busca a tu ex, ese cuyo nombre empieza por R. Es más aburrido, pero más seguro para ti.

Minerva se quedó petrificada. ¿Se refería a Rodrigo?

El inspector Cestaro y Claudio las miraron, en particular a Minerva, que observaba a Filomena con los ojos muy abiertos y la boca abierta.

—Es solo una opinión mía. De una mujer casi anciana. Es mi consejo. Apunta: cinco, tres, ocho, seis, cero… —dijo y acabó con la secuencia de la tarjeta—. Con esta tarjeta pagó el tal Matteo.

Minerva no pudo decir nada.

—¿No hay un nombre, señora Filomena? —preguntó el inspector Cestaro.

La mujer negó.

—Supongo que es una tarjeta recargable. No había nombre. No sé cómo se llamaba. Pagó los casi mil euros de los cuatro cálices y se fue. Punto —le dijo al inspector y se giró de nuevo a Minerva—. ¿Tiene alguna pregunta más, inspectora Minerva?

La chica seguía con la boca abierta, pensando.

—No, Minerva, no le voy a decir nada más, el resto son decisiones que debe tomar sola.

Aquella mujer, rodeada por todos sus objetos de brujería, le pareció a Minerva un auténtico oráculo. Filomena dio un paso hacia adelante y apoyó la mano encima del hombro de Minerva.

—Sigue lo que dicte tu corazón, y no te equivocarás. Donde el corazón te lleve —dijo y le guiñó el ojo. Después se giró hacia Claudio y le apuntó con un dedo—. Y tú, por el tiempo que esté contigo, cuídala bien.