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La Chiesa di San Cristoforo sul Naviglio estaba en silencio.
Matteo estaba a punto de empezar con la segunda escenificación de la Última Cena que había ordenado Su Eminencia.
Eran las diez de la noche pasadas. La iglesia no estaba abandonada.
No era como el convento en medio del parque de Milán, detrás del castillo Sforzesco.
No, ese lugar estaba vigilado por una persona a quien había tenido que dejar fuera de juego por unas horas.
Antes de que todo empezara, quiso ir a echarle un vistazo.
Miró primero a Bellandi, su próxima víctima. Lo dejó tumbado de lado en la nave central de la iglesia y entró por la puerta que llevaba a la casa parroquial.
Cruzó la sacristía. Esta tenía muebles a ambos lados, con las vestiduras propias de cada celebración del año litúrgico.
Las puertas de madera chirriaban igual que cuando era un joven monaguillo.
Siguió hacia la sala de estar, donde se encontraban las estancias principales de la casa parroquial.
Horas antes, había esperado a que se fueran las últimas visitas.
Con una excusa banal, el cura le dejó entrar en su casa.
Allí, le dio con el taser y lo dejó sin sentido.
Ese trasto electrónico era una maravilla. Matteo adoraba ese chisme.
Una vez inconsciente, puso al cura en el sofá y allí lo maniató, le colocó una venda en los ojos y otra cuerda en las piernas.
Su intención era dejarlo con vida, así que fue a comprobar su estado de salud antes de empezar con Bellandi.
Al llegar a la sencilla sala de estar de la casa parroquial, la imagen que vio lo dejó sin aliento. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo y empezó a sentir una presión como una losa por los hombros.
El cura ya no estaba.
No podía ser. ¿Cómo podía haber escapado?
Había sido muy minucioso y estricto, ató sus manos y sus pies con suma precisión. Lo comprobó y lo volvió a comprobar. Se acordaba perfectamente de que los nudos estaban bien hechos.
Pero, a pesar de eso, el cura ya no estaba ahí.
Avanzó un paso. Pensó que no podía estar muy lejos.
Miró a un lado y al otro.
Podía salir de cualquier parte.
Podía estar detrás del sofá, esperando a que se acercara para golpearle con un candelabro o un pisapapeles.
Al final, él era solo un contable, no un luchador.
Era un sencillo, casi inocuo contable, que llevaba la cruz de la venganza.
Nada más. No podía responder a una lucha cuerpo a cuerpo.
No, no podía y no quería. Es más, estaba seguro de que no habría sabido.
Sintió miedo, que empezó a difundirse por todo su cuerpo.
El miedo lo bloqueó, hasta que solo pudo mover los ojos.
Respiraba afanosamente.
El plan acababa de irse por el retrete. La venganza de su hija, la promesa de su mujer y la misión que le había delegado Su Eminencia; todo estaba a punto de desvanecerse por ese error.
Su respiración se intensificó, cada vez más corta y rápida. Cuando estaba a punto de entrar en hiperventilación, escuchó un ruido.
Arrugó el ceño. Se habría girado, pero el miedo seguía pilotando su cuerpo.
Otra vez, otro ruido. Era de madera golpeando y al final una voz ahogada.
¿Lorenzo Bellandi? ¿El cura de la iglesia?
¿Podría haber ido el cura, después de liberarse, a salvar al empresario?
Era casi imposible, pero los ruidos que procedían de la iglesia apuntaban justo a eso.
De repente, la misión se volvió a avivar en su mente. Vislumbró en su mente la posibilidad de salvarla.
Pero primero debía desbloquear el cuerpo y correr hacia la iglesia. Ver lo que estaba pasando y poner remedio al lío que se había armado.
Con la cara de su hija en mente y con el sabor de la venganza en la boca, arrancó a moverse.
Caminó hacia la puerta que llevaba a la sacristía. Luego siguió.
Los ruidos se hacían cada vez más fuertes.
Escuchó de nuevo un sonido metálico. No había dudas, era el sonido de una llave girando que se amplificaba en la iglesia.
¿Lorenzo Bellandi estaba escapando?
El ruido pesado de la puerta al abrirse sustituyó al de la cerradura.
Matteo cruzó el umbral de la puerta y entró en la iglesia.
El frío y la humedad del templo le calaron en los pulmones. También le caló muy dentro lo que vio desde el otro lado de la nave.
Lo dejó sin palabras y sin saber qué hacer.
Todo estaba perdido. Su Eminencia ya no lo querría ver, ni saber nada más de él. El plan se estaba esfumando delante de sus propios ojos.