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Minerva pensó que hasta buscar una aguja en un pajar habría sido más fácil. Por ejemplo, una aguja podías encontrarla con un detector de metales o, incluso, en una situación desesperada, podías quemar toda la paja y buscar entre las cenizas.
Pero dar con un comprador de patenas entre todas las tiendas de artículos religiosos de Milán era mucho más complicado.
Iba llamando a cada tienda, pero en su mente pensaba que era una idiotez. ¿Quién podría recordar o reconocer a Matteo entre todos sus clientes? Dudaba que los tenderos se acordaran de las caras de los centenares de personas que veían en el transcurso de los meses.
Era imposible.
De lo contrario, ya lo habrían reconocido con el retrato robot que corría como la pólvora por periódicos, televisiones, telediarios y redes sociales.
Pero solo recibían falsas alarmas sin fundamento.
Minerva colgó de mal humor tras hablar con una mujer, dueña de una tienda.
La había conseguido localizar antes de que entrase con su familia en un cine.
La Interpol y la base de datos de la Hacienda italiana disponían de los móviles de todo el mundo y de sus domicilios, y así, poco a poco, iban dando con ellos a pesar de la hora.
Marcó el número de otra persona, con poca esperanza.
—Buenas noches, soy Minerva Cadalso, de la Interpol. ¿Estoy hablando con Luigi Modena, de la tienda de artículos religiosos Arte Sacra ?
El hombre tragó un bocado, como si lo hubiera pillado en mitad de la cena, y se aclaró la voz.
—Sí, dígame…
Minerva suspiró.
—Disculpe que le moleste a esta hora de la noche, pero es una llamada urgente y de vital importancia —afirmó con un suspiro—. Le acabo de pasar a su WhatsApp el retrato robot de una persona y de un artículo religioso. Puede que esta persona haya comprado ese artículo en su tienda. ¿Lo reconoce?
—Espere, lo miro.
El hombre puso la llamada en altavoz y fue a mirar las fotos que le había pasado Minerva.
—María, baja la televisión, por favor —indicó el hombre—. Vamos a ver…
El hombre entró en la aplicación y después de varios pitidos y una espera para identificar lo que estaba viendo, contestó.
—Sí y no.
—¿Sí lo reconoce? ¿No sabe si lo ha vendido? ¿Me lo podría explicar mejor? —añadió Minerva.
—Claro. Lo que quiero decir es que a ese hombre lo he visto…
—¿¡Lo ha visto!? —gritó Minerva con exaltación haciendo que todas las personas de la estancia se giraran.
—No, espere, inspectora. Lo que quiero decir es que ese retrato robot ya lo he visto en los periódicos y en el telediario. Precisamente en este momento lo estoy viendo en la televisión nacional.
—¿Y lo ha visto? Se llama Matteo.
—No, no le he visto en persona, lo siento.
Minerva arrugó el ceño y apretó muy fuerte el rotulador que tenía en la mano.
—De acuerdo —añadió abatida—. No lo ha visto.
Todas las otras personas que estaban llamando: el inspector Cestaro, Claudio, Stan, Minerva y otros dos agentes del equipo del inspector de la Interpol de Milán, se entristecieron al oírla y entender que había sido otra falsa alarma.
—Está bien, muchas gracias, señor, y disculpe las molestias —dijo Minerva, ya a punto de colgar.
—Espere un momento, inspectora —dijo Luigi Modena, deteniéndola—. Hay un detalle importante…
Esa última frase reavivó a la inspectora Cadalso y le hizo abrir los ojos de par en par.
—Dígame, por favor…
—Sí, verá… es que ese artículo religioso de la imagen es un cáliz o copón de latón dorado, seguramente chapado en oro de veinticuatro kilates, con nudo de estilo medieval, y…
Minerva se sorprendió de la descripción tan detallada.
—¿Sí, señor Modena?
—Pasa que yo no lo vendo, pero…
—¿Pero qué?
—Resulta que conozco ese cáliz muy bien, porque lo lleva el comercial de una empresa a la que le compro varias cosas. Pero ese, en particular, creo que es un artículo pasado de moda, que hace tiempo que no está en venta.
Minerva se quedó pasmada. ¿Cómo podía haber modas en los objetos religiosos? Un cáliz era un cáliz. Una cruz era una cruz. ¿La iglesia también podía verse infectada por el virus de la moda?
—Señor Luigi Modena, por favor, ¿podría indicarme a dónde quiere llegar con esto?
—Verá, este cáliz lo hace un fabricante cerca de Roma. Se llama Fundiciones Petrus y su comercial vende a muy pocas tiendas en Milán, que yo sepa. Es un objeto poco vendible hoy día, a mi parecer. ¿Puede apuntar?
Minerva respondió que sí y la hizo anotar un teléfono.
—¿De quién es este número?
—Es el número de móvil del comercial de Fundiciones Petrus , Guido Larto. Llámelo de mi parte, a lo mejor puede ayudarle.
A Minerva le pareció haber dado con un ángel. Aunque ella no creía en esas cosas, pero casi le dieron ganas de creer, después de tener tanta suerte. Dio las gracias al señor Luigi Modena y colgó.
Sin decir nada a nadie, marcó el teléfono y Guido Larto contestó enseguida. Ella se presentó y él reconoció el cáliz de estilo medieval. Según él se llamaba así por la forma de la base y el tallo, que eran de latón con textura rugosa. Recordaba a una pila bautismal tallada en un bloque de piedra.
—Es verdad, es muy raro encontrar este artículo —aseguró el comercial—. Solo lo he vendido a una tienda.
—¿En serio? ¿Me puede facilitar el número telefónico?
—A esta hora, la señora Filomena tendrá la tienda cerrada.
—¿Y usted tendría el número de su móvil?
Minerva sabía que podía conseguirlo a través de la Hacienda italiana, pero le ahorraría mucho tiempo si lo tuviera de inmediato.
El hombre se lo dictó. Confirmó otra vez que ese artículo solo lo compraba esa tal Filomena, que regentaba una tienda alternativa de productos religiosos y que también vendía a particulares.
Minerva colgó y marcó rápidamente el número de la mujer.
La espera fue breve y Filomena contestó enseguida.
—¿Señora Filomena? Soy Minerva Cadalso, inspectora de la Interpol, división de asesinos en serie. Necesitamos su ayuda con un caso importante.
—Claro, querida, ¿en qué puedo ayudarle?
Minerva suspiró. La voz de la mujer le gustó; le transmitió tranquilidad y seriedad. Y entonces le hizo la misma pregunta que llevaba horas haciendo a varias personas, sin éxito.