No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 51
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Matteo consideraba que la Chiesa di San Cristoforo sul Naviglio era preciosa.

Y también consideraba que podría ser un escenario ideal para su segunda escenificación de la Última Cena.

Él había vivido en esa zona, de pequeño. Había ido numerosas veces con sus padres a esa iglesia. Su padre fue también un ferviente creyente y devoto.

La iglesia se encontraba al lado de un naviglio: un canal navegable usado en Milán para el comercio, ya en tiempos de Leonardo da Vinci.

Fue él, precisamente, quien perfeccionó el sistema de esclusas e ideó soluciones hidráulicas que permitieron mejorar la navegación y convertir aquellos canales en una de las arterias comerciales más importantes del norte de Italia.

La iglesia, desde fuera, podía parecer austera: construida íntegramente en ladrillo rojo, con una fachada sobria, una sencilla puerta de madera y arcos de estilo gótico.

Pero por dentro, sin embargo, era un lugar casi mágico.

La luz se filtraba tamizada por las pequeñas ventanas, envolviendo el interior en una penumbra cálida donde el tiempo parecía haberse detenido siglos atrás.

No había mármoles deslumbrantes ni grandes ornamentaciones barrocas.

Solo silencio, ladrillo, piedra y el leve olor a incienso impregnado en los muros.

En la nave de la derecha había sillas plegables y, en la central, bancos de madera.

En el ábside sobrevivían unos frescos muy deteriorados por el paso de los siglos.

Apenas se distinguían las figuras, pero todavía podía reconocerse el Biscione , la serpiente coronada que simboliza a la antigua Casa Vescovi y, por extensión, a Milán; la figura de san Cristóbal, el gigante que, según la tradición, cargó al Niño Jesús sobre sus hombros para cruzar un río; y algunos restos de escenas bíblicas cuyos colores apenas resistían bajo las grietas y la humedad.

Pero lo que más le gustaba a Matteo era la poca trascendencia que tenía aquel lugar.

Era un rincón cargado de historia que permanecía ignorado por la mayoría de los milaneses.

Una iglesia de poco respeto que, muy pronto, se relacionaría con un personaje muy importante de la ciudad.

El empresario del año de la región, nada más, ni nada menos…

el mentiroso más importante de la ciudad.

Mientras miraba a Lorenzo Bellandi, que yacía estirado en el suelo, veía el paralelismo entre ese hombre tan poderoso y aquel lugar sencillo y privado de pomposidad.

Lorenzo Bellandi no estaba allí por ser rico. No estaba allí por ser un ciudadano con propiedades o industrias que vendían mucho. No; estaba allí por el pecado del octavo mandamiento.

Lorenzo Bellandi estaba allí por mentir. Estaba allí por envenenar a los niños con sus plásticos, por sus certificados falsos, por sus acciones corruptas y su participación en entramados políticos.

Aquel hombre se merecía morir.

Aquel hombre era el culpable de la muerte de su hija.

Ella había muerto por culpa de un tupper de sus industrias, bonito, de colores chillones y con dibujos atractivos.

Con alas de mariposa y con una “extremadamente rara” toxicidad que, a veces, como decía el fallo del juicio que había recurrido, podía causar reacciones adversas.

Pero el problema era tan poco común y esas reacciones era tan remotamente posibles en estadísticas de consumo, que no resultó imputable.

Ese hombre tendido en el suelo, al que había conocido en un juicio, al otro lado del estrado, ahora iba a pagar.

¿Y qué mejor manera que hacerlo que lanzando un mensaje al mundo entero?

—El mensaje es claro, ¿verdad, Lorenzo? Tus mentiras matan y tus tentáculos lo ocultan —afirmó Matteo.

Luego, se agachó cerca de él y le comprobó el pulso.

—Y también mataste a mi mujer —dijo Matteo, como si su prisionero le pudiera escuchar, aunque estaba sin sentido y maniatado en el suelo, aún con su traje de miles de euros—.

Ella no pudo soportar la sentencia. No pudo aguantar la ausencia de nuestra hija.

Y tienes que pagar por todo eso. Todo el mundo tiene que saber que estás detrás de todo esto —le espetó.

Matteo se remangó las mangas de la camisa y fue a buscar los instrumentos que necesitaba para recrear la segunda Última Cena.