50
Rufus estaba sentado en una mesa. Con una mano sujetaba el teléfono naranja, con la otra se frotaba la calva de forma compulsiva, sin darse cuenta.
Ya no podía posponer más aquella llamada, aunque fuera una de las peores de su vida y, por descontado, la peor que iba a hacer a Su Eminencia.
Mientras los tonos de espera se sucedían, recordó todas sus llamadas con Su Eminencia.
Todas.
Todas y cada una de ellas eran para informar de la misión, de los emisarios y de los logros que estaba consiguiendo para él. Pero nunca había realizado una llamada como esa. Nunca se habría imaginado que la haría. Y menos se habría imaginado que aceptaría hacerla.
¿Por qué debía hacerla él?
¿Por qué no podía Su Eminencia recibirla directamente?
Levantó la mirada, miró el crucifijo y se santiguó.
—Que todo vaya bien, Señor —susurró. Luego cogió un rosario en la mesa y lo besó—. Seguro que sí.
Los tonos se sucedían.
Él era el único que tenía el número de teléfono de Su Eminencia.
Los teléfonos que habían repartido a los emisarios estaban configurados para que nunca pudieran ver el número de Su Eminencia, precisamente para evitar ese tipo de situaciones.
Rufus, al final, era un mero secretario, un filtro, una barrera.
Se daba cuenta de ello.
No podía ser de otra manera. Rufus era el filtro de lo que sucedía en el mundo y con el resto del plan.
Su trabajo era informar al creador de la misión, de ayudarle a volver a dar protagonismo a los diez mandamientos en aquella sociedad aletargada y abducida por una nueva religión, la de las pantallas rectangulares de luz azul.
Su Eminencia le repetía a Rufus que los móviles eran las nuevas Biblias, y que eso no podía seguir así.
Él y Rufus no podían cambiar mucho, pero al menos podían mandar un mensaje. Y eso era lo que estaban haciendo.
«En este momento, el usuario no está disponible. Inténtelo de nuevo más tarde», se escuchó a través del móvil.
Rufus suspiró.
Su Eminencia no había contestado, y eso era fantástico, pensó. Así podría decirle a Matteo que lo había intentado y no lo había localizado. Se sintió liberado.
Dejó el móvil naranja al lado del rosario, encima de la mesa, y cerró los ojos.
Empezó a rezar, pero de pronto fue interrumpido por la melodía del móvil.
«Su Eminencia», a secas, retroiluminaba la pantalla.
Un escalofrío cruzó el fuerte y musculoso cuerpo de Rufus.
No podía fallarle; tenía que contestar. Una de las normas y exigencias que le había remarcado mil veces era que debía contestar siempre, a cualquier hora, y en cualquier situación.
Lo mismo que él repetía a Matteo, a Judith, a Román y a los otros que esperaban, pacientes, para arrancar con la misión.
Lo tomó en la mano y, antes de responder, suspiró y finalmente apretó el botón verde.
—Maestro…
—Palabra de orden.
—El infierno está entre nosotros.
—Rufus…
—Maestro… —dijo con voz dulce, entrañable, como si hubiera escuchado a un abuelo con el que no hablaba desde hacía años—. ¿Cómo se encuentra?
Del otro lado no hubo una respuesta inmediata. El pitido del monitor cardíaco seguía presente. Siempre estaba presente. Siempre estaba de fondo en las últimas conversaciones. Por desgracia, nunca fallaba.
—Hijo mío, la puerta del Señor está cada vez más cerca. Pronto tendré que dar cuentas a San Pedro.
Esas palabras conmovieron a Rufus. Sus ojos se humedecieron por la emoción de escuchar su voz y sentirse arropado por esa persona que tanto le había dado.
—No puede ser. Tiene que resistir. Seguro que las medicinas lo salvarán. Ahora hacen milagros… —dijo Rufus con la voz entrecortada.
Del otro lado, Su Eminencia sonrió.
—Es mejor que los milagros se los guarde Nuestro Señor para nuestra misión. A estas alturas, mi querido Rufus, ya no hay milagro que valga para lo que yo tengo. Tienes que entenderlo, tienes que asumirlo. Pronto…
—No, no diga eso. Usted aguantará. No quiero oírselo decir.
Su Eminencia se rio con dificultad, como si le doliera el cuerpo al hacerlo.
—En fin, ya veremos, Rufus —afirmó exhalando—. ¿Me has llamado? ¿Querías algo? ¿Todo procede correctamente por Milán?
De nuevo se volvió a enfrentar a la situación que no quería, que se presentaba como un escollo, una losa.
—En Milán todo sigue tal y como está programado…
—Pero…
Rufus respiró ruidosamente. Se secó una solitaria lágrima que bajaba por la mejilla. La secó con la palma de la mano y miró hacia arriba, intentando camuflar su estado de ánimo.
—Verá, no quería molestarle, pero…
—Suéltalo… por favor, no te hagas de rogar.
—Está bien. Matteo, el emisario de Milán, me ha realizado una consulta vinculante.
—¿Qué quieres decir con una… “consulta vinculante”? —preguntó con tono molesto y con curiosidad a la vez.
—Quiere conocerle en persona —afirmó Rufus.
Hubo silencio desde el otro lado del teléfono. Un silencio incómodo y solo roto por el pitido del aparato médico.
—Rufus… hijo mío. Tú sabes cómo estoy. No puedo salir de esta cárcel hospitalaria. ¿Cómo podría ir a Milán? Ya lo sabes…
—Él estaría dispuesto a ir allí para conocerle —afirmó Rufus y siguió—. Verá, he intentado disuadirlo de su idea, pero es que es muy persistente. Ha dicho que lo va a hacer, pero que, a cambio, quiere conocerle.
—Eso es imposible —contestó en voz baja Su Eminencia.
Rufus se sorprendió de la respuesta. Pensaba que se enfadaría y que gritaría. Pero no fue así. No, le respondió con voz suave.
Seguramente, Rufus, en su vida anterior, había interiorizado esa manera de responder y de afrontar la vida, por la manera en que la vida lo había tratado.
—No puedo dejar que venga. Si no, querrían verme todos.
Ya es bastante con que puedan hablar contigo.
Lo que tienes que hacer es convencerlo. Tienes que cambiar su opinión y que siga, sin condiciones.
Yo le voy a bendecir y hacer lo que le he prometido.
Nada más. No porque no quiera, sino porque no puedo.
Esa es tu función, Rufus. Esa es tu labor en la gran obra que estamos llevando a cabo.
Rufus levantó la barbilla, miró el crucifijo con devoción y asintió.
—La verdad es que le diría que no pasa nada, pero nuestro hombre no piensa seguir.
Si no se lo concedo, no va a continuar con su labor.
Y, si me permite, a lo mejor necesita de su presencia.
La vida mundana lo ha maltratado bastante, ha encontrado en nuestra misión una excusa para seguir viviendo.
¿Seguro que no puede hacerlo? No me gusta hacer este papel de intermediario y de insistir, pero a lo mejor Matteo se lo merece…
Del otro lado del teléfono se escuchó un ruidoso suspiro.
Su Eminencia pensó unos instantes más y luego respondió.
—Rufus, te entiendo y entiendo la necesidad que tiene ese hombre en el camino de la fe —afirmó y se detuvo para pensar.
Intentaba calibrar las palabras.
—Vamos a hacer una cosa. Dile que, en principio, intentaré acudir, pero la verdad es que no te lo puedo asegurar, ya que todo depende de cómo me sienta. Esto va día a día. Lo tenemos que ver con el paso del tiempo. Pero dile que estaría encantado de verle si todo va bien. ¿Se lo podrás decir?
—Claro que sí, no se preocupe —respondió tajante Rufus—. Yo me encargo.
—Buen chico. Tienes que pensar que hay días que me cuesta hasta tener una llamada contigo. Pero veremos lo que puedo hacer —afirmó—. Por cierto, ¿cómo va lo de Roma?
Rufus recuperó la sonrisa, algo sádica, algo cruel.
—Roma está en marcha. El emisario ya la tiene. Y Valencia también está en marcha. Todo está controlado, Su Eminencia.
Su Eminencia tosió dos veces. Fueron suaves, como si le doliera el cuerpo al toser.
—Bien, si Roma está en marcha, eso quiere decir que pronto veré las primeras reacciones —dijo con una sonrisa maquiavélica—. Buen chico.