49
Eran las ocho pasadas de la noche y habían pasado varias horas desde que el industrial Lorenzo Bellandi había desaparecido.
Se encontraban en la comisaría central de Milán, en la sala de reuniones del departamento de homicidios de la policía.
Minerva y Stan estaban sentados a un lado de la mesa; Claudio y Tilda al otro, callados, mirando la reunión.
—¿Y ahora cuál es el próximo paso? —preguntó el inspector Carlo Cestaro.
Todos bajaron la mirada.
—¡Maldita sea! —gritó Minerva dando un puñetazo a la mesa.
—Minerva, no sirve de nada…
—Lo sé, no sirve para nada dar un puñetazo en la maldita mesa. ¡Pero de alguna manera tengo que descargar mi rabia! —gritó—. Lo teníamos. Lo teníamos y ese malnacido se nos ha escapado.
—Tienes que calmarte, o no conseguiremos avanzar, ni menos aún, pensar con claridad —dijo Stan—. ¿Me oyes?
Minerva no contestó, simplemente se alzó de la silla de golpe, se dio la vuelta y se acercó a una ventana que daba a una calle interna, poco concurrida.
Miró al otro lado de la calle, donde una familia, en otro edificio, empezaba a cenar en la mesa del comedor.
Padre, madre y dos hijos. La televisión iluminaba la estancia con una luz azulada.
El padre llevaba un bol con varios tenedores dentro y la madre una bandeja con algún alimento, cubierto con papel de cocina.
Lorenzo Bellandi no podría disfrutar de una cena en casa esa noche, como esa familia, pensó Minerva. Federico Moretti ya no podría hacerlo tampoco, y todo por culpa de Su Eminencia. Y la clave era Matteo. El tal Matteo, el brazo asesino en Milán de Su Eminencia.
Apretó las manos muy fuerte, clavándose las uñas en las palmas.
Se giró de repente, entre el silencio de los otros investigadores que la miraban.
—Dígame, inspector Carlo Cestaro…
—Por favor, tutéeme.
—Bien, da igual —afirmó seca, como si él fuera el enemigo contra el que estaba luchando—. Quiero que nos informe del retrato robot. ¿Qué ha pasado desde que la periodista Tilda Glass lo ha difundido y los medios nacionales se han hecho eco? ¿Han obtenido algún resultado?
El inspector bufó y se pasó la mano por el pelo.
—No se puede imaginar la avalancha de llamadas —afirmó con voz cansada—. La población se ha volcado. Hemos tenido a una persona respondiendo veinticuatro horas, apuntando nombres, lugares e historias…
Minerva alzó la mano y lo detuvo.
—Me refiero a si hubo alguna llamada a la que valga la pena seguir el rastro.
El inspector levantó la barbilla y esperó unos instantes antes de contestar.
Bajó la mirada a sus manos, con los dedos entrelazados y apoyados en la mesa.
—Un par de ellas parecían ser útiles.
Minerva dio un paso hacia adelante y extendió los brazos.
—¿Y entonces? ¿Qué esperamos? Tenemos que ir a comprobarlo —afirmó indicando la puerta.
—Cálmese, inspectora Cadalso. Hemos enviado una patrulla a cada lugar que nos han dicho y, por ahora, todo ha sido un fiasco. Falsas alarmas. Dos varones que no se parecían en nada y con una coartada férrea.
Claudio interrumpió la conversación.
—¿Y quién haría algo así? —preguntó—. ¿Quién llamaría para denunciar a alguien que no es el asesino? ¿Cómo puede ser eso?
El inspector se rio del comentario.
—Se nota que usted es un alma pura. El ladrón cree que todos son de su condición, y usted, lo opuesto —afirmó con teatralidad—.
Sacerdote, lo que pasa es que la gente llama por envidia, por recelo…
Por venganza, por mil problemas. Una llamó diciendo que su cuñado era el asesino de los asesinatos perpetrados en Madrid, en París y aquí en Milán.
Que su cuñado tiene una mente tan retorcida que seguro que era Su Eminencia —dijo y Tilda no pudo aguantar la sonrisa—.
Otro, que su vecino era Matteo y que seguro que en el sótano tenía más cadáveres.
Otro, que su madre le había pedido que matara por ella… en fin, cosas de ese tipo.
—¿Y esas dos que parecían útiles?
—Ya se lo he dicho. Nada que hacer. Coartada sólida y respaldada por la geolocalización. Tenemos que esperar. Ese camino seguirá. Quién sabe, a lo mejor en este momento están llamando y es una llamada verídica.
Minerva se volvió a sentar y se cogió la cabeza con las manos.
—La espera me mata… por dios —murmuró.
Stan tosió dos veces.
—Hemos comprobado que el individuo que ha vendido los maniquís no servirá como pista, ¿verdad?
A lo mejor, deberíamos probar con la triangulación de un móvil en esa zona, en ese momento.
O cámaras de seguridad, o alguna cosa parecida, ¿no?
O su coche. No puede ser que se esfume así, en una era tecnológica como esta.
En mi época era mucho más complicado y lo conseguíamos igualmente.
El inspector Cestaro estuvo de acuerdo, y se pasaron un rato añorando juntos los viejos tiempos.
Pero luego admitió que todas las pistas que proponía Stan llevaban a un callejón sin salida.
Matteo era pulcro, determinado y metódico.
En el lugar donde había desaparecido Lorenzo Bellandi, todo había pasado muy rápido, como por arte de magia.
—Repetidme qué ha pasado con Bellandi —dijo Minerva—. No puede haber desaparecido.
El inspector Cestaro fue a hablar y lo interrumpió Tilda.
—Cuando llegaron los policías al lugar, encontraron el coche de Bellandi.
Las puertas estaban abiertas por el lado de la acera.
Estaba aparcado en un lugar cerca de su casa, casi delante.
El chófer estaba inconsciente, con una descarga de taser para un elefante, y el señor Bellandi había desaparecido.
Suponen que lo habrá cargado en su coche y se lo habrá llevado.
—Mismo modus operandi de los demás crímenes —indicó Minerva—. Su Eminencia los elige meticulosos.
—Y con mucha suerte, joder —añadió Stan.
—Desde luego que la suerte les ayuda… —añadió el inspector Cestaro.
Los cinco se quedaron callados por un par de minutos. Minerva miraba a Stan como si estuviera buscando en su rostro una respuesta, una pista o una idea que se le había escapado. Pero, sin embargo, la encontró en Claudio.
—Minerva, puede que pronto Tilda tenga un mensaje en su teléfono avisando de una nueva víctima —indicó el seminarista.
—¿Y qué propones hacer?
Claudio tragó saliva, con los ojos de todos los otros cuatro investigadores sobre él.
—Teníamos una pista al principio y la dejamos aparcada; no la seguimos.
Minerva arrugó el ceño y le hizo un gesto para que continuara.
—¿Recuerdas que en la escena del delito siempre hay un accesorio religioso? Simboliza la presencia de Dios en la escena. El asesino nos intenta decir que Dios siempre está presente, y que Dios es parte de eso. Según él, Dios es un espectador y aprueba la obra de Su Eminencia.
—¿A dónde quieres llegar?
—A que deberíamos llevar el retrato robot a todas las tiendas de artículos religiosos de Milán. Seguro que alguien lo ha grabado o lo ha visto y, si tuviéramos un poco de suerte, incluso pagó con una tarjeta de crédito.
Minerva no asintió; esperó unos instantes y se levantó.
—Creo que el cura tiene razón.
—¿Pero no eres seminarista? —preguntó el inspector Carlo Cestaro.
Stan negó con la cabeza.
—Llevamos tiempo explicándoselo, pero no lo pilla; para ella es lo mismo —susurró Stan.
—Tenemos que hacer un listado e ir a verlos a todos, no habrá muchos, ¿no crees? —preguntó Minerva—. Nos dividimos la lista, cada uno se va con el retrato robot y en una hora lo tendremos hecho.
Tilda, que era la más eficiente del grupo con la tecnología, levantó la mano.
—Siento arruinar tu idea, Minerva, pero hay más de treinta en Milán, y casi cincuenta en un radio de pocos kilómetros —afirmó Tilda—. Y, además, algunas están ya cerradas, y otras van a cerrar en breve, según el buscador.
Minerva miró el reloj y arrugó el ceño.
—Entonces habrá que llamarlos y, si encontramos alguna pista, podemos acudir personalmente.
—¿Y los que han cerrado? —preguntó Cestaro—. ¿Llamamos mañana?
Minerva negó mientras se apoyaba sobre la mesa.
—Somos la maldita Interpol, seguro que sabemos dónde viven y podemos llamarlos a casa, aunque estén cenando. Quizá, así, podemos evitar que Su Eminencia se cobre una vida más.
El inspector asintió y se levantó. Le hizo una seña para que lo siguiera y se pusieron en marcha para buscar al proveedor de utensilios que Matteo había comprado. La búsqueda era ardua y amplia, pero Minerva confiaba en que podía ser una pista sólida.
Los investigadores se sentaron en una estancia preparada expresamente, equipada con teléfonos capaces de realizar llamadas masivas.
Todos empezaron a llamar y a pedir información sobre Matteo.
Apenas habían transcurrido unos minutos cuando empezaron a llegar las primeras coincidencias. Cada vez estaban más cerca del asesino.