No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 48
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Minerva y Claudio caminaban por debajo del viaducto de la circunvalación, que pasaba por encima de sus cabezas. Los coches pasaban rápido por encima, y estaban casi a oscuras, iluminados solo por una linterna que les había dejado el inspector Cestaro.

Pero no tenían intención de dejar eso para otro día.

Caminaron hasta el punto que les había indicado el ladrón de maniquís.

Prefirieron hacerlo a pie, por si había alguna cámara en las inmediaciones.

Mientras tanto, el inspector Carlo Cestaro comprobaba todos los posibles accesos al lugar, en busca de alguna pista, una cámara, un ángulo que pudiera servir.

Aurelio Mutti había conseguido recordar la matrícula del coche de Matteo. Pero, como se esperaba Minerva, era falsa y no correspondía al coche que usaba Matteo, un BMW serie tres, familiar.

La comisaría ya estaba buscando coincidencias con algún Matteo titular de un vehículo como ese.

Pero después de la experiencia con Román Gascón, Minerva y Claudio tenían pocas esperanzas de encontrarlo por esa vía.

—¿Cómo pudo pensar que saldría todo bien? —preguntó Claudio.

Minerva, que sujetaba la linterna, iluminó el rostro de Claudio.

—¿A qué te refieres, cura?

—Me refiero a que… —dijo Claudio y cerró los ojos, apartando la cara—. Quita eso, ¿me quieres cegar o es un interrogatorio?

—Vaaale… somos muy sensiblones con las luces, ¿no?

—Quería decirte, ¿cómo puede ser que…? Ok, imagina que estás en un bar, te viene un tipo y te hace una oferta de mucho dinero a cambio de unos maniquís de la empresa donde trabajas.

¿No te parece que es sospechoso? Además, ¿realmente quieres morder la mano que te da de comer?

Es como si yo trabajara en el Vaticano y me viene un tipejo y me propone dinero a cambio de un cuadro de los museos vaticanos.

Es criminal y va en contra de toda lógica.

¿Realmente quieres robar a la empresa que te paga la nómina?

Minerva no respondió enseguida.

—Ya, pero el problema no es ese, cura.

—¿Y cuál es?

—Si no hubiera cámaras y si no hubiera consecuencias por ciertos actos, ¿no crees que la gente haría burradas?

—¿Más que ahora?

—Claro, estoy segura. Si tú pensaras que, hagas lo que hagas, te vas a ir de rositas, harías cualquier cosa —dijo Minerva mientras iluminaba los pilones, que sujetaban la autovía sobre sus cabezas.

Se dio cuenta de que, en ese punto, nadie podía verlos. Nadie pudo darse cuenta del intercambio. Por una dirección llegaba Aurelio Mutti con los maniquís, y por otra llegaba Matteo. Cada uno volvía por su lado, cada uno con lo que necesitaba.

—No te entiendo —dijo Claudio.

—Verás, las guerras son el ejemplo más contundente y brutal posible. Piensa que eres del ejército invasor y que, en un saqueo, todo vale. ¡Todo! ¿Qué harías?

Claudio arrugó el ceño y se miraron a los ojos.

—Yo rezaría para que todo fuera bien y que no entrasen en mi iglesia.

—Claudio, despierta. Lo que pasaría es que el ejército invasor saquearía, quemaría y destruiría a su antojo.

Pero antes, violarían a las mujeres, matarían de la forma más dolorosa, dejarían atrás una tierra arrasada hasta los cimientos.

No hay reglas, no hay cámaras. Todo vale.

Ahí puedes ver la verdadera esencia de la gente.

No en un sitio como este… —dijo indicando el techo del puente—, donde en cada metro cuadrado hay una cámara. ¿Lo pillas, cura?

Claudio asintió.

—Por eso existe la religión, Claudio. Para que, a pesar de que no haya cámaras, cosa que hace dos mil años no tenían ni idea, necesitaban de un gran ojo que todo lo veía y que todo lo juzgaba.

Si no, la vida en la Tierra habría sido una guerra sin reglas continua.

Necesitaban un dios que todo lo veía, ¿me explico? —preguntó Minerva.

Claudio negó con la cabeza.

—Te equivocas. La religión no es eso. Y me encantaría explicarte por qué, pero necesitaríamos un momento de tranquilidad.

—No me tienes que explicar nada; ya sé todo lo que me vas a explicar. Me lo explicaba el cura que venía a ver mi madre cuando ella estaba a punto de morir. Incluso el que daba catequesis a mi hermano nos lo explicaba, pero luego… —dijo y se interrumpió.

Claudio dio un paso adelante.

—¿Qué…? —preguntó Claudio—. ¿Qué le pasó a tu hermano?

Ella movió nerviosa la linterna y le dio la espalda a Claudio.

—Nada, olvídalo. En fin, creo que aquí ya está todo visto y no hay nada. Podemos irnos.

La mano de Claudio la agarró del brazo y la sostuvo con delicadeza. Luego le dio la vuelta y sus rostros se pusieron uno delante del otro.

—¿Qué le pasó a tu hermano? Puedes confiar en mí. Puedes confiar en Claudio Addante, no en el seminarista, no en el hombre de Dios. Solo en mí, como persona, como… amigo.

Los dos se miraron aún más intensamente.

Ella negó la cabeza.

—No creo que deba decírtelo. Es mejor que sigas viviendo en tu dulce ignorancia. Mi vida… —dijo observando sus ojos azules, que la miraban fijamente.

—Dímelo, estoy aquí para ayudarte.

Los dos rostros se fueron acercando, movidos por una atracción que no sabían de dónde venía. Una fuerza magnética, una energía inexplicable.

Minerva parpadeó.

Claudio suspiró. Podía oler el perfume de Minerva.

Era discreto, suave, olía a rosas y especias orientales y nunca se había fijado en él antes.

Pensándolo bien, habría imaginado que alguien como Minerva no usaría perfume, pero no: allí estaba la mujer guerrera, siempre de negro, sin maquillaje excepto el delineador de ojos.

¿Podía ser que no hubiera notado antes el perfume de Minerva?

¿O solo usaba perfume ahora, pero antes no?

Se quedaron quietos y se miraron, casi temblando, acercándose más.

Minerva pestañeó y Claudio arrugó el ceño. Estaba tan oscuro que no podían saber cuánto distaban sus labios. Pero Claudio podía respirar su aliento y sentir su aire en los pulmones. Le seguía sujetando las manos, y se las había llevado al pecho.

Minerva notaba cómo su corazón se había vuelto loco. Incontrolado, sin seguir ninguna ley ni regla.

Pero el acercamiento de sus labios se detuvo en seco cuando los iluminaron las luces del Alfa Romeo del inspector Cestaro.

Avergonzados, se separaron.

En su interior, Claudio sintió una tristeza y un miedo que no sabía explicar.

¿Qué le había pasado al hermano de Minerva?

Pero luego tuvo un pensamiento aún peor. ¿Qué habría pasado si el inspector Cestaro no hubiese llegado? Sabía la respuesta, pero se sintió aterrado al pensar en ella.