47
En los ojos de Melissa Bellandi apareció uno de los temores más grandes de la existencia: el de que un familiar suyo pudiera estar muerto.
Se tapó la boca con la mano y las piernas le cedieron. Una señora, que se encontraba detrás de Melissa, avanzó rápidamente para sujetarla.
—Señorita Bellandi, ¿se encuentra bien? —preguntó con suma delicadeza.
Stan se acercó y ayudó para que Melissa Bellandi no se desplomara. Entre los dos la acercaron a una silla. Aunque no hacía mucho calor en las oficinas de Mediolanum Style , la señorita Bellandi necesitó un vaso de agua y que le hicieran aire para no desmayarse.
—Señorita Bellandi, necesitamos saber a dónde se dirigía su padre —preguntó Stan.
La hija necesitó de varios minutos para recuperarse. Finalmente, pudo articular una frase comprensible.
—Mi padre se marchó a casa; después, por la noche, tenía una gala en su honor de la asociación de empresarios, por el premio que le han dado.
Stan asintió.
—Necesitamos saber dónde vive.
Melissa indicó a la mujer que la había sujetado que se lo dijera y esta obedeció, indicándoles la dirección. Tilda la apuntó rápidamente en su móvil.
—Bien, tienen que llamar a la policía inmediatamente —dijo Stan—. Que avisen al inspector Carlo Cestaro, y que envíen una patrulla allí, urgentemente.
La mujer, que seguramente era la secretaria, asintió.
—¡Ahora! —gritó Stan y la mujer dejó de abanicar a Melissa y se fue corriendo.
—Señorita Bellandi, necesito saber una cosa más. ¿Había quedado su padre con alguien en casa? ¿Había tenido reuniones con personas que no conocía? ¿Alguna anomalía? ¿Algo que fuera diferente de lo habitual?
La mujer se lo pensó unos instantes y asintió.
—Antes de irse me dijo que tenía una reunión rápida con un periodista, alguien que le había insistido mucho. Dijo que se lo quería quitar de encima. Un pesado, dijo exactamente. Así que aprovechó el trayecto a casa para hablar con él.
Stan miró a Tilda.
Ella entendió enseguida. Buscó la foto del retrato robot y se la enseñó.
—¿Es este señor?
Ella lo miró por un segundo. Afinó los ojos con curiosidad.
—No lo sé, yo no lo vi —afirmó y entonces llamó a la persona que estaba en la recepción del edificio—. ¿Sabes si este hombre se parece al periodista que iba con papá esta tarde en el coche?
La mujer la miró más de cerca.
—No lo sé exactamente, fue todo muy rápido, pero se parece mucho.
La hija sonrió forzadamente a la mujer que le había contestado. Al girarse y ver la expresión de preocupación que tenían Tilda y Stan, no pudo evitar preguntar.
—¿Quién es?
Stan y Tilda no contestaron con palabras, pero su expresión lo dijo todo.
La hija se tapó la boca, horrorizada por la noticia.
Stan se levantó; no tenía nada más que decir. Miró a Tilda y le hizo un gesto con la cabeza. Aceleraron el paso y caminaron hacia la salida.
Bajaron las escaleras rápidamente y dieron la dirección al chófer que, como si fuera en una película, arrancó chirriando los neumáticos.
Corrieron por el tráfico de Milán. De nuevo debían cruzar la ciudad entera porque la casa del patrón del plástico se encontraba al sur de Milán, en la población de Arcore, cerca de Monza. Era una villa en pleno bosque, lejos del asfalto y del cemento; y del plástico, y de la gran ciudad de la moda.
El GPS de la berlina de lujo marcaba casi media hora de trayecto.
Stan empezaba a sudar, seguramente por los nervios y por la falta de nicotina, pero sabía que tendría que acostumbrarse.
Movía la pierna derecha con nerviosismo. Arriba y abajo, continuamente.
—¿Qué te pasa? —preguntó Tilda.
—Creo que llegamos tarde.
Ella bajó la mirada a sus manos.
—Puede ser. Pero es la primera vez que sabemos que estamos en la buena pista.
Podríamos pillarlo con las manos en la masa, y esto es inaudito.
Ya nos habría gustado tener una situación así con el asesino de París.
Sabemos cómo se llama. Sabemos cómo es físicamente.
El cerco se está cerrando a su alrededor.
Minerva y tú estáis haciendo un gran trabajo. No lo olvides.
Stan levantó la mirada a su rostro y sonrió. Le cogió la mano y con ello dejó sorprendida a la periodista.
—Gracias.
—¿Por qué has tirado el paquete de cigarrillos?
Él suspiró y, mirándola fijamente, le respondió.
—Creo que ha llegado el momento de dejarlo.
La mujer abrió los ojos de par en par.
—¿En serio? ¿Estás seguro?
Él sonrió de nuevo. Alzó la mano de la mujer y se la acercó a los labios. Le dio un beso sentido, ligero pero pasional en la mano.
—Sí, estoy seguro. Estoy segurísimo —afirmó con una mirada pícara y casi traviesa.
Tilda se quedó sorprendida en un primer momento, pero luego arrugó el ceño.
—Y… —dijo ladeando ligeramente la cabeza—. ¿Por qué hoy? ¿Por qué así?
Él suspiró.
—Hace tiempo que lo quería hacer, por mí y por una promesa…
Ella asintió.
—¿Qué promesa, me la puedes contar?
Él suspiró de nuevo. Dejó la mano de Tilda y miró por la ventanilla.
A pesar de que del otro lado de la ventanilla se sucedían los coches y las casas, por la autopista, la mirada de Stan fue hacia el pasado.
De pronto dejó de estar en la berlina de lujo y se encontró en una habitación de hospital.
Su mujer sufría. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Él habría dado su vida para que ella dejara de sufrir.
Recurrió a la última bala que tenía en su cartuchera.
El número de teléfono al que Minerva también había acudido, desesperada.
Mirella se contorsionaba en la camilla del hospital.
Ella ya sabía que el doctor León estaba en camino.
En un momento de lucidez le cogió la mano a Stan y lo miró a los ojos.
Fue la misma mirada que tenía cuando la conoció, la misma mirada que el día de su boda, la misma mirada que cuando su hijo nació.
Una que se marcó a fuego en la memoria de Stan. Stan recordaba muy bien sus palabras.
Se pasó la mano por la cara, intentando disimular una lágrima que bajaba solitaria por la mejilla.
Stan se aclaró la voz.
—El día que venía de camino el doctor Oscar León, para poner fin al sufrimiento de Mirella, ella me hizo prometer que buscaría mi camino para volver a ser feliz y, sobre todo, que dejaría de fumar —dijo tristemente—.
Hasta ahora había olvidado ese momento, esa promesa, porque nunca pensé seriamente en recuperar mi vida.
La DAS estaba al borde del cierre. Mi vida era del bar a casa y de casa a la oficina.
Hasta que el asesino de los diez mandamientos apareció —confesó y la miró a los ojos—. Hasta que tú apareciste. Y todo cambió.
El silencio se instauró en el coche y Tilda se acercó para darle un beso en la boca. Un beso tan deseado. Pero en ese momento, el chófer detuvo el coche y señaló una casa.
—Es ahí —dijo indicando la derecha.
Los dos se alejaron sin haberse llegado a besar.
Stan giró rápidamente la cabeza y vio cómo varios coches patrulla de policía rodeaban un coche oscuro, parecido al suyo, que tenía las puertas abiertas.
Los policías estaban hablando por radio y sus caras no presagiaban nada bueno.
Stan abrió la puerta para bajar y afrontar la realidad de aquella situación que no pintaba nada bien.