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Minerva y Claudio se encontraban en una pequeña estancia de las instalaciones del centro logístico de las tiendas de moda Super , justo al lado del despacho del director.
Aurelio Mutti, el trabajador que supuestamente había robado y vendido los maniquís, estaba sentado frente a ellos, mirando sus manos temblorosas y la ventana. A través de esta se veía el cielo oscuro y tapado de Milán, que estaba entrando en otra noche helada.
—Él ya me dijo que pasaría esto… —dijo Mutti, mirando a la mesa.
Minerva miró al hombre y luego a Claudio.
—¿Quién es él? ¿Y qué dijo que pasaría? —preguntó Minerva.
—Pero no me dijo que pasaría tan pronto.
El hombre sacudió la cabeza. Temblaba, visiblemente asustado.
—Si no nos ayudas, te quedarás mirando para siempre por la ventana de una celda de dos por dos, acompañado de algún otro preso que, seguramente, no te gustará —dijo Minerva—.
Necesitamos saber quién es Matteo. Cómo contactó contigo, cuál es su apellido…
Todo lo que sepas. También necesitamos su número de teléfono.
Aurelio Mutti negó con la cabeza.
—No tengo ni idea de quién es, ¿está claro? Os voy a ahorrar todas esas preguntas de polis. No tengo su número y solo sé que se llama Matteo.
Minerva sacó el móvil y buscó el retrato robot.
—¿Es él? —preguntó ella.
Aurelio solo lo miró un segundo.
—Sí, este retrato está por todas partes. Es él.
—¿Cómo se llama de apellido?
—No lo sé. Solo sé que se llama Matteo. Solo eso.
Minerva apretó la mandíbula. Eso pintaba mal.
—¿Sabes que, si nos mientes, te van a caer un montón de años por ser cómplice de homicidio? ¿Lo sabes?
Aurelio miró a la inspectora directamente a los ojos.
Negó con la cabeza.
—Yo no soy un asesino. Mi padre maltrataba a mi madre y al final consiguió matarla. Yo solo estoy intentando llegar a final de mes, con algún extra —dijo y se interrumpió.
Minerva vio en su mirada un halo de sinceridad.
—Necesito datos, Aurelio, necesito datos.
El hombre indicó la puerta de salida.
—Puede usted mirar mi móvil. No hay llamadas salientes a nadie que no sea mi hermano y un amigo. Nadie más. El hombre me llamaba desde una cabina telefónica. ¿Lo entiende? No tengo su número de teléfono.
Minerva resopló.
—Está bien. Demos un paso hacia atrás —insistió Minerva, intentando mantener la calma—. ¿Qué te dijo que pasaría?
El hombre se tapó la cara por un segundo. Tenía perilla y unos ojos vidriosos, en los que intentaba esconder su frustración. A pesar de que a esa hora empezaba a trabajar, llevaba ropa que no olía a limpio y su abdomen presentaba una barriga prominente.
—El tío me dijo que esto podía pasar, pero que no me preocupara, que no sería nada grave.
Pero yo no estaba tan seguro; claro que no quería que me pillasen.
Así que me pasé varios días estudiando las cámaras y los puntos ciegos, para evitarme el marrón.
Solo tenía que sacar unos maniquís. ¿Quién los iba a contar?
¿Quién diablos se daría cuenta de que faltaban doce maniquís?
¡Joder! Yo le pregunté para qué eran… y me mintió.
—¿Para qué eran? ¿Qué te dijo?
—Me dijo que era un fetiche, que quería practicar sexo con ellos. No me dijo ni por qué ni para qué, solo que le molaba que lo vieran practicándolo y tener espectadores, que aunque fueran de plástico, le ponían la polla muy dura.
Claudio arrugó el ceño.
—¿Matteo usó esas palabras?
El empleado levantó la mirada al seminarista.
—No, no exactamente.
—¿Qué palabras usó? —preguntó Claudio.
—Que le excitaba. El resto lo he explicado con mis palabras —admitió.
—Está bien… —dijo Minerva reconduciendo la conversación—. ¿Por qué has venido a trabajar hoy, si ya sabías que encontraron los maniquís en la escena de un crimen?
El hombre negó.
—¿Es que no me entiende? Pensé que era imposible que me hubieran visto.
—El director tiene una grabación. Una noche movieron una cámara por error, y se te ve metiendo en tu coche un maniquí.
—Imposible. ¿Cómo?
—El director dice que una carretilla, transportando un palet, la movió por error y esa noche quedó grabado.
Aurelio Mutti sonrió, mientras negaba con la cabeza.
—Eso sí que es mala suerte.
—Quiero que empieces desde el principio. ¿Cómo te contactó Matteo?
El hombre suspiró.
—Si nos ayudas, hablaremos con el juez para que sea una pena de robo, no de cómplice en un asesinato.
—Me contactó una noche en un bar. Me soltó todo ese rollo.
Que necesitaba los maniquís para esas cosas.
Yo le dije que se buscara unos de importación.
Pero él insistió e insistió. Tenían que ser los malditos maniquís de Super —dijo, recordando con tono de reproche, como si el reproche fuera a sí mismo—.
Quería los buenos, no unos cualquiera. Maldita sea.
Yo le dije que no, pero se le veía con mucho dinero y noté que iba a insistir hasta la saciedad.
Me dijo que tenían que ser doce, por doce mil euros.
Ni uno más ni uno menos. Doce. No tenía ni idea de lo que iba a hacer, y menos de que nuestro jefe la palmaría, joder.
Minerva no asentía, lo miraba en silencio y anotaba todo en su mente.
—¿Cómo contactabas con él?
El hombre sonrió de nuevo.
—Él me contactaba. Y al final solo me decía: a tal hora. Cada noche le llevaba un maniquí, por mil euros. Dijo que, al final, si lo hacía todo bien, habría un bonus.
—¿Un bonus?
El hombre asintió.
—Sí, pensé que me metería una puta bala en la cabeza, pero al final resultaron ser cinco mil pavos más. Ya ves, diecisiete mil pavos por esta movida. Lo que cobro yo en un año currando como un cabrón en esta nave, con calor y con frío.
—¿Y luego qué pasó? —preguntó Minerva.
—Nada —respondió negando con la cabeza—. Simplemente me dio una palmadita en la espalda y desapareció.
Claudio dio un paso adelante.
—¿Y dónde hacías las entregas?
—Pensé que era un exagerado. Nos veíamos en un camino abandonado, rural, de tierra, debajo de un puente de la circunvalación de Milán.
—Quiero el punto exacto —dijo Minerva y miró a Claudio—. Vamos a ir allí ahora mismo. Y te vamos a confiscar el móvil. Total, en el sitio a donde vas, no te hará falta.