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El médico le había dicho mil veces a Stan que lo dejara.
Pero, a pesar de sus indicaciones, le resultaba imposible dejar el placer del cigarrillo.
Para él, ese humo dañino y reconfortante a la vez era sencillamente extraordinario, porque lo hacía sentirse más tranquilo.
Sabía, sin embargo, que ese humo que lo había acompañado por años lo estaba consumiendo poco a poco.
Durante los pocos minutos que estaba encendido le parecía una medicina para el alma, pero se convertía en veneno para el cuerpo cuando ya se había apagado.
Cuando se despertaba por la mañana tosía, y se sentía como si tuviera que vomitar un maldito tapón. Cuando dormía, sus pulmones silbaban con un grito silencioso, como si le pidieran auxilio.
Stan hacía caso omiso de su cuerpo y a las recomendaciones de los médicos.
Desde que había perdido a Mirella, fumar se había convertido en su último consuelo.
Al mirar la cajetilla, veía una sirena que cantaba y que lo llamaba cada día, cada hora, cada minuto. Un canto que sabía que lo estaba matando, y que antes o después, le pasaría factura.
Pero no pensaba en el dolor futuro, porque el placer y el arrope que le daba en el presente le gustaba demasiado.
—¿Vamos? —preguntó Tilda, y señaló el coche de lujo con un ligero movimiento de cabeza.
Él asintió. No obstante, quiso apurar el cigarrillo hasta el final.
Una calada más y finalmente tiró la colilla en el cenicero exterior del hotel Four Seasons.
—Rápido, a las oficinas de Mediolanum Style , por favor —dijo Stan con su voz ronca tras subir al coche.
Luego, se giró hacia Tilda. Ella le sonrió, y él le sonrió ligeramente de vuelta.
Stan se sentía una peonza, un maldito títere del destino y de la vida que lo hacía girar de un lado a otro.
No conseguiría dejar de fumar, a pesar de haber encontrado un motivo para hacerlo.
Antes, tras la muerte de Mirella, le daba igual su vida y su salud: al contrario, cuanto más fumaba y más se envenenaba, mejor le parecía.
Fantaseaba con dejar este mundo rápidamente y alcanzarla allá donde estuviera.
Stan siguió mirando a Tilda, aunque ella se giró hacia la ventanilla.
Stan pensó que, a lo mejor, la vida tenía otros planes para él. ¿Por qué, si no, esa mujer había aparecido en su vida? No tenía ninguna respuesta clara, pero sí una certeza. La única certeza que tenía era que esa mujer era un portal.
Mientras el Mercedes arrancaba, de camino a intentar salvar a quien podía ser la segunda víctima del asesino del octavo mandamiento, Stan pensó justamente en eso. Tilda era un portal que él podía cruzar, y al otro lado lo esperaba una nueva vida.
Una oportunidad de ser feliz de nuevo.
Sonrió mientras ella miraba por la ventanilla la ciudad lombarda que desfilaba delante de ellos.
«Quién sabe», se dijo Stan, «A lo mejor, Mirella me ha enviado a Tilda para que vuelva a ser feliz».
Suspiró y, antes de que se diera cuenta, llegaron delante de un edificio. El chófer se dio la vuelta y les indicó que habían llegado.
Stan abrió enseguida la puerta. Tilda bajó por su lado, pero antes indicó al chófer que los esperara.
Una escalera de varios escalones anticipaba la entrada al edificio antiguo.
Había sido rehabilitado para las oficinas centrales del imperio del rey del plástico de Milán, el señor Lorenzo Bellandi.
Un edificio clásico de varios pisos, con ventanas grandes y banderas de colores vivaces que daban la bienvenida a los visitantes.
En varios lugares se veía el logo y el eslogan de Mediolanum Style.
Tida se percató de que Stan no la seguía.
—¿Vienes o tengo que llevarte en brazos?
Stan asintió, se acercó a las escaleras y de pronto se detuvo otra vez.
Metió la mano en el bolsillo y sacó el paquete de cigarrillos. Lo miró con amor, con añoranza. No vio la marca española de cigarrillos, sino una animación de sirenas malvadas que lo invitaban a seguir fumando. Movían los brazos, indicando que se acercara y cogiera otro.
No. No seguiría cayendo en ese vicio que arrastraba consigo su salud y su conciencia. Debía hacerlo por él mismo, por Mirella y por…
Levantó la cabeza. Debía hacerlo también por esa mujer de pelo blanco y vestido negro de Prada que era su portal a una segunda oportunidad.
Sonrió y, sin pensarlo más, lo soltó dentro de la papelera.
Al dejarlo caer sintió alivio, como si soltara una mochila muy pesada. Era consciente de que el camino no sería fácil, pero la meta era mucho más sabrosa que el gusto que el tabaco le dejaba en la boca y en los pulmones.
Luego caminó hacia la periodista y ella se quedó mirándolo con el ceño arrugado, casi asustada.
—¿Estás bien?
Él le sonrió de nuevo.
—Nunca he estado mejor —respondió con voz segura—. ¿Entramos?
Una vez dentro se encontraron a la hija del rey del plástico, que estaba en la puerta esperándolos.
—Me ha avisado la policía de que venían. ¿Qué ocurre?
Stan suspiró. Esa frase lo había devuelto de golpe a la vida real.
—Creemos que su padre es la próxima víctima del asesino de los diez mandamientos.
La mujer se tapó la boca, sin decir nada.
—¿Dónde está su padre? —preguntó Stan.
En los ojos de la hija apareció un miedo terrible.
—Se ha marchado hace un rato —balbuceó—. Y no me contesta al teléfono.