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Los miembros de la DAS se encontraban en la calle, delante del hotel, cuando apareció el inspector Cestaro, de la Interpol de Milán.
Era la primera vez que se presentaba en persona, y lo hizo justo cuando estaban a punto de marcharse a ver al empleado que le vendió los maniquís a Matteo.
Entraron con él en una habitación reservada del hotel, y les entregó las dos pistolas que Stan llevaba tiempo solicitando. Una para Minerva, que la recibió como si fuera un deseado regalo de Navidad, y otra para Stan.
—Necesitamos también un coche —dijo Stan—. Y, además, creemos que Lorenzo Bellandi está en peligro.
Cestaro era un inspector de la vieja escuela, con bigote, de los que quedaban ya pocos. Minerva, al verlo, pensó que le recordaba a Stan. Un hombre alto, fuerte, pero de otra época, en lucha contra las tecnologías y vestido como si hubiera salido de una película de los años ochenta.
—¿Lorenzo Bellandi? ¿Se refiere al industrial Lorenzo Bellandi?
Minerva guardó la pistola en su funda y asintió.
—Tenemos dos asuntos urgentes que resolver, inspector. Necesitamos ir al centro logístico de las tiendas Super y, a la vez, encontrar a este hombre. Tenemos motivos para pensar que su vida está en peligro.
Carlo Cestaro miró a Stan y este asintió.
—¿Y cómo pensáis dividiros?
* * *
El Alfa Romeo de Cestaro surcó el tráfico. La sirena azul, en el salpicadero, indicaba a los conductores que se apartasen.
Minerva estaba en el lado del conductor y Claudio iba detrás, agarrado al asa del techo. Mientras Cestaro conducía, Minerva pensaba en el trozo de plástico que habían encontrado en la garganta de la víctima. Un simple trozo de tupper que, de no ser por el camarero Luigi, aún estarían investigando.
El Alfa Romeo no tardó más de veinte minutos en llegar a la sede central de los almacenes de las tiendas Super. El coche se detuvo delante de la puerta y Minerva indicó al vigilante de la garita por qué estaban allí.
Entraron y aparcaron junto a la puerta de entrada de la nave industrial.
En cuanto se bajaron del vehículo, un hombre apareció por la puerta y fue directo al coche de policía, que seguía con la sirena en marcha en el salpicadero.
—Russo —se presentó, tendiendo la mano al inspector Cestaro—. Soy el responsable del centro.
El inspector le estrechó la mano y señaló a Minerva.
El que acababa de salir pareció extrañado de verla, y Minerva adivinó enseguida que era uno de esos dinosaurios que aún no se había enterado de que también existían mujeres que lideraban investigaciones.
Ese tipo de gente la ponía enferma. Las mujeres eran mucho mejor que los hombres en muchas cosas y, en las investigaciones, sin duda.
—Inspectora Cadalso.
El responsable del almacén le estrechó la mano y se giró hacia el seminarista. Al ver mejor su sotana, se quedó perplejo de nuevo.
—¿Es que nunca ha visto una sotana, señor Russo? —preguntó Minerva—. ¿Hay algún problema?
El hombre hizo una mueca y levantó las manos.
—No hay ningún problema, señora Cadalso. El trabajador que buscan aún no ha llegado, pero entrará ahora, en su turno. Falta poco para que llegue. ¿Qué les parece si apartamos su coche y lo guardamos detrás? No sería bueno que viera un coche de la policía cuando llegue.
El inspector Cestaro asintió y entró en el coche. Arrancó el motor y, justo en ese momento, las puertas del centro logístico se abrieron.
—Mierda… —dijo el señor Russo mientras intentaba tapar con su cuerpo la luz azul de la sirena encendida.
El coche del trabajador entró y se detuvo en seco.
—Os ha visto —indicó Russo mirando a Minerva y Claudio—. Demasiado tarde.
El trabajador, supuesto contrabandista de maniquís, engranó la marcha atrás y aceleró de golpe. Recorrió pocos metros y se encontró el portón de entrada que ya estaba retrocediendo y su coche ya no pasaba.
Frenó, abrió la puerta del conductor y, aprovechando que el portón aún no estaba cerrado del todo, salió y echó a correr.
Minerva y Claudio también echaron a correr tras él.
—Odio correr a mediodía —refunfuñó Claudio, agarrándose el borde de la sotana—. Con lo bien que va correr por la mañana, en ayunas.
Los dos llegaron a la puerta, que ya se había cerrado.
Minerva le gritó al hombre de la garita que abriera pero, por los gestos que le hizo desde dentro, entendió que el sistema de apertura no estaba funcionando.
Al ver eso, Claudio pensó que tenía que hacer algo.
Se quitó el anorak y se arremangó más la sotana, dejando al descubierto los tejanos negros que le cubrían las piernas.
Después trepó por la reja y en un abrir y cerrar de ojos saltó al otro lado.
Minerva vio cómo arrancaba a correr, persiguiendo al trabajador sospechoso.
Minerva apoyó las manos a la reja para ver mejor.
Claudio corría con una velocidad inaudita, fruto de un trabajo intenso en el gimnasio y de su pasión por correr.
El trabajador no se esperaba que lo siguieran, y trató de acelerar el paso.
—¡Para, por todos los santos! —gritó Claudio—. ¡Para de una vez, que se me van a salir los sándwiches por la boca!
El trabajador cambió de dirección varias veces, intentando despistar a su perseguidor. Mientras corrían por el arcén del concurrido polígono industrial, recibían continuamente bocinas de tráileres y camiones.
El trabajador llegó a un callejón sin salida. Intentó acceder al fondo de la calle, donde había una acequia y campos. Pero antes de llegar al final del callejón, el seminarista lo alcanzó y se le echó encima, con un salto propio de un jugador de rugby.
Dieron un par de vueltas de campana por el suelo hasta terminar sentados en la hierba y llenos de polvo.
— Porca miseria , te dije que pararas. ¿Es que no me escuchabas o qué? ¿Sabes que es pecado no obedecer a un cura? —afirmó Claudio—. Bueno, casi cura.
—Yo no he hecho nada. Os equivocáis de persona. ¡Yo no he hecho nada!
Claudio echó a reír.
—Pero si no sabes ni por qué estamos aquí. ¿Por qué corrías? ¿Se puede saber?
Claudio agarraba al hombre con la suficiente fuerza como para que no se escapara.
Enseguida llegó el Alfa Romeo del inspector Cestaro. Aún antes de que se detuviera el coche, Minerva se bajó y se tiró sobre el fugitivo.
—Te tenemos —dijo mientras lo levantaba—. Nos tendrás que dar muchas explicaciones…
—Yo no he hecho nada —dijo el hombre, y lo repitió otras diez veces, como un disco rayado.
Minerva lo encerró en el coche y regresó al seminarista. Este se había puesto de pie y se estaba quitando la hierba de encima.
—Has dado un buen espectáculo, cura… —le dijo.
—¿Tú crees? Poco digno de un seminarista.
—Qué va, has hecho honor a tus antepasados, ¿sabes? —dijo Minerva con ironía—. De la manera que has trepado por la verja, ahora los primates de tu árbol genealógico tienen que estar muy contentos… —dijo y le guiñó un ojo—. Vamos, sacúdete el polvo, que tenemos mucho trabajo.