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Luigi, el sonriente camarero del hotel Four Seasons, había acaparado la atención de los cuatro investigadores.
Con aquella frase tan simple los había dejado a todos sin palabras.
«Mi hija tiene uno igual».
Minerva levantó la mirada hacia el camarero. Tenía los ojos abiertos de par en par, y con el delineador parecían aún más grandes, más misteriosos y en ese momento, incluso más sorprendidos. Se levantó de golpe, sin dejar de mirar al camarero.
—¿Cómo dices?
El hombre tragó saliva, como si hubiera dicho algo que no debía.
—Perdón, no les quería molestar. Es mi primer día, me han dicho que no debo hablar con los huéspedes y yo voy y, justamente, es lo primero que hago.
Lo siento, lo siento, de verdad —insistió Luigi—.
Por favor, señora Glass, no lo diga en recepción o me echarán también de este trabajo. Mi mujer no lo soportaría.
Tilda se levantó y extendió una mano.
—Espera, Luigi…
—No, de verdad, señora Glass, lo siento. Ya me voy.
—¡Cállate! —gritó Minerva, dejando a todos boquiabiertos con su brusquedad—. Escúchame bien. —Levantó el objeto y se lo mostró—. ¿Qué diablos es esto?
Luigi lo miró, miró a Minerva otra vez, luego al objeto, y finalmente se giró hacia Tilda, esperando a que le diera permiso para contestar. Esta asintió.
Suspiró, antes de responder.
—Es la pestaña de un tupper infantil con mariposas. Es muy famoso en Italia. Lo tienen todos los niños. Mi hija… —dijo aún con recelo—. Mi hija tiene uno como ese. Por eso lo he reconocido.
De pronto, todos los malos presagios regresaron a la estancia. La idea de que un niño pudiera ser la siguiente víctima de Matteo los dejó sin palabras a todos.
—Calma… —dijo Claudio—. No puede ser. Esto es de locos. Un niño… ¿qué pecado puede haber cometido un niño? ¡Por el amor de Dios! No. No creo que esto vaya de niños, Minerva. Tenemos que investigarlo mejor, seguro.
Minerva tenía la mandíbula apretada, marcándole las facciones del rostro.
Dejó de mirar al seminarista y volvió a clavar los ojos en el camarero.
—Busca el tupper de tu hija. Necesitamos verlo.
El camarero asintió, extrañado. Sacó su móvil y lo buscó en internet.
En la pantalla se vio un envase de plástico cubierto con una tapa transparente, decorada con unas mariposas impresas que se iban volando.
En medio se leía el nombre de unos dibujos animados.
La tapa tenía el marco de color lila y alas en forma de mariposa.
Minerva lo reconoció enseguida. Su trozo de plástico tenía las alas por un lado y por el otro estaba roto.
Todo cuadraba.
—Tilda, necesito tu ordenador.
La periodista asintió y lo sacó enseguida de su gran bolso de marca. Lo abrió en el escritorio y Minerva se sentó delante.
Buscó la marca del tupper para niños y entró en la página web oficial.
—¿Es de la marca Mediolanum Style ? —preguntó Minerva al camarero y se giró.
Luigi se acercó y asintió.
—Vale una pasta. Perdón, quiero decir… que es muy caro. Fue un regalo de mi suegra a la niña. Yo nunca me habría gastado veinte euros en ese trasto de plástico.
Tilda cogió del brazo a Luigi suavemente, le dio las gracias y le indicó, con mucha educación, que ya podía servir los platos y dejarlos solos.
Él obedeció. Primero preparó la mesa, dejando un plato para cada comensal en la mesa, luego los platos centrales, cubiertos por las campanas relucientes y, al fin, se marchó. Cuando cerró la puerta, Minerva señaló la pantalla.
—Esto no es lo que parece.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Stan, que estaba justo detrás de ella.
—Claudio tiene razón. Un niño no encaja con el patrón de asesinatos de Su Eminencia. Tiene que haber algo más —afirmó Minerva—. ¿Pero por qué nos has dejado esto, hijo de perra?
Mientras lo decía, se puso a buscar en internet.
Puso en la barra de búsqueda el nombre del tupper y el modelo exacto.
Empezó a buscar qué era, dónde se vendía, cómo se podía conseguir, pero nada le llamó la atención.
Parecía que esos dibujos animados de mariposas estaban muy de moda.
Encontró avalanchas de contenido, análisis, críticas y ofertas relacionadas.
—El producto tiene que ver con una serie de televisión —dijo Claudio—.
A lo mejor deberíamos ver algún episodio de la serie, y así entenderíamos qué nos quiere decir Su Eminencia.
Quizá esos dibujos infringen el octavo mandamiento, y él considera que mienten, o dan una visión equivocada del mundo, de la religión…
A Minerva le pareció muy interesante la intervención de Claudio, pero no le convenció.
—Puede ser, pero entonces estaríamos buscando a alguien de Los Ángeles, donde se produce la serie. ¿Algún guionista de esta serie podría estar estos días en Milán? —preguntó Minerva.
Empezó a buscar toda la información posible, pero no encontró nada. Los directores, artistas gráficos o guionistas no estaban en Milán ni pensaban ir allí oficialmente, o por lo menos no había noticia de ellos en la web.
Minerva negó con la cabeza. Stan se acercó a la mesa y destapó las campanas que cubrían la comida. Debajo aparecieron numerosos sándwiches de autor, todos muy coloridos. Cogió uno y le dio un mordisco.
Puso un par de trozos diferentes en un plato y se lo acercó a Minerva.
—Ten, come algo.
Ella hizo caso omiso. Seguía buscando en el ordenador. Entonces encontró algo que le llamó la atención.
—Mirad esto. Hay un periodista que sacó un artículo hace unos meses denunciando la calidad de… ¡por todos los diablos!
—¿De qué? —preguntó Tilda acercándose mientras sujetaba un sándwich.
—Parece que el material de esos tuppers de plástico no es adecuado para uso alimentario, ni menos aún para los niños, y suelta microplásticos y no sé qué más. Mirad —afirmó apuntando a la pantalla.
—Tienes razón. Pero entonces, ¿cómo puede ser que vendan tantos? ¿Es que nadie ha leído esta noticia?
Efectivamente, la noticia se encontraba en la página diez del buscador, con muy poca relevancia y muy pocas visualizaciones.
—¿Cómo puede alguien enriquecerse poniendo en riesgo la salud de la gente, o peor aún, de los niños? —se escandalizó Claudio.
—Solo una corporación ávida de beneficios y sin escrúpulos —indicó Minerva, leyendo en la pantalla.
—Creo que esto tiene sentido —dijo Tilda.
—Mucho más que una víctima menor de edad… —añadió Stan, soltando un suspiro de alivio.
Minerva no se detuvo ahí. Siguió investigando y tirando del hilo, hasta que una noticia recién publicada le llamó la atención.
—Puede que lo tengamos. A lo mejor es este tío, mirad. Lorenzo Bellandi. Es el dueño de la empresa Mediolanum Style, que fabrica los tupper de mariposas —afirmó y se giró hacia Stan—. Y justamente acaban de entregarle un premio como empresario del año.
Stan se acercó.
—Vaya, Minerva. Buen trabajo. Puede que hayas dado en el clavo —dijo mirando la foto del individuo.
Era una instantánea del evento, retirando el premio otorgado por la región de Lombardía. Aparecía como un hombre de negocios con traje y corbata.
—Ese hombre no me gusta… —indicó Tilda.
—Es una afirmación tendenciosa, mi querida Tilda —afirmó Claudio—. Si no supieras la historia de los tuppers , seguro que no habrías dicho lo mismo.
Tilda miró al seminarista y, con un gesto categórico, reafirmó lo dicho anteriormente.
—Está bien, tenemos que ir a ver a este tal Bellandi. Me temo que corre peligro —dijo Minerva.
—Si no lo han atrapado ya —añadió Stan.
En ese momento, el móvil de Minerva sonó.
Un número italiano apareció en la pantalla, y ella descolgó y contestó.
—¿Diga?
—Soy el secretario personal de Federico Moretti. ¿Puedo hablar con el inspector Barrancos? —preguntó una voz suave y aterciopelada.
Minerva no dijo nada, solo se lo pasó a Stan. Este contestó y se quedó escuchado al hombre con atención. Después de unos minutos, en los que solo dijo que sí, respondió que se dirigirían directamente allí.
Colgó y le devolvió el teléfono a Minerva.
—¿Qué pasa, jefe?
—Era de la oficina de las tiendas Super .
Han controlado las cámaras del almacén donde guardan los maniquís, para luego distribuirlos a todas sus tiendas —dijo Stan—.
Como nosotros sospechábamos, tienen un topo.
Un empleado le ha vendido los maniquís a Matteo.
Tenemos una pista sólida. Hay que ir a hablar con ese individuo ahora mismo.
Esto es nuevo, chicos —dijo Stan, mirando a los demás con una mezcla de ilusión y furia—.
Podemos detener al asesino material de Su Eminencia antes de que cometa el próximo asesinato. Vamos, el deber nos espera.