No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 42
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Tilda colgó el teléfono, sonriente.

—¿De qué te ríes? —preguntó Stan, sentado en el sofá de la suite del hotel.

—Creo que el chico italiano con el que acabo de hablar nunca antes había tomado un pedido de room service.

Stan afinó la mirada, enfocando mejor a la mujer.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque no sabía ni lo que tenían, ni cuánto tiempo tardarían en hacerlo, ni cuándo lo subirían a la habitación. Inaudito para un hotel cinco estrellas, ¿no crees?

—Suena un poco incompetente.

—Y lo era, pero era tan alegre, y tan servicial, que suplía su incompetencia con bromas y buenas palabras.

Stan se rascó la nuca y suspiró.

—Creo que iré a tomar una bocanada de aire en la terraza.

—Lo que vas a hacer es fumarte un cigarrillo.

Él asintió. Cogió la cajetilla del abrigo y una caja de cerillas.

—Ahora vuelvo —afirmó.

No le dio tiempo de salir, porque apareció Minerva por la puerta. Le habían dado su propia llave magnética en recepción.

Primero vieron la bolsa de plástico, antes que a ella y al seminarista.

Stan la vio entrar en tromba, sujetando aquello en el aire. Se colocó el cigarrillo apagado entre los labios y cerró la puerta de la terraza para regresar a la habitación.

—¡Adivina qué ha pasado! —exclamó Minerva.

Claudio cerró la puerta detrás de sí.

—¡Por todos los santos! ¿Qué es eso? —preguntó Stan.

Minerva se acercó y se lo puso en la mano a Stan.

—El hijo de puta de Matteo nos ha dejado una cosa —respondió Minerva—. Después de matarlo, se lo metió en la puta garganta. Es una pista, Stan. El asesino quiere que encontremos algo. Esto no ha pasado nunca con las otras víctimas.

Mientras tanto, Tilda se había acercado para ver mejor el objeto.

Stan lo miró por todos lados, escrutándolo, y luego se lo pasó a Tilda.

—¿Y qué diablos es? —dijo—. ¿Tú lo sabes?

Minerva negó con la cabeza y lo señaló.

—No tengo ni idea. Pero estoy segura de que es un puto mensaje. El asesino nos está diciendo algo. ¿Por qué, si no? Nunca antes había ocurrido.

Tilda se lo devolvió.

—Puede que ni siquiera Su Eminencia lo sepa —dijo Tilda.

—Eso me temo yo también. Sospecho que un maldito juego de Matteo, al margen de las instrucciones de Su Eminencia.

—Eso es bueno y malo a la vez —dijo Claudio.

—Explícate —ordenó Stan.

—Es una pista que, por un lado, nos puede ayudar a anticiparnos a los movimientos de Matteo —afirmó Claudio—.

Pero, a la vez, puede ser contraproducente.

No sabemos qué puede llegar a hacer. Es un perro suelto, no se ciñe a las instrucciones de Su Eminencia.

Así que, seguirle el juego es como abrir la caja de Pandora.

—¿Temes por tu seguridad? —preguntó Stan.

Minerva le dio una palmada en el pecho a su jefe.

—Te dije que necesito una pistola. ¿A qué estamos esperando?

Stan miró a Tilda sin decir nada, y luego regresó a la inspectora.

—Sigue, Minerva.

—No tengo muchas más novedades. Solo esto. Tenemos que averiguar qué diablos es…

Los dos inspectores de la DAS se miraron y Stan cogió de nuevo la bolsa de plástico. Se fue a la mesa redonda y dejó el objeto justo en el medio. Luego alzó la mirada y les indicó las sillas.

—Venga. Tenemos que descubrir qué es y qué representa para el asesino.

Los otros tres se acercaron y se sentaron.

Minerva, antes de eso, cogió dos bolígrafos del escritorio.

Luego tomó el objeto con los bolígrafos, usándolos como palillos, y lo giró como si fuera una pieza de sushi.

Le daba repulsión tocarlo. Sabía que la forense lo había lavado, pero también sabía que había estado dentro de la garganta de Federico Moretti y recubierto de su sangre.

Y también sabía que la sangre no es un líquido al uso y no se lava fácilmente.

Aunque en una superficie no se vea, no quiere decir que no esté ahí: por eso podían detectarla con Luminol.

Minerva lo observaba fijamente y seguía dándole vueltas. Los otros tres seguían en silencio, mirándola.

El objeto se dividía claramente en dos partes. Por un lado, tenía una forma de alas, casi de mariposa. Por el otro, era recto, con un corte abrupto.

—Este lado parece roto. Como si alguien lo hubiera arrancado de algo más grande. Un objeto de plástico más grande. Una aleta, una parte de un… —dijo Minerva y se calló de golpe.

Tilda la miró y fue la primera en hablar.

—Dilo… —indicó con la voz temblorosa, casi aterrorizada.

Minerva le devolvió la mirada con el mismo terror en su expresión.

—Me parece una parte de un juguete. Fucsia. El juguete de una niña.

Tilda asintió y miró a Stan.

—¿Puede que nuestro hombre haya raptado a una niña? —preguntó la periodista, exteriorizando el temor que todos sentían y que nadie se atrevía a verbalizar.

El silencio también se sentó a la mesa de la suite presidencial del hotel Four Seasons de Milán y con él un velo de pavor.

—¿Un niño? —preguntó horrorizado Claudio—. ¿Por qué un niño? ¿Qué puede haber hecho un niño?

Stan levantó las manos.

—Calma, no lo sabemos. Que nuestro asesino haya metido este objeto en la garganta de Federico Moretti no quiere decir nada de todo esto —aseguró—. No pensemos automáticamente que la próxima víctima será un niño, ni que tendrá algo que ver con esta cosa. Dios quiera que no.

Minerva se giró hacia él con el ceño fruncido.

Estaban uno al lado del otro, y compartieron una mirada.

Solo con mirarlo, Minerva supo que Stan no estaba diciendo todo lo que pensaba; solo había dicho eso porque tenía motivos personales para hacerlo.

El mismo motivo por el que seguía llevando un reloj Flik Flak de niño, de color azul y rojo.

Era inevitable, se dijo. Cualquier persona que hubiera pasado por lo mismo que pasó Stan habría dicho algo así.

—Stan, no creo que nuestra próxima víctima sea un niño —dijo Minerva y apartó la vista de Stan para mirar a Claudio—.

Si existe un dios, más le vale que eso no suceda, o verá la peor parte de Minerva.

Pero que me parta un rayo si este objeto, este jodidísimo plástico rosa, no es una pista sobre la próxima víctima.

Stan bajó la mirada. No pudo devolverle la mirada a Minerva. Miró su reloj y se levantó. Caminó hasta la ventana que daba a la terraza. En el patio del hotel los paraguas estaban cerrados, con la terraza desierta en aquel día de invierno.

—Puede que tengas razón, Minerva —afirmó Stan, mientras pasaba la yema del pulgar por el cristal del reloj Flik Flak .

—Ok, no nos dispersemos —intervino Tilda—. ¿Qué más puede ser? Quizá estamos elaborando teorías extrañas, y esto no tiene nada que ver con niños, ¿me explico? ¿Has podido hacer una foto con el móvil y ver si Google lo reconoce?

Minerva negó.

—Ya lo he probado, pero es como buscar una maldita aguja en un pajar. Y si no nos espabilamos, ese pajar está a punto de incendiarse y me temo que…

Claudio apoyó la mano en el hombro de Minerva y ella lo miró, casi sorprendida.

—¿Qué te temes?

Ella suspiró.

—Me temo que, si no averiguamos de dónde ha salido este objeto, en veinticuatro o cuarenta y ocho horas estaremos aquí con un cadáver más en la morgue.

Claudio asintió.

—Venga, ¿qué puede ser esta cosa? Hagamos una lluvia de ideas. Digamos cosas a voleo, lo primero que se nos ocurra, aunque sea descabellado.

Minerva dio una palmada sobre la mesa. El golpe fue tan fuerte que todos se callaron y el objeto de plástico rebotó.

Se levantó, caminó dos pasos y se giró de nuevo, señalando la cosa de color rosa que estaba encima de la mesa.

—¿Es que no os dais cuenta? Es un maldito trozo de plástico con forma de alas de mariposa.

El mundo está lleno de trocitos así. Tardaríamos miles de años en encontrar una maldita pista.

¿Es que no lo veis? No lleva nada escrito.

No tiene huellas, no hay referencias. Es un maldito callejón sin salida y Matteo lo sabe. Se está riendo en nuestra puta cara.

Stan se acercó y la cogió del brazo, como hacía muchas veces. Era su jefe, pero en muchas ocasiones había sido como un padre para ella.

—Escúchame bien —dijo Stan—. Si dejas que los problemas te nublen la mente, no podrás usar tu gran capacidad de análisis.

Tienes una mente prodigiosa, pero cuando te ofuscas no sirve para nada.

Si quieres ayudar en esta investigación, tienes que salir de esa madriguera en la que te has metido, o no resolveremos nada.

¿Lo entiendes? —Ella esperó un momento antes de asentir, y entonces él le soltó el brazo—.

Minerva, sin ti no podremos resolver esto.

Y si te metes en tu oscura madriguera, no podremos avanzar.

—Señaló su reloj infantil—. Y el tiempo pasa…

Minerva suspiró y se giró de nuevo hacia la mesa.

—Está bien. Claudio, vamos a hacer lo que propusiste.

Cuando Minerva se sentó, alguien llamó a la puerta de la habitación.

Todos se miraron algo asustados, como si el asesino estuviera en la puerta.

—Calma, es el room service —explicó Tilda—. He pedido comida para todos. ¡Adelante!

La puerta se abrió y apareció un rostro sonriente.

—¿Permiso? —preguntó con un marcadísimo acento italiano.

—Pase… —contestó Tilda.

—Soy Luigi, hemos hablado antes para lo del room service . Le traigo todo lo que ha pedido.

El hombre entró con el carro lleno de platos, cubiertos con relucientes campanas de metal plateado.

Iba elegantísimo, perfumado y con el traje perfectamente planchado.

Pero, entre todas esas cosas, lo que más llamaba la atención era su deslumbrante sonrisa.

Tilda recordó su conversación con él: era Luigi, el camarero novato y simpático.

—Si les parece, les dejo los platos en la mesa —dijo Luigi.

Cuando se acercó, vio en el medio la bolsa de plástico, los bolígrafos y el trozo de plástico rosa.

Tilda hizo un gesto a Minerva para que antes de comer quitara de en medio aquella cosa, que encima venía de la morgue, pero Luigi la señaló.

—¡Mi hija tiene uno igual! —dijo alegremente.