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El móvil color naranja de Matteo sonó en su mano, con una melodía de otros tiempos. Tonos de teléfono antiguo, que lo transportaron a años atrás.
El nombre de Rufus parpadeó en la pantalla retroiluminada.
Ese hombre le provocaba una enorme repulsión. De la misma manera que habría hecho cualquier cosa por Su Eminencia, odiaba tratar con Rufus.
Dejó lo que estaba haciendo para contestar.
—Diga.
—Palabra de orden.
—Eso me lo pedía Su Eminencia.
—Palabra de orden —insistió Rufus.
Matteo suspiró. Habría recitado la Biblia entera, sin objeción, si fuera para Su Eminencia; pero para ese pitbull humanoide no sentía ganas de mover ni un solo dedo.
—El infierno está entre nosotros —dijo de mala gana.
Del otro lado se escuchó un gruñido, como si aquel hombre de cuello ancho, orejas desfiguradas y pasado incierto, se hubiera desbloqueado.
—Es esta noche —afirmó Rufus—. ¿Lo tienes todo controlado?
Matteo esperó en responder. Le resultaba raro tener en la mano ese aparatito pequeño y simple, que difería mucho de los teléfonos inteligentes de la actualidad.
—Lo tengo controlado —respondió secamente.
—Explícate mejor.
—Tengo que verme con Bellandi esta tarde. Está todo organizado.
—No has organizado nada, tienes a la policía pisándote los talones. Eres un improvisado y un chapucero.
Las palabras de Rufus le sentaron como una patada. Abrió los ojos de par en par y apretó el teléfono desechable con fuerza.
¿Cómo se atrevía a decirle esas cosas? A él, que había dejado de lado su vida por Su Eminencia, por una causa justa, por difundir los mandamientos de nuevo. Por supuesto que lo tenía todo controlado.
—Te equivocas, yo lo tengo todo controlado.
Rufus se rio de una forma escandalosa. Rio así adrede, para que Matteo pudiera escuchar cómo se burlaba de su forma de proceder.
Pero a Matteo le dolió solo en parte. Desde su punto de vista, lo tenía todo controlado. Rufus no tenía motivos para reírse.
Apretó aún más el pequeño móvil naranja.
—¿Qué vas a saber tú cómo lo tengo yo preparado? ¿Cómo puedes decirme esto, cuando ya he realizado el primer sacrificio con éxito? ¿Se puede saber? —espetó Matteo.
El otro hombre respondió lentamente, casi disfrutando de lo que estaba a punto de decir.
—Lo tienes tan controlado que hay un retrato robot con tu cara colgado por toda Italia…
Matteo tuvo una sensación nueva; algo se le ocurrió al oír esas palabras. ¿Y si ese hombre, a pesar de ser un colaborador y emisario de Su Eminencia, disfrutaba viéndolo fallar?
¿Rufus quería realmente que Matteo consiguiera llevar a cabo los tres sacrificios del octavo mandamiento?
¿En serio Rufus quería ayudarle a que la misión fuera un éxito?
Y lo más importante, ¿podía estar seguro de que Rufus era un aliado, alguien a quien poder acudir en caso de surgir algún problema?
Matteo se sentó en una silla con el teléfono en la oreja.
—El retrato robot es un percance, pero, aun así, lo tengo todo planificado y no habrá impedimentos. No necesito tu ayuda, ¿me entiendes?
Al otro lado del móvil solo se escuchaba la respiración de Rufus: pesada, cadenciosa, casi forzada, como si su nariz estuviera algo obstruida.
—Más te vale…
—No —lo interrumpió Matteo, con tono serio, directo, pero sin ser dominante—. Escúchame bien. Yo cumpliré con mi parte del plan, pero quiero una cosa a cambio.
El hombre bufó, divertido y sorprendido al mismo tiempo.
—¿Qué estás diciendo?
—Sí. Quiero conocer a Su Eminencia en persona.
—¡¿Perdona!? —gritó Rufus.
—Lo que has oído. Si quieres que acabe la misión, exijo… —afirmó y soltó un suspiro—, una vez haya matado a Gabriele Conti, exijo conocer en persona a Su Eminencia.
Rufus chasqueó la lengua.
—Ni hablar, Matteo. Nadie puede conocer a Su Eminencia en persona.
—Tú lo conoces.
—Yo soy yo, y tú eres tú.
Matteo se rio.
—Menuda chorrada. Quiero conocerlo, o no hay trato.
Entonces fue Rufus quien se sintió entre la espada y la pared.
—No estás en condiciones de exigir nada… —respondió Rufus.
—¡El que no está en condiciones de exigir nada eres tú!
Lo que pasa es que el tiempo apremia, y yo lo tengo todo controlado, pero no podrás hacer nada sin mí.
No puedes acabar la misión de Su Eminencia sin mi trabajo.
Y, es más, si me dejas de lado, boicotearé la misión.
Le revelaré a Gabriele Conti que es la próxima víctima y se escapará.
Rufus sintió la boca pastosa. Intentó tragar un par de veces, sin conseguirlo.
Se repitió en silencio que Matteo lo debía de tener todo controlado. Que Matteo lo tenía todo pensado. Si no, Su Eminencia no lo habría elegido como su emisario en Milán. No había dudas. No debía oponerse a una situación como esa.
Pero a lo mejor había algo que Rufus pudiera hacer. Aún no sabía qué, pero no pensaba quedarse con los brazos cruzados.
—Veré lo que puedo hacer.
—¿Solo eso?
—No soy Su Eminencia. No puedo hacer que se teletransporte hasta donde tú estés.
—Eso no es un problema. Yo iré allá donde él esté. A donde haga falta.
Rufus gruñó.
—Veremos —dijo.
—Imagino que si Su Eminencia te ha elegido es porque eres muy bueno en algún aspecto que desconozco —comentó Matteo.
—No me vengas con esas, Matteo.
—Me basta con conocerlo. Puede ser cuando la misión esté terminada, no me importa. Y si luego tengo que ser el cordero de Dios, lo seré. Pero antes quiero, exijo conocerlo.
En la mente de Rufus se repitieron las palabras, “quiero” y “exijo”.
Se pasó la mano por la cabeza calva y apretó tanto los dientes que le chirriaron.
—¡Está bien! —bramó Rufus—. Hablaré con él, a ver qué puedo hacer. No te prometo nada.
Matteo sonrió y se levantó. Eso era lo único que quería escuchar. Su Eminencia le parecía un hombre razonable. Seguro que no era un desagradecido.
Terminaron la llamada y Matteo se preparó para su cita con su próxima víctima, que ya lo esperaba y que no se podía imaginar que sería el próximo Judas, ni que acabaría representando una Última Cena posmoderna o que pronto aparecería en todos los periódicos de Europa.
Y no por el premio que había acabado de recibir; no.
Sería por otra cosa, y con un mensaje mucho más potente y contundente, el del octavo mandamiento: No darás falso testimonio, ni mentirás.