40
A Minerva casi se le detuvo el corazón al ver el contenido de la bolsa que le tendía la forense.
Sintió que estaba delante de algo que podía dar un giro completo a la investigación. Ninguno de los asesinos había dejado objetos en sus víctimas hasta ahora. Mensajes sí, pero no objetos.
Lo miró. ¿Qué diablos era eso?
Dudó. No se atrevía a cogerlo.
Claudio se acercó. Miró por encima del hombro de Minerva, pero tampoco supo qué era esa cosa.
—¿Qué es? —preguntó Minerva.
La doctora negó con la cabeza.
—No lo sé, pero es muy raro que lo tuviera en la garganta. La gente no suele comerse un trozo de plástico tan grande por voluntad propia.
Minerva alargó la mano y lo cogió.
—Es lo más interesante que he visto en mucho tiempo —dijo Minerva, dejando sorprendida a la forense.
—La verdad es que no me esperaba que les pudiera interesar tanto, por eso lo he dejado para el final. Pensé que no le darían importancia.
Minerva empezó a escanear el objeto con avidez.
Era un trozo de plástico duro, del tamaño de un dedo.
Era de color rosa, casi fluorescente. Tenía una forma peculiar: por un lado era recto y por el otro tenía una especie de alas, como de mariposa.
Pero no parecía un juguete. A lo mejor, un objeto infantil, pero no un juguete al uso. Minerva miró a la doctora.
—¿Me permite una lupa?
Ella asintió y le ofreció una.
—Lo he mirado, pero no sabría decirle qué puede ser. No lleva huellas. Y la sangre que había solo era la de la víctima. No había ningún ADN más. Así que lo he lavado —afirmó la médico.
—Déjeme mirar un segundo… —afirmó Minerva y colocó la pieza de plástico debajo de la lupa retroalimentada.
Claudio no se perdía un solo movimiento de Minerva. Sabía que si algo le llamaba tanto la atención no solo era importante, sino que era crucial para la investigación. Además, Claudio sabía que cuando Minerva tenía una corazonada, siempre solía acertar.
—Esto me lo tengo que llevar —dijo Minerva sin añadir nada más.
Claudio empezaba a conocer muy bien ese tono. Significaba que Minerva había visto algo, pero esperaría a cruzar la puerta para revelárselo a solas.
—Claro… —dijo la forense—. Es todo suyo. Pero me lo tendrá que devolver.
La médico no pudo acabar la frase; Minerva ya se estaba yendo. Claudio sonrió a la médico, dio un paso hacia la puerta y miró de nuevo a la forense.
—Discúlpela, a veces hace estas cosas —dijo tendiéndole la mano—. Es muy… pasional con su trabajo.
La forense asintió y se despidió.
Cuando el seminarista cruzó la puerta, la médico dio un par de pasos hacia ellos.
—¡El selfi…! —gritó levantando la mano y luego la dejó caer, un poco decepcionada—. Me lo habían prometido.