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Stan pensó que habían conseguido un dato importante.
Como siempre, cada asesino tenía su propio modus operandi . Ahora, Matteo había desvelado el suyo. Cada una de estas pistas los acercaba más a él, aunque el propio Matteo no pudiera ver ni sentir la presencia de los investigadores.
—Cada asesino tiene su firma —explicó Stan a Tilda mientras viajaban en el Mercedes del Four Seasons , de camino a la oficina de las tiendas de moda Super—.
Aunque, en este caso, imagino que es Su Eminencia el que les marca las pautas.
Les dice a quién matar y, sobre todo, cómo hacerlo.
Aunque cada asesino intente hacerlo de la misma manera, es diametralmente imposible que no haya diferencias entre ellos.
—¿Imposible? —preguntó Tilda extrañada.
—Sí. Imposible.
Tilda, aparte de no creérselo, no lo entendía.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó.
—Pues que dentro de las directrices que les da Su Eminencia, hay dos partes: la parte que deben seguir a rajatabla y otra en la cual pueden desviarse, que pueden adaptar y dejar una huella suya, peculiar, que nos facilitará identificar su personalidad.
—Stan, deja de andarte por las ramas, ¿a qué conclusión has llegado con el tal Matteo? —lo interrumpió Tilda.
—Este hombre secuestra con muchas horas de antelación.
Nada que ver con Román Gascón. Nada que ver con Judith.
Ambos mataban inmediatamente. Este, en cambio, los rapta con un desahogado margen de tiempo y se los lleva a algún lugar…
—dijo y dejó en el aire la frase—. ¿Pero a dónde?
¿Dónde demonios los mete durante esas horas?
—Entiendo. Lo hace así, pero tú no crees que sea Su Eminencia quien se lo haya ordenado. Porque luego representa la escena en otro lugar. Román, por ejemplo, los mataba en su casa, o en el lugar donde trabajaban. En cambio, la representación de la Última Cena tuvo lugar en un lugar diáfano.
Stan asintió y miró el reloj.
—No sabemos cuándo tendrá lugar la próxima muerte, pero a esta hora el asesino podría estar ya en la estela de su próxima víctima o… —dijo Stan, se detuvo por un segundo, se aclaró la voz y siguió—. Incluso es posible que ya lo haya raptado.
En el Mercedes se hizo el silencio, como un pasajero al que nadie había invitado. Stan giró la cabeza para mirar por la ventanilla. El vehículo de lujo estaba atrapado por el tráfico. Tilda se recostó en el asiento. Después de más de cinco minutos de silencio, Tilda se giró hacia Stan.
—¿Crees que habrá servido para algo difundir el retrato robot?
Stan se giró y se dio cuenta de que la mano de la periodista estaba encima de la suya.
La miró. Se detuvo un segundo en el escote de su elegantísimo vestido negro, que marcaba unos sinuosos senos. Stan recordó las noches en el hotel de Madrid. Fue todo muy rápido, pero ella se dio cuenta. Stan alzó rápidamente la vista hasta cruzarse con la de Tilda.
—Seguro que sí. Apostaría a que todas las comisarías de Milán están recibiendo una avalancha de llamadas. ¿Qué te apuestas?
Tilda arrugó el ceño e intensificó su mirada.
Stan no entendía qué demonios le pasaba.
Ella le apretó la mano.
—Te echo de menos… —dijo.
Él tragó saliva y se dio cuenta de que el chófer los observaba durante un segundo por el retrovisor. Pero enseguida les devolvió su privacidad y volvió a centrarse en el tráfico.
—Tilda… —dijo Stan intentando que su voz fuera delicada.
Ella no respondió con palabras, solo con la expresión de sus ojos.
—Tenemos un marrón encima —siguió Stan—. No sé cuánto durará este caso, y no sé si fuera de una investigación me soportarías.
Ella sonrió.
—¿Fuera de la investigación?
—Quiero decir después de ella…
—¿Siempre te has vendido tan bien? —preguntó ella.
Él se encogió de hombros.
—Tilda, creo que te mereces algo mejor, algo en Londres. Yo soy solo un cascarrabias, un dinosaurio analógico que intenta sobrevivir los últimos años de su carrera antes de que lo jubilen. Si no fuera por Minerva, estaría muerto.
—Yo también soy un dinosaurio, ¿qué crees?
Estas nuevas generaciones son más inteligentes, hablan mil idiomas, y son nativos digitales.
Pero seguiré luchando, hasta el final, mientras pueda ser útil a esta sociedad.
Y sé que tú eres igual que yo. Somos más similares de lo que creemos.
Los dos estamos a punto de jubilarnos, pero, ¿qué más da?
Podemos darnos una oportunidad. Creo que nos lo merecemos.
El silencio se instauró en la berlina de lujo. Se comunicaron solo con la mirada. Sin hablar, ambos revivieron todo lo ocurrido en Madrid. El encuentro. La esperanza de haber encontrado algo valioso. La investigación más brutal e inesperada de sus carreras.
Stan se quedó mirando a la inglesa y la volvió a ver desnuda a su lado, en el hotel de Madrid.
Recordó todo lo que le había hecho sentir; las sensaciones que había olvidado desde que la enfermedad se llevó a su querida Mirella.
No sabía cómo enfrentarse al miedo de volver a pasar por eso.
La periodista se lo había puesto en bandeja, pero él se resistía.
Stan sentía algo que no sabía explicarse ni a sí mismo.
Un sentido de responsabilidad, podría ser.
Un mecanismo de defensa que no lo dejaba avanzar.
Mirando directamente a los ojos de Tilda, creyó entender lo que podía estar frenándolo: durante la caza al asesino en serie de Su Eminencia, las cosas podían salir muy mal.
Todos podían convertirse en un blanco fácil, pero Tilda era el eslabón más débil.
Callados, dentro del Mercedes, se fueron acercando, como si los empujara una fuerza invisible.
Tilda parpadeó.
Abrió sus labios finos y delicados.
Se miraron, quietos. Stan podía sentir la respiración ansiosa de ella.
—Yo… —dijo él y ella le puso un dedo en la boca para callarlo.
Luego lo quitó, acercándose aún más y apoyando sus labios de nuevo en los de él.
El contacto duró tan solo un instante, porque el chófer carraspeó, llamando su atención desde el asiento de delante.
—Disculpe, señora Glass, pero hace rato que hemos llegado a su destino —dijo con una pizca de incomodidad.
Ella miró por la ventanilla y vio delante de ellos las instalaciones centrales de la firma de moda Super .
Suspiró y sonrió mirando a Stan.
* * *
—Lo siento, inspector, pero creo que no puedo ayudarles —afirmó la persona que tenían delante—. Estamos muy afectados por la muerte de nuestro CEO y fundador de las tiendas Super . No sé qué vamos a hacer ahora, pero le aseguro que lo he controlado personalmente y no se sabe nada.
Stan miró por un momento a Tilda y luego volvió a mirar al hombre que tenía delante.
Suspiró.
Se encontraban en el despacho del secretario personal de Federico Moretti. El hombre vestía con traje y corbata de luto. Era alto y delgado, y muy joven.
—Pensaba que alguien a quien le han robado doce maniquís se daría cuenta —comentó Stan.
El hombre negó con la cabeza.
—Tenemos más de doscientas tiendas y unos dos mil maniquís, que cambiamos continuamente. Compramos nuevos, reemplazamos los que tienen defectos… ¿Me entiende?
Stan esperó un segundo antes de responder.
—¿Y dónde los guardan? ¿Dónde los almacenan? ¿No hacen recuentos periódicos? Habrá que llevar un control por si les roban, no sé… —dijo Stan, que no aceptaba un no por respuesta.
—No, inspector. Vienen de China y, si sale una partida mala, o nos sobran, los apartamos o los cambiamos. Tenemos un almacén lleno. Si quiere puede ir y verlo con sus propios ojos.
—¿Alguien les roba doce maniquís y lo único que me sabe decir es que vaya yo al almacén a mirar? ¿No ha hablado usted antes con el responsable de ese almacén?
El secretario fue a responder, pero rectificó. Se giró, miró a Tilda y la apuntó con el dedo.
—¿Usted no es esa periodista británica?
Ella levantó la barbilla y lo miró con indiferencia.
—¿Por qué lo pregunta?
—No está permitida la entrada a la prensa sin autorización.
—Ella está autorizada por la Interpol. ¿Está claro?
El secretario gruñó.
—No puede hacer fotos.
Ella levantó las manos.
—En recepción me han confiscado el móvil, tranquilo —aseguró Tilda.
—En fin, ¿no ha podido controlar las cámaras de su almacén por si alguien se llevó los maniquís?
El secretario miró al inspector con expresión contrariada.
—En nuestro stock no falta ni un maniquí, se lo puedo asegurar.
Stan negó con la cabeza.
—No saben con quién están tratando —dijo—.
El tipo que buscamos es calculador y precavido.
Seguro que se los ha llevado delante de sus narices y ni se han dado cuenta.
Tiene que revisar bien las cámaras. Seguro que se llevarán una sorpresa.
Y no sé si se los llevó del almacén, de una tienda o de la maldita fábrica, pero de alguna parte los habrá sacado.
—Es cierto, hay sitios que no he revisado, pero en cuanto termine esta reunión, será lo primero que haga —aseguró mirando al inspector.
Stan le alargó la tarjeta de visita de Minerva.
—Llámenos cuando sepa algo.
El secretario le dio a su vez una suya.
—Yo le miraré eso, pero ustedes encárguense de meter entre rejas al culpable. Esto es una barbaridad.
Stan lo miró de soslayo.
—No tenga ninguna duda, pero necesitamos colaboración de su parte, de lo contrario no podremos avanzar. Esos maniquís son importantísimos para esclarecer todo esto.
El secretario asintió y Stan se levantó de la silla.
Se despidieron con un simple gesto y Tilda salió primera de la oficina. Cruzaron las instalaciones de Super bajo la mirada atenta y casi inquisidora de todos los trabajadores.
Cuando llegaron al Mercedes, el chófer les preguntó a dónde debía llevarlos a continuación. Tilda le dijo que los llevara al hotel. Necesitaban verse con Minerva y hacer un estudio de la situación: Matteo podría estar ya preparando el próximo asesinato.