No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 38
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Esa mañana, Claudio y Minerva tomaron el tranvía hasta el depósito de cadáveres.

Milán había despertado aún más fría que la mañana anterior y parecía que la niebla no quería retirarse de las calles.

También podrían haber ido en metro, pero Claudio insistió en ir en tranvía, porque, a diferencia del metro, le permitiría ver la ciudad.

Construido mucho antes que el metro, a principios del siglo pasado, se desplazaba de un lado al otro con esos vagones amarillos que parecían colgados de unos cables eléctricos.

Pasaron todo el trayecto en silencio. Claudio estaba concentrado en las vistas de la ciudad y Minerva repasaba el caso en su cabeza, buscando la manera de poder coger a Matteo.

Cuando llegaron, antes de entrar en el instituto de criminología, se fueron a tomar un café en el bar que estaba justo enfrente.

Claudio pidió un espresso y ella un cappuccino para calentarse.

La cafetería era pequeña. Ofrecía cafés de tueste artesanales y tenía una máquina de café tan vieja como el lugar, que a su vez estaba regentado por un señor igual de anciano. No era muy bonito, pero sí sencillo, y el puro olor a café que se respiraba allí dentro era muy estimulante.

A diferencia de las franquicias modernas de café, que solían oler a queso fundido o a pan tostado, allí el único olor era a café recién molido. Ni bocadillos, ni queso, ni atún, ni nada que no fuera café y unas pocas pastas caseras.

La gente entraba y pedía un espresso ; luego dejaban la moneda en el mostrador, se lo bebían y se marchaban enseguida.

A Minerva le parecía que eran enfermos que venían a tomarse la dosis de medicina… O drogadictos en busca de su chute. Se dijo que eso, seguramente, solo sucedía en Italia.

Mientras ella sujetaba su café con las dos manos y veía el entrar y salir de los clientes, Claudio la apuntó, sonriendo.

—Esto me recuerda al día que nos conocimos. ¿Te acuerdas?

Ella lo miró y arrugó el entrecejo.

—¿Cómo podría olvidarme? Me echaste un café entero por encima.

—Bueno, pero fue divertido…

—No fue divertido. A lo mejor para ti. Yo llevé puestos unos tejanos que olían a nata agria durante más de dos días.

—Eres una exagerada —dijo Claudio y ella lo miró con mala cara, así que cambió de tema—. ¿Qué te parece Milán, Minerva?

—Demasiada niebla. Prefiero Madrid.

Claudio cogió la tacita de porcelana y bebió de un trago el espresso , como si fuera un chupito.

—¿Sabes lo que dicen los productores de cine americano sobre el momento en que se encuentran dos personajes?

—Ella solo arrugó las cejas—. Lo llaman “el bonito encuentro”.

Es cuando dos personajes se encuentran de una forma que recordarán toda la vida.

Tiene que ser diferente, romántico, o simplemente un choque entre la multitud.

Ella lo miró de reojo.

—¿Qué quieres decir, cura? —preguntó con recelo.

—Lo que ya entiendes… Minerva —añadió divertido Claudio—.

Que tú y yo tuvimos un “bonito encuentro”, ¿no te parece?

No nos presentaron diciendo: «Claudio, aquí está Minerva», y punto.

¡No! —Claudio hablaba con teatralidad gesticulando a un lado y el otro—.

No fue así de simple, así de impersonal, mundano, así de…

—Así de normal, como todas las personas normales, ¿no te parece? —añadió ella quitando romanticismo a lo que estaba diciendo Claudio.

El seminarista sonrió y negó con la cabeza.

—También podrías haber aparecido por la puerta y ya está. En cambio, no fue así. No. Nos cruzamos en medio de una ciudad de seis millones de personas. ¿Te das cuenta? En una metrópolis. Y luego nos volvimos a ver en la DAS —insistió levantando las cejas—. ¿Eso no es para ti un bonito inicio?

Ella no dijo nada. Sin darse cuenta, lo miró con ternura.

Minerva se quedó en silencio, simplemente observando al seminarista, mientras sujetaba su cappuccino con espuma.

Los clientes, uno detrás de otro, entraban y salían de la cafetería en un ir y venir imparable, sin percatarse de ese breve momento íntimo entre ellos.

A Minerva le habría gustado decirle lo que pensaba, lo que sintió el día que vio sus ojos de color azul mediterráneo.

Le habría gustado decir lo que sintió el día que la ayudó a saltar la verja del edificio de genética aplicada de Madrid.

Le habría confesado cómo reaccionó su cuerpo al verlo desnudo, completamente desnudo.

Le habría gustado decir eso y mucho más, pero sabía que era inútil y que sería solo perder el tiempo. Eran compañeros de investigación y él había tomado una decisión; había elegido el camino hacia la castidad y hacia el amor a un dios y una religión en los que ella ni siquiera creía.

Además, tenían que irse a ver al forense.

Bajó la mirada e hizo como siempre; usó el único mecanismo de defensa que conocía. Se fue hacia la puerta, le pidió al viejo camarero un vaso para llevarse el cappuccino sin terminar y, desde allí, le hizo un gesto con la cabeza a Claudio para que la siguiera.

Caminaron hacia el edificio y, justo antes de entrar, Claudio se giró hacia ella.

—¿Por qué cambias de humor cuando te hablo de cosas bonitas? —preguntó Claudio.

Minerva hizo caso omiso y empujó la puerta.

Después de hablar con los de recepción, llegaron hasta la morgue de Milán. Allí se encontraba el cuerpo del rey de la moda de Milán, Federico Moretti.

La forense les tendió la mano.

—Valeria Torino, mucho gusto —dijo.

La señora era algunos centímetros más baja que Minerva y tenía un acento del sur de Italia. Seguramente de Cerdeña, supo identificar Claudio.

Llevaba una camisa azul a rayas y unos tejanos. Encima, la bata, con unos pins divertidos, seguramente de sus hijos. Tenía el pelo castaño claro, y lo llevaba recogido en una perfecta trenza lateral.

Minerva se presentó y luego presentó al seminarista.

—Es un honor hablar con vosotros. Sois famosos, he seguido los artículos de la periodista británica, la señora Glass —dijo la forense con ilusión y admiración a la vez—.

Todo parece lejos cuando lo ves en la prensa.

Luego, de golpe y porrazo, aterriza un cadáver en tu casa y te das cuenta de que es real —afirmó la mujer, y señaló su mesa de la morgue.

Minerva y Claudio no supieron de buenas a primeras qué responder.

—¿Luego me concederán un selfi con ustedes? —preguntó la mujer.

Minerva asintió y miró al seminarista.

—Por mí sí… —respondió divertido y orgulloso Claudio, sintiéndose famoso.

Minerva suspiró y movió la cabeza.

La forense sonrió, pero luego se puso seria. Se acercó a la mesa y cogió la carpeta.

—Vista y considerada la urgencia de la situación, lo que he hecho es pasar al cadáver en cuestión a la primera autopsia de la mañana —dijo y miró el reloj—. Hace nada que la acabé.

—¿Nos puede decir lo que ha encontrado? —preguntó Minerva con urgencia.

Ella levantó la mirada y se aclaró la voz.

—Por supuesto. Federico Moretti. Varón. Sufría de cáncer de páncreas en su fase inicial, posiblemente no se lo habían detectado aún.

Dicho esto, la causa de la muerte es por desangramiento.

Obviamente, por la incisión de la yugular.

La perforación de los labios ha sido en vivo, lo vemos por las heridas y los hematomas que han dejado y por los valores en sangre —dijo la médico con pena—. Tiene que haber sufrido mucho.

Minerva asintió y la médico dejó la carpeta en el escritorio. Luego se acercó al refrigerador, tiró de una maneta y sacó una camilla.

Era él. El mismo hombre que estaba en la escena de La última cena montada en el convento de San Carlo Borromeo. Estaba bocarriba. Su color se había vuelto azul intenso, y el cuerpo estaba duro, con un rigor mortis ya avanzado.

Minerva, impasible, lo miró de arriba abajo. Claudio, en cambio, enseguida apartó la vista, retrocedió y dejó un poco de distancia. Ver esas cosas en los programas de true crime era una cosa. Verlo en vivo y en directo, otra muy diferente.

—Todos lo conocíamos y es… bueno, era una gran persona —dijo apenada la doctora—. Una gran pérdida para la ciudad. Fue un gran impulsor de la moda. Milán es lo que es también gracias a Moretti. Y fíjate, aquí está ahora.

Minerva lo miró sin una pizca de compasión.

—¿Algo más, doctora?

Ella suspiró.

—Claro —afirmó y se aclaró la voz—. Además, tenemos quemaduras en la base del cuello, en la parte posterior. Suponemos que han sido provocadas por un taser o algo parecido.

Minerva asintió; eso ya lo conocía. Se repetía en todas las víctimas. Su Eminencia debía de enviar un móvil y un taser a todos sus asesinos materiales. Lo habían visto en Madrid y en París, y ahora se repetía en Milán.

—¿Qué más, doctora?

La mujer miró un segundo a la víctima que tenía delante y se pasó la mano por la barbilla, pensando.

—Destacaría solo dos cosas más.

—Dígame…

—La primera es que tenía unos tornillos en el brazo, para sujetarlo a la estructura de madera que vimos en las fotos de la científica.

Minerva asintió.

—Sí, en Madrid hicieron lo mismo. Las víctimas sujetaban su cabeza con la mano, y el brazo iba unido a un trozo de madera para poder sostener la cabeza en el aire.

—Exacto, he visto las fotos y he deducido que se ha usado la misma técnica. Son tornillos de taladro eléctrico. Pero tenemos una cosa más.

Minerva arrugó el ceño y miró fijamente a la doctora.

—¿Qué ha encontrado?

Ella se giró y de los pies de la víctima sacó un sobre de plástico.

Lo alzó y lo puso a media distancia entre ella y la inspectora.

—¡Esto! —dijo con la satisfacción de mostrarle algo que sabía que no se esperaba—. Tenía esto en la garganta.