37
Lorenzo Bellandi golpeó el micrófono con el dedo un par de veces.
Se aseguró de que toda la sala pudiera escucharle, porque no tenía intención de malgastar ni una palabra ni un minuto de su tiempo.
Sonrió y levantó la mirada.
Dio un repaso rápido a las personas que estaban mirándolo. No tuvo ni tiempo ni ganas de contarlas, pero podía haber unas cien, por lo menos.
Esperó un segundo y sacó unas notas de su chaqueta. Luego unas gafas pequeñas, finas, que se quedaban en su nariz. Miró la primera frase y comenzó con el discurso.
Sus palabras expresaban agradecimiento por el premio que la región Lombarda le otorgaba como empresario del año.
Sus negocios de maquinaria y de productos plásticos eran de los más prósperos de la periferia de la ciudad.
Agradeció al comité que se lo entregaba e hizo mucho hincapié en que la suerte había hecho que las condiciones fueran las propicias para llegar a recibir ese premio. Atribuyó parte de esta suerte al periodo de posguerra, que fue la catapulta, cuando todo el mundo necesitaba de todo.
En el discurso habló de la ética que ejercía su conglomerado de fábricas en el trato con sus trabajadores.
Habló de la honestidad de sus productos, de su calidad y de su trabajo.
Hizo hincapié en la transparencia, en los certificados respetuosos con el medio ambiente, y también del amor al trabajador.
Habló de su pasado, del futuro y del presente.
Hablaba mirando al público y las notas, pero, de vez en cuando, miraba el premio en el atril que tenía al lado.
Se sintió importante, tal y como sabía que era.
Disfrutó con las caras de los oyentes que lo admiraban y lo envidiaban.
Disfrutó viendo cómo los otros industriales que competían ese año por el galardón regresarían a casa con las manos vacías.
Una vez terminó, todos se levantaron y le aplaudieron.
Él sonrió y se guardó las notas y las gafas. Levantó el premio como si fuera la copa del mundial de fútbol.
Luego el evento siguió. Hubo un refresco, canapés, fotos y charlas. Pero él ya tenía la cabeza en su agenda de esa mañana. Tenía que regresar a su fábrica por unos asuntos importantes.
Sin despedirse, se marchó con el premio bajo el brazo. Bajó las escaleras del ayuntamiento de Milán y llegó hasta el aparcamiento. Allí lo esperaban su chófer y su berlina de lujo.
El chófer, al verlo, fue a abrir la puerta. Pero antes de que llegase, una mujer se le puso delante, obstaculizándole el paso.
El hombre la miró, perplejo, y Lorenzo Bellandi dio un paso atrás.
—¿Quién es usted? —preguntó molesto.
—Soy la esposa de Carlo Fito. ¿Se acuerda de Fito? —dijo la mujer señalando al hombre con un dedo—. ¿¡No se acuerda!?
El premiado industrial la miró con perplejidad. No había visto antes a esa mujer, pero pensó que, de haber sido así, la recordaría, porque se la veía muy descuidada y con sobrepeso. Llevaba un anorak gastado, tenía ojeras y un pelo con canas muy mal cuidado.
—Fito, era el ingeniero que trabajaba en su fábrica de Mantova, siempre en contacto con esos plásticos suyos de gran calidad y que respetan tanto el medio ambiente —insistió—. Tan respetuosos que él murió de cáncer. Los médicos atribuyeron su muerte a su trabajo constante con plásticos.
—Recuerdo a Fito, era un buen trabajador —dijo sin pensar.
—Claro, buen trabajador, porque nunca se quejaba de los gases, los malos equipos de protección y toda esa mierda, ¿verdad?
—No sé de qué me habla —dijo Bellandi y dio un paso a la derecha para esquivarla. La mujer también lo dio, bloqueando su paso—. Lo siento. No sé a qué se refiere.
—Claro que lo sabe. Antes o después se le juzgará. He escuchado toda esa pantomima de discurso. Se ha llenado la boca de tantas buenas palabras que casi no cabían más en la sala, pero eran todas mentiras. ¡Sí, porque usted es y será siempre un mentiroso! Todos deberían saberlo.
El hombre arrugó el ceño.
—La podría denunciar por difamación.
—Haga lo que crea, pero he tenido que hablar con usted aquí, así, porque no tiene el coraje de contestar mis cartas, ni mis llamadas. Se ha lavado las manos por lo que le ha pasado a mi marido.
—No es verdad, señora. Se le pagó una indemnización.
Ella rio, asqueada.
—No hay cheque que pague la verdad. No hay cantidad que pueda pagar todas las mentiras que ha ido soltando en estos años.
Estamos elaborando una plataforma entre todos los afectados, e iremos contra usted.
Porque yo sola no puedo. Mis abogados no son lo suficientemente buenos como para hacer frente a los suyos —dijo y escupió al lado de sus zapatos—. Me da usted asco.
Cuando la mujer levantó la mirada tras haber escupido, sintió unas manos que la empujaban. El chófer de Lorenzo Bellandi la agarró.
—Señor, vaya al coche, ahora voy yo también.
El empresario la miró con superioridad y, mientras se apartaba, la miró de la misma manera que se mira a un perro que está a punto de saltarte encima.
—Me da asco, señor Bellandi. Asco. Mi marido dio la vida por su empresa y usted ni siquiera da la cara. Asco, pero pronto se encarará con la verdad. Se lo digo yo, se lo aseguro. ¡Se lo aseguro! —le espetó y luego miró al chófer—. Y tú, ¡suéltame de una vez!
Bellandi entró en su coche y siguió mirando la escena desde la ventanilla.
Vio cómo su chófer soltaba a la mujer y entraba en el vehículo.
Entonces ella cogió algo de la bolsa y lo tiró hacia el coche.
El empresario vio caer huevos rotos en la ventanilla del pasajero.
El chófer esquivó unos cuantos, dejó a la señora atrás, y entró en el tráfico de Milán hasta esfumarse en él.
Lorenzo Bellandi miró por la luna trasera cómo desaparecía el edificio del ayuntamiento y mientras, las palabras de la viuda anidaron en su interior.
«Pronto se encarará con la verdad. Se lo digo yo, se lo aseguro. ¡Se lo aseguro!». Suspiró. Negó con la cabeza y el chófer le habló para tranquilizarlo.
—Una pirada, señor. No se preocupe. La próxima vez, intervendré antes.
El hombre asintió y sacó el móvil para empezar con el trabajo que tenía en programa esa mañana. Luego siguió con su vida, como si ese suceso no hubiera acontecido nunca.
37
—No tengo nada que decir al respecto —dijo don Vincenzo Moretti.
El hombre acompañó con esa frase un gesto que determinaba una absoluta irrevocabilidad en su opinión.
Stan y Tilda se miraron. Habían cruzado Milán esa mañana para ir a ver a Moretti: secretario, esposo, compañero y único heredero del coloso de moda Super .
Se encontraban en el ático de uno de los edificios más emblemáticos del centro de la ciudad.
El famoso Bosque Vertical , una obra del arquitecto Stefano Boeri, con viviendas sólo alcanzables para los más pudientes de Milán.
Era el más reconocible del skyline de la ciudad, porque las fachadas estaban llenas de plantas, árboles y flores, como si formaran un bosque.
—Sentimos lo sucedido, de veras —intervino Stan—. Solo necesitamos hablar con usted un par de minutos.
El hombre negó con la cabeza.
—Estoy demasiado afectado. Nadie podía imaginarse un desenlace así —añadió Vincenzo.
El hombre, que miraba a los dos forasteros con una mezcla de desprecio y de furia, estaba en el recibidor del lujosísimo ático.
Había flores en grandes jarrones de cristal repartidos por las mesas y estanterías.
Desde la sala contigua, se filtraba el murmullo de muchas personas, sentadas y de pie, que habían acudido para consolar a la familia.
Stan, con un ojo observaba al hombre que tenía delante y, con el otro, analizaba la casa, los invitados y cómo se comportaban.
Toda esa gente estaba en casa del empresario de la moda, Federico Moretti, para dar el pésame. El único familiar directo era Vincenzo Moretti, el hombre que tenían delante.
—Espere, ¿a qué se refiere con que nadie podía imaginar este desenlace? ¿Me lo puede explicar? —preguntó Stan.
El hombre se secó una lágrima y negó.
—Fede no tenía confianza en el sistema. Y me temo que tenía razón —dijo y luego siguió con rabia—. Tienen mucha cara dura al presentarse aquí después de todo lo que ha pasado. Será mejor que se vayan.
Al acabar esas palabras, miró al hombre trajeado que custodiaba la puerta y le indicó que les ayudara a marcharse.
—Espere —intervino Tilda—. Venimos de lejos para ayudar en esta investigación.
Estanislao Barrancos es de la Interpol, más en concreto de la DAS, del departamento de asesinos en serie.
Viene de Madrid. Estamos aquí para entender el modus operandi del asesino e intentar predecir sus próximos pasos.
Si no nos ayuda, la próxima víctima no tendrá vía de salida.
No somos de la policía, y no sé lo que le puede haber pasado entre ustedes y la policía. Necesitamos que confíe en nosotros.
Vincenzo, con los ojos vidriosos y el ceño muy arrugado, dio un paso hacia la mujer.
—Si él es de la Interpol, ¿quién es usted?
Ella tragó saliva. Creyó que desvelar su identidad era más contraproducente que mantenerla oculta, pero tampoco quería mentir a ese hombre con el corazón destrozado.
En Londres había vivido de cerca una situación parecida.
Era una pareja de amigos; de la noche a la mañana, uno de ellos se murió.
El otro entró en una profunda crisis. De todas las muertes que había vivido, esa fue la más dolorosa.
Aquellos dos amigos le hacían pensar en las palomas, uno de esos pocos animales que eligen una única pareja para el resto de su vida.
El hombre que tenía delante también la hizo pensar en eso.
—Soy una colaboradora externa —dijo para no dar demasiados datos—. Somos un equipo multidisciplinar; también tenemos a un religioso en plantilla, para interpretar símbolos bíblicos. Por favor, contéstenos a un par de preguntas y nos marcharemos.
Los dos se miraron a los ojos, en silencio.
Vincenzo, finalmente, suspiró.
—De acuerdo. ¿Qué quiere saber? —preguntó.
Stan se acercó y se aclaró la voz.
—Lo primero, muchas gracias —dijo con voz ronca—. Vuelvo a lo que ha dicho usted antes, ¿qué quiere decir con que no se imaginó un desenlace así?
Vincenzo miró por un instante a la habitación contigua, donde estaban los invitados.
Pensó un par de segundos e indicó al hombre de la puerta que les sirviera algún tentempié en su ausencia.
Luego, les indicó a los investigadores que entraran en una estancia contigua.
Era una sala poco más grande que el recibidor, con un sofá y unas sillas, para reuniones o conversaciones informales.
Se sentó e indicó que se sentaran también.
—Mi marido llevaba veinticuatro horas desaparecido. Pensamos que era un secuestro. Pero, evidentemente no lo era.
—¿Por qué pensaron que era un secuestro?
El hombre se rascó la frente.
—A Federico le gustaban los coches clásicos.
—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó Stan.
—Le gustaba usarlos para ir al trabajo, de vez en cuando, claro.
—¿Y normalmente cómo iba? —preguntó Tilda.
—Con el chófer y, si no tenía prisa, cogía un Ferrari de los viejos, o un Porsche o lo que le apetecía —dijo Vincenzo.
Tilda y Stan, sentados en las sillas, asintieron.
—Anteayer cogió un viejo Maserati y desapareció.
—¿Cuándo exactamente? —preguntó Stan.
—Cuando regresaba a casa del despacho. Nos llamaron diciendo que el coche estaba abandonado en un barrio de las afueras de Milán. La guardia urbana dio la alarma, porque el coche es una pieza única y lo reconocieron enseguida.
Stan negó con la cabeza.
—¿Reconoció el guardia urbano el coche de su marido?
—Se ve que es un apasionado de los coches clásicos. Federico y yo hicimos el año pasado la carrera Mille Miglia y ese era uno de los coches más bonitos. El hombre lo reconoció y llamó a la oficina.
—Vaya, qué casualidad —dijo Tilda—. ¿Y el coche presentaba algún desperfecto o algún signo de violencia?
El hombre apretó los labios. Tenía las piernas cruzadas y apoyó la barbilla en la mano.
—El coche estaba perfecto, incluso cerrado por dentro, pero con las llaves puestas en el contacto. Federico se había evaporado. Ni una nota, ni un mensaje, nada. Alguien lo raptó y pensamos que nos llamarían para un rescate, pero no.
Tilda tragó saliva y optó por apretar un poco. Podía ir mal, pero tenía que averiguarlo. Solo forzando sabrían la verdad.
—Se lo repito, lamento lo sucedido. Pero están acusando a su marido de haber mentido. Dicen que ha copiado, ha plagiado y se ha aprovechado de diseñadores más jóvenes. ¿Es verdad?
Vincenzo la miró con vergüenza y, sobre todo, con incertidumbre. Incertidumbre por si podía fiarse de ella o no.
—Prefiero no responder a eso. Federico era un buen hombre y un esposo estupendo.
Eso es con lo que se tienen que quedar. El hijo de puta que le hizo eso tiene que ir a la cárcel.
No tenía bastante con matarle, ¡no! Tenía que hacerle fotos y mostrarlas a todos.
Esto es espantoso —afirmó y se tapó la cara con las manos con impotencia.
Stan asintió.
—Está bien, necesitamos saber una cosa más. En la escena del delito había doce maniquís de vuestras tiendas. ¿Sabe si los han podido robar, si le consta que haya podido suceder en alguna tienda, o en un almacén…?
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé. La empresa de Federico emplea a casi diez mil personas y tiene más de doscientas tiendas. No sabemos el día a día, no conocemos a todos los empleados. Si quiere les puedo pasar un contacto y pueden hablar con alguien de la oficina, que responderá a todas sus preguntas.
Los tres se levantaron y Vincenzo indicó la puerta. Los acompañó hasta la entrada. En ese momento entraba una mujer alta, delgadísima y rubia. Sus gafas de sol eran grandes, con montura de pasta negra y de forma cuadrada.
Vincenzo y la mujer se dieron tres besos y se abrazaron. Se mantuvieron unos instantes así, delante de Stan y de Tilda. Se intercambiaron unas palabras susurrando y luego se apartaron. La mujer siguió a la estancia donde estaban los demás.
El viudo se secó una lágrima y los miró con furia.
—Cojan a ese hijo de puta. No se merece vivir, merece pudrirse en la cárcel.
Stan asintió y le dio una tarjeta de visita con su nombre, con el nombre de Minerva Cadalso y su número de teléfono. Le dijo que podía llamarle a cualquier hora y antes de marcharse le lanzó una última pregunta.
—¿Federico era religioso? ¿Usted es religioso? —preguntó Stan e indicó el apartamento—. No hay ni un crucifijo en su vivienda. ¿Iban a misa? ¿Comulgaban?
—No, para nada, inspector. Éramos ateos —afirmó—. ¿Por qué?
Stan sonrió ligeramente.
—Porque con los tiempos que corren, es mejor creer en algo… —dijo con cierta tristeza.
El viudo se quedó allí, desconsolado, y no dijo nada más hasta que Stan y Tilda se marcharon.