36
El espacio donde se encontraba Il Cenacolo quedó totalmente en silencio.
Tilda descruzó los brazos y se acercó, impaciente. Stan arrugó el ceño y Minerva colocó los brazos en jarras.
—¿Quieres decirlo de una vez? —le espetó Minerva.
—¿Qué has descubierto, Claudio?
Claudio, con el brazo levantado, señaló a Jesús en Il Cenacolo y sintió un escalofrío. La misma sensación de la primera vez en Madrid, cuando había descifrado el tatuaje de la primera víctima. Esa sensación de poder contribuir, de ser útil.
Suspiró.
—Esta vez, Su Eminencia ha dejado una huella bíblica que hace referencia a la última cena. El tatuaje, traducido, quiere decir: Marcos 14:18.
—¿Y qué versículo hay detrás de esa referencia? —preguntó Stan.
—« Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar» —recitó Claudio de forma algo pomposa.
Al escuchar esas palabras, todos quedaron en silencio. Incluso el guardia, que no perdía una palabra ni un movimiento de la comitiva investigadora, arrugó el ceño, como si estuviera siguiendo el debate.
—Lo siento, yo soy agnóstica —interrumpió Tilda, la periodista—. ¿Qué quiere decir eso y qué tiene que ver con nuestro caso?
—Ya lo pillo —interrumpió Minerva—. Está refiriéndose a lo que escribió con sangre en el mantel. Hablaba de la verdad. De mentir. De traicionar. ¿Verdad, cura?
Minerva se giró hacia Claudio, buscando su aprobación.
—Totalmente. Creo que estamos delante de una traición. Judas vendió a Jesús a los romanos por treinta monedas de plata —explicó Claudio con paciencia.
—Por eso había monedas de chocolate en la bolsa que sujetaba la víctima —añadió Stan.
—Y por eso escribió una frase sobre la verdad —siguió Claudio—. Estamos buscando a un hombre que ha mentido. No sabemos a quién, ni siquiera sobre qué. Pero Su Eminencia, aquí, con el octavo mandamiento, «No darás falso testimonio ni mentirás», nos insiste en que es obligatorio decir la verdad.
El silencio se instauró otra vez en la sala de Il Cenacolo .
Se giraron de nuevo hacia la obra de arte de Leonardo da Vinci. Allí estaba la clave. Estaba todo escrito; solo había que saber interpretarlo.
Minerva pensó que tenía unas ganas incontrolables de buscar a ese tal Matteo, el verdadero recipiente del paquete de Su Eminencia. Y ahora tenían más herramientas para cazar a ese hijo de perra. Iba a decir que quería marcharse y seguir buscándolo por la ciudad, pero Tilda se le adelantó.
—Todo lo que dices está muy bien, Claudio, pero yo no lo veo.
Su frase resonó por Il Cenacolo como un rayo iluminando una noche de tormenta.
—¿Qué es lo que no ves, Tilda? —preguntó Claudio con amabilidad.
—Si estamos hablando de este… —dijo Tilda señalando la pintura—, momento de la Biblia, la frase habla de traición. No habla de verdad, ni de mentiras. ¿No os parece? ¿Por qué Su Eminencia nos trae hasta aquí y nos habla de una traición? Lo siento, no veo la relación.
Claudio esbozó una mueca en su rostro.
—« Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar» —recitó—.
En efecto, parece que habla de la traición de Judas a Jesús.
Pero debemos mirar más allá. Te cuento: Judas ha mentido, ha fingido lealtad, ha fingido amistad, ha fingido fe, todo eso mientras ya había vendido a Cristo.
El pecado se encuentra en la falsedad de Judas contra Jesús, contra los apóstoles y contra la Iglesia en general, a cambio de unas míseras monedas de plata.
Vendió la verdad y la eternidad por unos céntimos.
¿Se entiende, Tilda? O, por lo menos, así es como lo interpreto yo…
Tilda asintió y se acercó al muro donde aparecía la pintura.
—Creo entenderlo, Claudio —aseguró la periodista—. Entiendo que Judas es el primer gran mentiroso del cristianismo. No porque robara, ni siquiera porque traicionara, sino porque ocultó la verdad mientras fingía ser uno más de los discípulos.
—Exacto. Eso creo yo —dijo Claudio.
Minerva lo miró con admiración. Claudio miró a la inspectora y le pareció que parecía estar sonriendo.
—Y ahora sí que no tengo nada más que aportar —afirmó Claudio.
—Bien, ahora nos toca a nosotros. Tenemos más pistas de las que cree Su Eminencia.
Ahora nos toca a nosotros convertir estas pistas en una trayectoria de investigación —dijo Minerva—.
Hasta ahora, sabemos que necesitará espacios abiertos o habitaciones grandes si pretende volver a interpretar La última cena con maniquís.
—Tenemos la marca de los maniquís —dijo Stan.
—Tenemos el retrato robot de Matteo —añadió Tilda—. Además, lo he añadido al artículo, para que sea difundido por todos los demás medios. Seguro que mañana ya tendremos noticias de quién podría ser.
Los cuatro sonrieron.
—No olvidemos lo de buscar en las tiendas de artículos religiosos —dijo Claudio.
—Sin duda es una buena pista —afirmó Stan.
—Y yo necesito una pistola —protestó Minerva.
—Claro, una pistola para la señorita, ¿cómo no? —dijo Stan con tono de burla—. Es más, ¿qué te parece si se la pides al guarda, que ha sido tan amable de dejarnos entrar por su espontánea voluntad? Seguro que te da la suya.
El guardia no entendió el chiste y arrugó el ceño.
—Tú búrlate, pero si un día la necesitamos y la tengo, lo agradecerás… —le espetó Minerva, y añadió con tono irónico—: ¡Jefe!
Claudio sonrió mientras se acercaba a la salida de Il Cenacolo . El guardia hizo salir de la estancia primero a los otros tres. Solo faltaba él. Se giró y se quedó un segundo más a mirar la pintura.
Sonrió y se hizo el signo de la cruz. Sentía que esa figura de Jesús con las manos abiertas, con la maravillosa iluminación y perspectiva que Leonardo Da Vinci le había dado, lo había teletransportado hasta ese mismísimo momento de la historia de la humanidad.
Sintió, por un lado, la fuerza y la energía que transmitía la pintura y, por el otro, la presión de una futura muerte que estaba a punto de suceder muy pronto.
Sería otro Judas de la vida moderna, otro mentiroso de la ciudad de Milán.
Alguien pronto sería la próxima víctima de Matteo, el asesino material, y de Su Eminencia, el asesino subliminal.
Claudio salió, y detrás de él, la puerta de Il Cenacolo se cerró, con un estruendo que sobresaltó al seminarista. La caza al asesino estaba a punto de empezar de nuevo. Y a él, eso le apasionaba.