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Claudio fue el primero en entrar.
El seminarista sonrió al guardia que, por su voz, era el mismo que había contestado por el interfono.
—Seguidme —gruñó el guardia—. No sé a quién conocéis, pero me han llamado desde arriba para abriros.
El hombre cerró la puerta detrás de ellos. Dio dos giros de llave y, sin mirar a nadie a la cara, hizo un gesto con la mano.
Claudio lo seguía de cerca. Todo estaba casi a oscuras, iluminado solo por luces tenues.
Claudio notó que el aliento del hombre despedía un detestable olor a ajo. Seguramente lo habían interrumpido en medio de su cena. O desayuno. O lo que fuera.
El guardia apagaba las luces detrás de sí, sin molestarse en esperar a que todos los huéspedes hubieran pasado.
Caminaron en silencio. Solo se escuchaba el ruido de los zapatos por los pasillos.
Entraron en una habitación con una gruesa puerta cortafuegos, y se abrió un espacio grande delante de ellos.
Las paredes estaban a oscuras y no se apreciaba bien el tamaño de la estancia. Finalmente, el guardia encendió las luces.
De pronto, el fresco se presentó ante ellos.
Claudio se acercó y abrió los brazos, sintiéndose como si estuviera delante de una figura religiosa viva que lo recibía. La imagen de Jesús, increíble e impresionante como nunca la había visto, estaba justo delante de él.
Tuvo ganas de arrodillarse delante.
Tuvo ganas de subir, de tocarlo, de saltarse todo tipo de normas y abrazar esa figura. Lo atravesó una sensación de gozo y de esperanza que lo dejó en silencio por unos minutos.
Stan se giró y miró al guarda, que estaba detrás de ellos y no daba señales de quererse ir.
—¿Estás bien? —le preguntó Stan a Claudio, poniendo una mano en su hombro.
Este asintió.
—¿Impresiona, verdad? —preguntó Claudio.
—Sí, Claudio. Pero me temo que este hombre que nos ha abierto no nos va a dejar quedarnos toda la noche. Recuerda para qué hemos venido.
Claudio, con los ojos casi vidriosos, asintió.
—Aquí la tenemos, la famosa pintura mural de Il Cenacolo, también conocida como La Última Cena del mismísimo Leonardo da Vinci. Pensar que medio millón de personas dan la vuelta al mundo para visitarlo… —dijo Claudio—. Mide cuatro metros y medio de altura y casi nueve metros de anchura. Es…
—Ya… —dijo Minerva—. Es increíble, es verdad, pero ¿qué buscamos aquí, Claudio?
El seminarista se aclaró la voz.
—Tenemos que buscar algo que nos haya dejado Su Eminencia.
—Aquí nadie ha dejado nada —afirmó con tono severo el guardia—. Cualquier cosa que alguien deja, se tira. Nadie se puede acercar al mural —afirmó—. Estáis perdiendo el tiempo. Ya podéis marcharos, tengo cosas que hacer.
Claudio levantó la mano y solo movió el índice de un lado al otro. No despegó la mirada de la pintura.
—Mirad, están en grupos, todos los apóstoles en grupos de tres.
Solo Jesús está en medio. Cada grupo de tres reacciona de una forma distinta a lo que acaba de decir Jesús.
Justo a la derecha de Jesús, tenemos a Tomás, Santiago el Mayor y Felipe.
Estos expresan agitación; Tomás levanta el dedo índice pidiendo explicaciones, Santiago el Mayor se echa las manos al pecho con horror y Felipe pregunta si es él el señalado.
—¿Señalado? —preguntó Minerva sin entender.
—Sí, el señalado.
—¿Señalado de qué?
Claudio despegó la mirada de la interpretación de La última cena y miró directamente a los ojos a Minerva, con un entusiasmo que ella nunca antes había visto en el seminarista.
Ella no dijo nada, solo asintió para que continuara.
—Todo a su tiempo. En el segundo grupo, el que está más a la derecha, encontramos a Mateo, a Judas Tadeo y a Simón el Zelote.
Ellos, en cambio, expresan incredulidad; Mateo y Judas Tadeo se vuelven hacia Simón en busca de respuestas, mientras que Simón extiende las manos hacia la mesa expresando negación y asombro.
Claudio se detuvo, y sus ojos analíticos se fueron directamente al otro lado de Jesús.
—En cambio, en el grupo de la izquierda, contra la pared, tenemos otras dos expresiones completamente diferentes y diametralmente opuestas: sorpresa, incredulidad y consternación; Bartolomé se levanta de golpe, Santiago intenta tocar a Pedro y Andrés levanta las manos en señal de asombro.
—Espera un momento, lo voy pillando, cura —interrumpió Minerva—. ¿Por qué no has empezado por el apóstol que representa a nuestra víctima? Me estoy mordiendo las uñas, Claudio. ¿Quién es el de la túnica verde y azul, el que sujeta la bolsa de monedas?
Claudio sonrió, sintiendo un ligero placer mientras todos esperaban a que revelara la parte más importante de esa visita nocturna a Il Cenacolo .
—Lo bueno se hace esperar —afirmó lentamente—.
Y, efectivamente, por último, tenemos el cuarto grupo de apóstoles, donde encontramos a Pedro, a Juan y al apóstol que nos ha traído hasta aquí.
Aquí está la clave de todo. Por un lado, Pedro está inclinado hacia Juan y sostiene un cuchillo con expresión de ira.
Y Juan, el más joven, se inclina hacia Pedro con las manos entrelazadas, reflejando tristeza y resignación.
Pero la clave es nuestra víctima, que representa en la escena del crimen a la figura del apóstol Judas Iscariote. Él es nuestro hombre.
—¿¡Judas!? —gritó Stan—. ¿Nuestra víctima representa a Judas? ¿Qué habrá hecho este hombre?
—Espera, Stan. No he acabado. Mirad bien la figura de Judas, el de la túnica azul y verde. Se echa hacia atrás con el rostro en sombra, aferrando la bolsa de dinero y volcando un salero, con una expresión de sorpresa contenida… y culpa.
—¿Os vais o qué? —preguntó el guardia.
Claudio se giró y dio dos pasos hacia el guardia.
—Disculpe, pero el cardenal Mangiafuoco me ha asegurado que podemos estar aquí el tiempo que nos haga falta —afirmó con educación y, sin esperar una respuesta, se giró hacia los demás.
Levantó un dedo y apuntó a Jesús. Se acercó todo lo que pudo y se dio la vuelta hacia sus tres compañeros de investigación.
—Lo más sorprendente de todo esto es que esta pintura de Leonardo da Vinci representa el preciso momento en que Jesús dijo una frase que marcó un antes y un después en la historia, en su vida y en la vida de todos los católicos —dijo Claudio y suspiró—.
Y es la misma frase que tiene tatuada en el brazo nuestra víctima…