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Tilda pensó que Milán, de noche, daba un poco de miedo.
El Mercedes berlina los llevaba hacia su nuevo destino. Mientras miraba por la ventanilla, Tilda contempló una ciudad desierta, con pocas personas caminando. Estas, iluminadas por las luces tenues de las farolas, desaparecían rápidamente entre la niebla.
Eran más de las doce de la noche. Cuando terminó de escribir su artículo, Stan, Minerva y Claudio la habían puesto al corriente de lo que habían averiguado. Se alegró de no haber entrado allí y haberse ahorrado ver a un hombre degollado.
Los cuatro permanecieron callados durante el trayecto en coche. Cuando el Mercedes se detuvo, se giraron y vieron dónde estaban.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Minerva con escepticismo.
—Efectivamente. Esta es la dirección que me han proporcionado —afirmó el chófer—. Piazza di Santa Maria delle Grazie , número dos.
—Esperaba ver una catedral magnífica y, en vez de eso, ¿resulta que está en un edificio así? —dijo Minerva.
La inspectora pensó que una obra de arte de tal envergadura estaría en un museo como el Louvre, aquel edificio inmenso y con una entrada digna de un emperador. Con pirámides de cristal superpuestas y fachadas que recordaban la antigua Grecia. Pero lo que tenía delante no se parecía en nada a eso.
Era raro que hubieran elegido un edificio tan modesto, para albergar una de las piezas más importantes del mundo. Al menos, así la había definido Claudio.
Claudio asintió y salió del coche.
—Vamos, tenemos trabajo.
Tilda bajó la última.
—Espere aquí, por favor —dijo al conductor, alargando un billete plegado.
—Por supuesto, señora Glass —respondió este con extrema educación.
Los cuatro caminaron hasta el centro de la plaza, delimitada por pilones de granito que formaban un semicírculo.
La iglesia que tenían a la derecha era una construcción pequeña, con una fachada de ladrillos rojos. Poseía un discreto rosetón central, con cinco más por encima, de los cuales, cuatro eran ciegos. Una puerta con dos columnas diminutas sujetaba un arco y sobre ella había un pequeño fresco.
Siguieron hasta la puerta principal de la iglesia y, justo al lado, vieron un edificio que podía pasar por una vivienda privada si no fuera por un cartel que se extendía por encima de las ventanas y la puerta.
En el cartel, granate y alargado, se leía «Cenacolo Vinciano».
—Acabo de hacer una búsqueda y es imposible conseguir entradas para antes de seis meses —dijo Claudio—. Y solo puedes adquirirlas si las compras a ciertas agencias turísticas y organizaciones, es una especie de monopolio.
Tilda lo miró con desdén…
—No sé cómo Italia puede funcionar tan mal —comentó Minerva.
—No es que funcione mal, Minerva —aseguró Claudio, deteniéndose delante de la puerta del edificio—. Es solo que…
Tilda lo interrumpió.
—Llamemos a las cosas por su nombre… —afirmó Tilda con su acento británico—. ¡En Italia todo es una mafia!
Claudio la miró con pena, pero no contradijo a la periodista. Ella le guiñó el ojo al seminarista.
—No hace falta que me respondas, Claudio. Llegar a mi edad también tiene ventajas. Por ejemplo, puedo decir todo lo que pienso, sin importar las consecuencias.
Claudio no dijo nada.
Minerva se cerró del todo la cremallera del anorak. El frío de la ciudad lombarda era desagradable y húmedo. La niebla casi había hecho desaparecer el Mercedes que, al otro lado de la plaza, los estaba esperando. La cara del chófer estaba iluminada por la luz azulada de la pantalla de su móvil.
Claudio suspiró y miró a los otros tres.
—Vamos dentro.
Stan dio un paso adelante y Minerva tanteó su ropa, buscando su arma que no tenía.
Stan se acercó al timbre y apretó el interfono.
Pasó un minuto y el interfono se apagó sin que hubiera respuesta.
—¿Puede que no haya nadie? —preguntó Claudio.
—Nos han visto llegar —dijo Minerva indicando la cámara con una luz roja que los estaba apuntando—. Seguro que nos han visto. Otra cosa es que tengan ganas de dejarnos entrar.
Stan no se rendía fácilmente. Volvió a tocar el interfono y este volvió a emitir un pitido.
—¿Qué quieren? —se escuchó desde el otro lado.
Stan se giró de golpe y mostró la placa a la cámara.
—Interpol. Necesitamos entrar.
Del otro lado hubo silencio.
—Es una investigación internacional, necesitamos ver el… —se detuvo, sin recordar el nombre de la pintura.
Claudio se acercó.
— Il Cenacolo . Tenemos que ver Il Cenacolo .
Stan asintió.
—Eso.
La respuesta no tardó en llegar.
—Lo siento, el recinto está cerrado, aunque vengan de la policía. Tendrán que regresar mañana por la mañana. El centro abre a las ocho y cuarto de la mañana.
Los cuatro se miraron a la cara.
—¿Realmente necesitamos entrar ahora? —preguntó Tilda—. ¿No podemos esperar unas horas y entrar mañana?
—Puede que el asesino nos haya dejado una pista —respondió Claudio—. O algo o, no sé, tengo una corazonada, ¿sabéis?
—Te entiendo, cura, pero el problema es que estos no nos van a dejar pasar, ¿sabes? —dijo Minerva.
—Es seminarista… —la corrigió Stan.
—Buenas noches —se despidió el hombre del otro lado del interfono.
Stan se acercó rápidamente.
—No, espere. Tenemos que entrar, ¿es que no lo ha entendido? ¡Somos de la Interpol!
—Lo siento, nuestros protocolos de seguridad nos impiden dejar entrar a nadie de noche. Adiós.
Después se escuchó un ruido metálico y la comunicación se interrumpió.
—Está bien, Stan. Volveremos mañana —dijo Minerva.
Stan miró a Claudio y a Tilda.
—No, como que me llamo Estanislao que vamos a entrar allí dentro. Dadme un minuto. —Alargó la mano a Minerva—. ¿Me dejas tu teléfono?
Ella se lo dio. Stan se fue justo al centro de la plaza para llamar y aprovechó para fumar un cigarrillo. Mientras estaba hablando, el humo que exhalaba se mezclaba con el vaho frío de la noche.
—Es tozudo… ¿eh? —comentó Tilda.
Minerva se encogió de hombros.
—Buf… no sabes cuánto. Si se propone algo, no se lo quitas de la cabeza.
El inspector jefe colgó y regresó delante de la puerta, donde estaban los otros tres.
Minerva le preguntó si había conseguido algo.
—Mañana por la mañana. Ahora no hay nadie que pueda abrir. ¡Una mierda, vaya! —espetó Stan mirando a la cámara, que seguía grabándolos.
—Está bien, vayamos al hotel, mañana será otro día —dijo Tilda.
Echaron a caminar hacia el Mercedes, pero Claudio se quedó quieto.
—¿Me permitís hacer una llamada? —dijo.
El seminarista sacó una tarjeta de visita. En ella estaba el nombre de Mangiafuoco, el secretario personal del papa. Compuso el número de teléfono y tragó saliva. Su expresión era la de alguien que estaba haciendo algo que no deseaba hacer, pero que sabía que era necesario.
—Hermano, ¿qué pasa? —preguntó Mangiafuoco con voz de dormido.
Claudio miró a los compañeros y se giró hacia la puerta del edificio. Se pasó la mano por el pelo y miró directamente a la cámara, que no perdía detalle de la plaza.
—Verá, padre, estoy en Milán. Acaban de matar a otra persona, y necesito su ayuda. Esto se está comenzando a complicar.
Del otro lado se escuchó un ruido de muelles, seguramente de un colchón mientras Mangiafuoco se incorporaba.
—Hermano Claudio. Ya sabes lo que te dije: pide todo lo que necesites para detener a ese hombre.
En la cara de Claudio se esbozó una sonrisa tímida. Soltó un suspiro de alivio y bajó la mirada a la puerta del edificio d Il Cenacolo . Su intuición de policía amateur le decía que cruzar esa puerta sería un paso más hacia Su Eminencia.