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Claudio se dio una palmada en la frente tras escuchar lo que había dicho el policía de la científica.
Sin decir nada, se dio la vuelta y miró la escena de nuevo, pero esta vez, con ojos más analíticos.
Aquel hombre tenía razón.
Miró un par de veces al policía y repasó la escena. Minerva se acercó con curiosidad.
Claudio sacó el móvil enseguida y buscó la imagen. Al encontrarla, la levantó y la colocó a vista de todos. La semejanza era aplastante, no había dudas. Su Eminencia había recreado, de manera esquemática, La última cena de Leonardo Da Vinci.
Minerva también lo miró.
—Me suena… lo he visto en alguna parte —dijo Minerva con ligereza—. Espera, es un cuadro que está… ¿en el Louvre?
Claudio la miró y negó.
—Por cierto, mi nombre es Giacomo —dijo el policía, tendiéndole la mano primero a Minerva—. No, no está en el Louvre. El fresco original está a solo un par de manzanas de aquí.
Claudio asintió. Por momentos, todo cobraba más y más sentido.
— Il Cenacolo di Leonardo Da Vinci —dijo con admiración.
Stan se acercó, porque aún no había visto la foto en el móvil de Claudio.
—¡Que me parta un rayo! —exclamó Stan, tan alto que retumbó en el convento abandonado—. ¡No me lo puedo creer!
—Yo tampoco —aseguró Claudio—, pero tiene sentido. No es la primera vez que usa una obra de arte. Ya usó una vez el canto de Dante del infierno, número veintiocho, según la interpretación del artista Gustave Doré. Por desgracia, esto tiene más sentido de lo que creemos.
—¿Y dónde decías que se encontraba esto? —le preguntó Minerva al policía.
—Está a un par de manzanas. Pero hasta mañana por la mañana no podrán verlo. A estas horas de la noche necesitarían un pase especial.
Minerva se giró hacia Stan.
—Creo que la próxima pista estará justamente en ese lugar —dijo la inspectora con tono preocupado.
Claudio dio un paso adelante.
—Tenemos que ir a verlo. Antes de que lleguen los turistas mañana por la mañana —intervino Claudio.
Giacomo, el policía de la científica, negó con la cabeza.
—Como les decía, va a ser muy difícil. De noche está blindado.
—Ni hablar, tenemos que verlo ahora.
Stan asintió e hizo un gesto con la cabeza.
—Estoy de acuerdo, debemos ir allí. Necesitamos unas fotos para comparar ambas escenas. Y, sobre todo, el mensaje escondido detrás de todo esto… ¡Vámonos!
—Esperad —dijo Claudio—. Estoy de acuerdo, pero necesitamos saber dos cosas más…
—¿Cuáles? —preguntó Stan.
Claudio miró un segundo a Minerva.
—Necesito saber qué hay dentro de la bolsa que sujeta la víctima.
Giacomo asintió.
—Claro. Dadme un segundo y lo miramos.
Dicho eso, se acercó a sus compañeros de la científica. Estos, con máxima precaución, retiraron la bolsa de la mano de la víctima.
Mientras lo hacían, Claudio se fue a un rincón para intentar descifrar el tatuaje.
La científica se encontró con que la mano apretaba la bolsa tan fuerte que no la podían sacar. El asesino la había pegado con pegamento.
Stan, que seguía cada movimiento del policía italiano, le dijo que era lo mismo que habían hecho en los asesinatos de Madrid, donde la víctima sujetaba su propia cabeza por el pelo, pegada a los dedos con pegamento.
El policía intentó disolver el pegamento con un líquido, pero no sirvió de nada. Luego lo intentó con una palanca, pero habría tenido que romper los dedos.
—Déjaselo al forense —ordenó Stan—. Mejor hacemos un corte en la tela directamente.
Giacomo asintió y fue a buscar un cutter .
Stan, al acercarse, se dio cuenta de que la bolsa era de yute; el mismo material de los viejos sacos de patatas.
Mientras tanto, Minerva intentó mirar la escena con ojos diferentes. Con información nueva a su disposición, ahora podía ver elementos que antes no apreciaba.
Pasó por detrás de la mesa. Caminó con las manos por detrás de la espalda, analizando todos los detalles. Y sus ojos se detuvieron en un detalle: todos los maniquís eran de una misma marca. Había una palabra grabada en la nuca de todos los maniquís. Era la palabra «Super».
Le pareció que debían de ser maniquís muy costosos. No eran los típicos muñecos de las tiendas. Tenían un rostro andrógino y no se podía reconocer si representaban a una mujer o a un hombre. Eran completamente articulados, como los usados para pintura y dibujo.
—Pues ya lo tenemos. Esto es lo que hay dentro de la bolsa… —dijo Giacomo levantando algo—. Unas monedas de plata.
Claudio levantó la mirada.
¿Quién dejaba algo de tanto valor en una escena del delito?
Stan silbó con admiración.
—Eso lo podemos rastrear, ¿no? Seguro que nos podrán llevar hasta el jodido Matteo.
—Unas monedas de plata deberían dejar algún tipo de pista, ¿no? —preguntó Minerva.
Giacomo negó con la cabeza.
—Me temo que eso no será posible. Si se fijan, son unas vulgares y comunes monedas de chocolate… —dijo el policía de la científica.
—Mierda —susurró Minerva decepcionada—. Encima nos toma el pelo, hijo de perra.