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Maniquís.
¿Por qué habían usado maniquís?, se preguntó Claudio.
La escena era una de las más terroríficas e inquietantes que había recreado Su Eminencia. O, posiblemente, aquel desconocido llamado Matteo, pero siempre bajo la supervisión y guía de Su Eminencia.
Claudio imaginaba a Su Eminencia enviando un boceto de aquella escena al asesino material, y pidiéndole que montara aquel funesto espectáculo.
Claudio empezó a tener dudas sobre la verdadera identidad de Su Eminencia.
¿Un emisario del Señor podía hacer barbaridades así?
Aquello parecía obra del mismísimo belcebú en persona.
Si de verdad era un hombre religioso, era un lobo con piel de cordero.
Un auténtico psicópata, si estaba disfrutando con todo eso.
Claudio habría pagado para poder hablar con él, entender lo que quería realmente y ver lo que ocultaba el alma de ese hombre.
Stan y Minerva se acercaron a Claudio.
Stan pidió a los agentes que los dejaran unos instantes a solas para poder escuchar la interpretación de Claudio sin interrupciones.
—¿Qué opináis vosotros? —preguntó Claudio.
Stan se pasó la mano por la barbilla. Lucía una barba incipiente de varios días, algo poco habitual en él. Se rascó la cara, mirando la mesa con el cadáver y los maniquís.
Minerva, a su lado, tenía los brazos en jarras y las piernas separadas. Clavó la mirada en la teatralización macabra, con el ceño fruncido.
—¿Qué veis? —insistió Claudio.
Stan suspiró.
—“La obra de un pirado”, te diría el Stan de la calle. Pero ya sabemos que este tío no es un simple loco. Y se supera cada vez más, joder. —Stan miró a su alrededor—. Necesito fumarme un pitillo.
Minerva se giró hacia él.
—Ni se te ocurra. Si has aguantado un viaje en avión, puedes aguantar diez minutos más para que analicemos esto entre todos —le dijo con tono de reprimenda.
Claudio negó con la cabeza.
—¡Por todos los santos! ¿En serio no lo veis? ¡Es la escena más genial y sofisticada que ha montado Su Eminencia!
En su tono había una pizca de admiración.
Stan se giró hacia Claudio.
—No tenemos todo el día, Claudio. Si se te ha ocurrido algo, suéltalo de una vez.
Claudio tragó saliva y miró otra vez la mesa, que tendría unos seis o siete metros de largo. La escenificación parecía estar dividida en varios grupos de maniquís que, sentados detrás de la mesa, los miraban fijamente.
Había doce maniquís, para ser exactos.
Cuatro grupos de tres, con un maniquí central con las manos abiertas en el centro de la escena. A la derecha había dos grupos de tres maniquís y a la izquierda lo mismo. Con la única diferencia de que, en el primer grupo, había uno que no era un maniquí, sino la víctima.
—Minerva, ¿cuántas figuras hay en la mesa?
Ella alzó un dedo y los contó.
—¿Te refieres a los maniquís?
—Me refiero a todos los elementos de la mesa, incluida la víctima.
Ella contó otra vez.
—Trece.
—Exacto —afirmó Claudio—. Y si quitamos el del centro, ¿cuántos quedan?
—¿Me tomas por idiota? ¿Es un examen de matemáticas o es que tú no sabes contar? —le espetó ella.
Claudio se giró hacia ella, casi divertido por su exagerada reacción.
—¿Cuántos son, Minerva? Cuando lo digas en voz alta lo entenderás.
Ella bufó.
—Doce… —contestó con los ojos en blanco.
—Exacto, doce. Y el doce, en la religión católica, en la Biblia, ¿qué número representa?
Minerva lo miró con fastidio.
—Odio tu religión y odio ese maldito libro, que ha traído más problemas que beneficios al mundo.
—No deberías confundir lo que pone en la Biblia con lo que hacen las personas, Minerva, pero eso es otro tema. Ahora tenemos que resolver esto… —afirmó Claudio, un poco molesto porque no quería desviarse del tema.
—¡Maldita sea, Claudio! El jodidísimo doce, ¡claro! —afirmó Stan, que ya lo había entendido—. ¡Los doce apóstoles!
Claudio asintió.
—¡Premio! —exclamó y miró a Minerva guiñándole el ojo—. Era fácil, ¿verdad?
Ella no le contestó.
—Doce apóstoles y uno central.
—Jesús —añadió Stan.
—Exacto. ¿Y qué escena representan, chicos? —preguntó Claudio, como si fuera el profesor, y ellos los alumnos.
—La última cena —dijo Minerva de mala gana.
—Exacto. Su Eminencia ha representado la última cena . Ha escrito «No mentirás» en el mantel, y ha recreado un pasaje de la Biblia. Pero no uno cualquiera, sino uno de los más importantes de la religión católica —explicó Claudio.
—Pero, ¿por qué? —preguntó Stan.
—No sé por qué; eso aún no lo tengo claro.
Stan se pasó la mano por el pelo engominado, acariciando la masa de pelo duro y firme.
Los policías y los de la científica seguían detrás. Algunos habían salido del edificio y esperaban fuera. Otros, dentro, miraban sus móviles o intentaban escuchar la conversación de los inspectores.
—Hay un tema que se me escapa —dijo Minerva—. ¿Por qué la víctima no es el personaje principal en esta escena? ¿Por qué no lo ha puesto en el centro? Sería lo más correcto, ¿no? Podría representar a Jesús, diciendo al mundo: «No mentirás».
Claudio la miraba mientras hablaba. Ella, en cambio, señalaba al cadáver y al maniquí con las manos abiertas que representaba a Jesús, justo en el centro.
—Tienes razón —dijo Claudio—. En un principio pensé lo mismo.
¿Por qué la víctima no está en el centro?
Sería lo más lógico. El resto es atrezzo , decoración.
Pero no, el centro no es él; es otra persona, otra figura, otra institución.
Creo, Minerva, que aquí es donde está la clave para entender lo que nos está diciendo Su Eminencia.
—Hay que identificar a la víctima —afirmó Stan.
—Cierto —dijo Claudio—. Cuando sepamos quién es, sabremos más sobre las cosas que hacía en vida, y podremos entender los pecados de los que lo acusa Su Eminencia.
Permanecieron unos instantes en un silencio contemplativo.
Los tres se quedaron sin argumentos, sin saber qué decir.
Minerva se acercó a la víctima. El hombre presentaba una laceración profunda en la yugular por donde, seguramente, había muerto desangrado. Su boca estaba cosida con un hilo dorado y su cuerpo estaba en una posición muy extraña.
—¿Por qué está en esa posición, y no de frente, como los otros? —preguntó Minerva.
Claudio se acercó. Minerva tenía razón. La víctima estaba en una posición forzada, sujeta por clavos y maderas.
El cadáver estaba sentado, mirando al maniquí central.
Tenía el brazo derecho apoyado en la mesa.
Sujetaba una bolsita, con el codo doblado y la mano retraída hacia el pecho.
Le habían puesto clavos en el antebrazo y la espalda para sujetarlo a una estructura de madera.
En su otro brazo, el izquierdo, la mano estaba abierta y apoyada en la mesa.
Varios tornillos pasaban por la mano, penetrando en ella, cruzando tejidos y huesos.
—Sí. Yo también me pregunto por qué lo ha puesto en esta postura —dijo Claudio.
—Tenemos que averiguarlo —dijo Stan—. Está claro que todos esos detalles son importantes.
—Desde luego… —añadió Claudio.
Minerva indicó la bolsita que sujetaba el muerto.
—¿Qué diablos habrá en esa bolsa?
—Lo sabremos cuando los de la científica desmonten todo esto —dijo Stan—. Obviamente, no podemos cogerla sin más.
Claudio se acercó y sacó un bolígrafo de su parka.
Con mucho cuidado de no dejar huellas, apartó la ropa de la víctima con el bolígrafo. Al hacerlo, apareció lo que Claudio buscaba.
Ahí estaba: un tatuaje con el mensaje de Su Eminencia, escrito en clave.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Claudio. Sintió algo personal en ese mensaje. Algo relacionado con San Carlo Borromeo, con Milán y, sobre todo, con él mismo.
Ese mensaje cifrado parecía hecho para él.
Apartó por completo la manga para poder verlo en su totalidad.
—¿Me haces una foto de esto? —le pidió a Minerva.
Ella asintió y obedeció.
Bajo la manga de la víctima había algunos caracteres del antiguo alfabeto.
Un policía de la científica se acercó y le tocó un hombro a Claudio.
El hombre era alto, con ojos grandes y expresivos.
Sonrió al seminarista.
—He seguido vuestras investigaciones de Su Eminencia —dijo el policía—.
He leído los artículos del Britannia Post y de los periódicos italianos.
He visto numerosos programas en los que interpretaban todo esto.
Y, si me permite… —se dirigió sobre todo a Claudio, con tono muy educado—.
Creo que, a lo mejor, he entendido algo sobre esta escena que vemos aquí.
Claudio, al escuchar sus palabras, abrió los ojos de par en par. Le sorprendió que aquel policía supiera más que ellos.
Asintió.
—Por favor, díganos, ¿a qué se refiere?
El policía suspiró, orgulloso de poder ayudar y empezó a hablar, dejando a todos boquiabiertos.