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Minerva conocía muy bien el olor de la escena de un crimen.
Cuando Minerva entró con Claudio, todos los agentes de policía y de la científica se habían reunido alrededor de una mesa. Tilda y Stan, que ya habían visto aquel desastre, prefirieron esperar fuera.
Pero era lo mismo de siempre: otra víctima que no habían salvado.
Minerva apretó los puños y sintió dolor en el costado. Era el mismo que sentía cada vez que veía una víctima; el mismo que sintió al ver a su madre muerta. Pero este dolor era más intenso, más ácido, porque nacía desde la culpa. Se sentía responsable de la escena que tenía delante.
Miró a su alrededor, imaginando que aquella escena era un fotograma en el que el mundo se había detenido solo para ella.
Era lo mismo que hacía con su padre cuando era pequeña.
Cuando veían películas policiacas, cogían el mando y detenían la imagen justo en la escena del crimen. El fotograma perfecto , lo llamaban.
Una vez encontrado, lo miraban con atención. Analizaban la escena del crimen como dos frikis de los asesinatos.
Su padre le decía: «Mira eso» y también «Fíjate en eso». De pronto, en aquel edificio abandonado, sintió el mando del vídeo VHS en su mano. Pesado, largo y con muchos botones pequeños.
Claudio y ella habían corrido hasta el parque Sempione desde el restaurante.
En un ala del parque había un viejo convento, contiguo a las murallas.
Estaba abandonado, cerca de una pequeña iglesia.
El edificio estaba vallado y el cartel indicaba que el ayuntamiento de Milán lo estaba restaurando con fondos europeos.
Pero su interior parecía detenido en el tiempo.
No había obras, ni operarios, ni ninguna actividad de restauración.
El techo era alto, abovedado y con travesaños de madera, de aspecto medieval. Le recordó a la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Casi podía oír a los monjes y sus cantos gregorianos.
—Seguramente, la elección de este lugar no es casual —dijo Claudio—. Este es el viejo monasterio de San Carlo Borromeo.
Ella no respondió enseguida, pero supo que tenía razón. Nada con Su Eminencia era casualidad. Menos aún, la escenificación mortuoria que tenía delante.
Suspiró y, de pronto, todos volvieron a cobrar vida delante de ella.
Las réflex de los agentes de la científica realizaron de nuevo fotos. Los policías hablaban entre ellos, pero no necesitó más que un minuto para darse cuenta de un detalle: la policía de Milán estaba susurrando, posiblemente por respeto al muerto, o por reverencia al espacio eclesiástico.
Sintió una mano que se apoyaba en su hombro. Era un agente de la científica, que le indicó que tanto ella como Claudio se debían poner batas blancas para no contaminar la escena.
Ella asintió y los dos obedecieron.
—¿Qué te llama la atención? —preguntó Minerva al seminarista.
Era la pregunta habitual que hacía Stan a Minerva. Una pregunta trampa que ella siempre respondía. Por una vez, era ella quien quería que otro le diera una visión alternativa.
Claudio quiso pasarse la mano por el pelo, pero se encontró un gorro azul que se lo impidió.
—No lo sé, acabo de entrar.
—Da igual, Claudio. Dime lo que ves —susurró.
Él resopló y miró de un lado al otro. No sabía por dónde empezar.
—Todo esto es muy extraño, Minerva.
—¿Qué es extraño?
—Creo que ya podemos llamar oficialmente a Su Eminencia el asesino de los diez mandamientos, porque esto confirma que planea muchos más homicidios.
Minerva asintió.
—Sigue…
—Volvemos a encontrar una frase escrita. Ha vuelto a escribir algo con la sangre de la víctima. Esta vez es «No mentirás».
—¿Qué mandamiento es ese?
—Ya lo decía en el vídeo Su Eminencia, el octavo mandamiento. «No darás falso testimonio ni mentirás».
Minerva suspiró.
—¿Y qué diablo tiene que ver esto con Milán, Claudio, qué diablo tiene que ver esta persona con ese mandamiento? No entiendo nada… —dijo con tono desesperado.
Claudio se giró hacia ella. Minerva tenía la cabeza ladeada. En sus ojos estaba el horror de todas las escenas atroces y terribles que ya había visto.
Se acercó y la abrazó.
La apretó muy fuerte contra su cuerpo. Ella se dejó abrazar por unos instantes, aunque luego lo separó con delicadeza.
—Está bien, tenemos que seguir.
Claudio asintió. La cogió de la mano y la llevó más cerca de la escena del delito.
—Como te decía, tenemos otra vez una frase escrita. Y tenemos otra vez el cáliz, la patena con sangre… Así que, tal y como pensábamos, podremos buscar a Matteo por las tiendas de objetos religiosos.
Ella asintió.
—¿Por qué le ha cortado la yugular? ¿Qué crees? —preguntó Minerva.
—No lo sé, tú eres la criminóloga.
Ella esperó unos segundos antes de contestar. Mientras pensaba, entró Stan, se puso el traje blanco de la científica y se colocó por detrás de la inspectora.
—No quería interrumpirte, Minerva, sigue. Solo quiero escuchar —dijo con su voz grave de fumador—. ¿Me he perdido algo?
Ella negó con la cabeza.
—¿Y Tilda?
—Ha cogido un taxi, se marcha al hotel a, ya sabes, redactar…
—Pero… —interrumpió Minerva.
Stan asintió.
—Sí, pondrá el retrato robot de Matteo —aseguró Stan e hizo un gesto con la cabeza—. Seguimos aquí. ¿Qué vemos, chicos?
Los tres se giraron.
Enfrente tenían una mesa cubierta por un mantel blanco.
No era un mantel moderno o barato de producción en masa.
Se notaba diferente. Minerva lo tocó con los guantes; parecía un tejido antiguo, como sacado de la mesa de un festín medieval.
«No mentirás» destacaba sobre la tela. Debajo, las patas que sujetaban la estructura eran caballetes.
Eran sencillos, de pintor, de los que se compran en las tiendas de bricolaje y sujetan las mesas de los mercados.
La escena estaba enfocada de cara a la puerta principal, para que la gente, al entrar, se la encontrara de frente.
—Esta vez, Su Eminencia se ha superado —dijo Claudio, casi con una pizca de admiración.
—¿Por qué, Claudio? —preguntó Stan.
—Porque nos llevará mucho más tiempo de lo normal interpretar todo lo que hay aquí. Y mientras —dijo y se giró hacia Stan—, la avalancha de interpretaciones que empezarán a correr por las redes y los medios de comunicación será tremenda.
—Que eso te lleve sin cuidado, Claudio. Tú concéntrate y dinos qué diablo es todo esto…
El seminarista respiró profundamente y se giró de nuevo hacia la mesa. Detrás de ella estaban todos los componentes de una escena que aún no sabían cómo interpretar.
El muerto se encontraba en una posición extraña y, a su alrededor, habían dispuesto doce maniquís. ¿Qué tenía que ver todo eso con el octavo mandamiento? Necesitaba concentrarse, y sorprendió a todos dando unos pasos hacia atrás, en lugar de acercarse.
Al tomar distancia, tuvo una visión genérica de la escena y lo entendió todo. Vio de repente un mensaje, invisible para la policía pero totalmente claro para alguien de vida religiosa, de símbolos y de interpretación bíblica.
Al entenderlo ahogó un grito y se tapó la boca, por respeto al muerto, al lugar y a la escena que representaba todo eso.