30
Aunque la trattoria estaba abarrotada, tuvieron la suerte de encontrar una mesa para dos disponible.
En la Antica Trattoria della Pesa acababa de levantarse una pareja. Él era pelirrojo y ella rubia, con rasgos inequívocos del norte de Europa.
A Claudio le pareció que aquella era la mesa más romántica del restaurante. No cabía duda. Estaba debajo de una escalera, iluminada por una vela y con luces más tenues que el resto del local.
El suelo era de mármol rojo y blanco, dispuesto en damero. Las mesas tenían un mantel blanco y sillas de mimbre. Las paredes, hasta la altura de un metro, estaban forradas con láminas de madera oscura.
En un lado del restaurante, un viejo aparador ocupaba toda una pared. En él estaban los platos, vasos, cubiertos y menús.
Un camarero vestido con ropa elegante y delantal negro les dejó dos cartas.
Cuando Minerva vio la columna de la derecha, donde aparecían los precios, sus ojos se abrieron de par en par.
Claudio se dio cuenta y dio un par de toquecitos sobre el menú.
—No te preocupes, hoy paga el Vaticano.
Ella ladeó la cabeza.
—¡Pero si aquí gastaremos casi cien euros para dos platos de nada!
Él negó con la cabeza.
—El secretario del Vaticano me dio una tarjeta para gastos varios. Paga la Santa Sede —explicó Claudio.
Minerva soltó un suspiro de alivio.
Claudio cerró la carta enseguida. Esperó a que Minerva acabara de decidirse y, mientras tanto, se puso a mirar a la gente que estaba cenando.
Allí donde Claudio miraba, veía mujeres elegantes con portes distinguidos, acompañadas de hombres trajeados y bien vestidos.
Parecía que Milán estaba infectada por el virus de la moda y del derroche, y que todos estaban muy preocupados por las apariencias.
Cuando Minerva cerró la carta, el camarero se les acercó.
Ella pidió una cotoletta alla milanesa y él un risotto alla milanesa .
Después el camarero recogió las cartas y se marchó.
—En España te mirarían muy mal por pedir arroz para cenar, ¿sabes? —afirmó ella—. Y en Valencia aún peor.
Claudio arrugó las cejas.
—¿Por qué?
—Porque el arroz y la paella se comen al mediodía, no por la noche.
Él se extrañó.
—En Italia el arroz y la pasta son tanto para comer como para cenar.
Ella asintió.
—Ya lo veo, ya…
Claudio despegó los ojos de ella y se esforzó por mirar al resto de la sala. Quería disimular la incomodidad que sentía al formularle la pregunta que había decidido hacerle.
—¿Nunca te has casado?
La pregunta pilló a Minerva desprevenida y con las defensas bajas, muy bajas.
—¿Cómo dices?
—Es una pregunta fácil, Minerva. No la hagas más difícil de lo que es, con lo que me ha costado hacértela.
Ella alargó la mano al cestito de pan, cogió un panecillo, arrancó un trozo y se apresuró a comérselo para ganar tiempo.
—¿A qué viene esta pregunta?
Él suspiró.
—Tú ya sabes que yo estuve a punto de casarme; ahora te toca a ti —aclaró Claudio—. ¿O prefieres que nos quedemos callados, o que hablemos solo de Su Eminencia y otros asesinos en serie, sin cruzar la línea de lo personal?
Ella estuvo a punto de contestar que eso era lo mejor para la investigación, pero, en el fondo, tenía ganas de hablar con él de temas personales. Después de todo, antes que cura era hombre.
Es más, aunque no quisiera admitirlo, la pregunta le gustó. En el fondo sabía que cuando un hombre pregunta, es porque está interesado.
—Hubo un hombre en mi vida… —comenzó Minerva, y se detuvo.
Él asintió e hizo un gesto para que siguiera.
—Pero al final se fue.
—Se fue… ¿qué quieres decir?
Ella cogió otro trozo de pan.
—Hubo una investigación y después se marchó.
Claudio apretó las palmas de las manos contra el borde de la mesa, nervioso.
—¿Has dicho investigación?
Ella lo observó, afinando la mirada.
—Sí, investigación. Éramos compañeros; era investigador en la DAS.
Claudio levantó las cejas; eso se ponía cada vez más interesante.
—¿Y qué pasó?
En ese momento apareció el camarero con los dos platos.
Apoyó con suma delicadeza el plato delante de Minerva.
Luego lo giró hasta que el logo de la trattoria quedó exactamente frente a ella.
En su interior se encontraba una chuleta de ternera empanada, acompañada por patatas fritas y judías verdes.
Era fina, pero sobresalía del plato por varios sitios.
Luego le dejó a Claudio su plato. El risotto, amarillo y humeante, dejaba una estela aromática que le hizo la boca agua.
— Buon appetito —les deseó el camarero con una ligera inclinación de cabeza. Luego se marchó.
—Que aproveche —añadió Claudio con una sonrisa.
Minerva cogió los cubiertos y, sin esperar más, cortó un primer trozo de carne. Al degustarla, descubrió que estaba crujiente por fuera y perfectamente tierna por dentro. Su expresión delataba que era una delicia.
Claudio sonrió y probó el risotto , que estaba en su punto, cremoso y con ese toque de azafrán tan típico.
—Sigue… ¿qué pasó en esa investigación de la DAS?
—Eres muy curioso, ¿no?
Él negó con la cabeza.
—Lo has dicho tú. Si no querías hablar de ello, supongo que no lo habrías mencionado, ¿no te parece?
Ella tragó un bocado y dejó los cubiertos. Se limpió con la servilleta y cogió una patata frita. La mordisqueó un poco, comiendo solo la mitad.
—Era mi jefe. Tuvimos una relación y fue mal. Nada más. Trabajar con alguien y tener una relación con él a la vez es muy complicado. No todo el mundo sabe gestionar eso. —Claudio asintió—. Tú lo tienes fácil, ¡te vas a hacer cura y no tendrás este problema!
—Supongo que sí…
—¿Supones?
—Supongo que sí, claro… —respondió Claudio y se detuvo—. ¿Recuerdas lo que me preguntaste en el aeropuerto de Madrid?
Ella, que estaba comiendo otra patata frita, asintió.
—Perfectamente.
—¿Qué me dijiste? —preguntó él.
—Que si estabas seguro de lo del voto de castidad.
Esa frase, dicha con tanta claridad, hizo ruborizar al seminarista.
—¿Por qué me lo preguntaste?
Ella se encogió de hombros.
—Es una promesa… como te diría… muy fuerte, muy trascendental, ¿no? Porque esto no es hoy sí, mañana no, y luego otra vez sí. ¿Verdad?
Claudio negó con la cabeza.
—Exacto, se considera una promesa de la cual uno no puede retractarse así como así.
—Eso digo yo… habrá que pensárselo muy, pero que muy bien.
—Es cierto. Gracias por hacerme reflexionar sobre ello.
Ella hizo un ademán.
—Eso es cosa tuya, tú sabrás —añadió, cortó un trozo más de filete y, antes de comérselo, preguntó—. ¿Así que te metiste a cura después del desamor con la pava esa?
Él sonrió y bajó la mirada a su plato. Sintió cada vez más interés en sus preguntas pero, a la vez, le daban un poco de vergüenza.
—Así es.
Ella asintió.
—Eres muy joven para reaccionar así a un desengaño, ¿no? Eres un poco raro, Claudio —comentó Minerva—. Lo que hace la gente normal es tomarse un año sabático para recorrer la India. O comprarse un descapotable. Hacerse un tatuaje, si me apuras, empezar a hacer deporte como locos, no sé, cosas así.
—Yo había oído que se compraban una moto.
Ella negó.
—Los divorciados se compran una moto. Los que rompen con la novia de toda la vida, se compran un descapotable.
Claudio no pudo contener la risa. Cubrió su boca con la mano que sujetaba el tenedor y la miró con complicidad.
—Muy buena.
—Entonces, ¿no me lo piensas decir? —preguntó ella otra vez.
—¿Por qué tomé la senda de Dios?
—Eso.
—¿Y tú me explicarás qué pasó con tu exnovio? ¿Qué pasó en esa investigación que lo dejasteis?
—A pesar de ser cura, eres muy cotilla.
—No tiene nada que ver una cosa con la otra.
—Ya… —afirmó ella con tono algo decepcionado—. Pero si te lo digo tendré que matarte…
—Si es una confesión, tengo el deber de guardar el sigilo sacramental.
Justo cuando Minerva iba a contestar, su teléfono sonó.
Sacó el aparato y miró la notificación en la pantalla.
En sus ojos apareció miedo y rabia a la vez. Dejó el aparato en la mesa, a la vista de Claudio. Este lo cogió y lo leyó. Por desgracia, ya se imaginaba lo que podía esperarse de un mensaje a esa hora.
La investigación acababa de tomar velocidad.