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La aguja relucía tanto que Matteo se podía ver reflejado en ella.
No le gustaba lo que tenía que hacer, pero era el paso más importante de todos: la escenificación del mandamiento.
Se encontraba delante de su víctima. Aquel lugar semiabandonado era perfecto para que encontraran más tarde a la víctima y quedara claro el mensaje del octavo mandamiento.
Se había puesto una bata blanca, una mascarilla, unas gafas de protección transparente como las de los científicos y guantes de látex.
Miró por última vez a Federico. Así era como todos conocían al famoso empresario y mentiroso compulsivo. Después de su intervención, la gente ya no lo reconocería jamás.
Apoyó la aguja en el labio superior y aplicó cada vez más presión.
Fue incrementando la fuerza, hasta que la aguja, poco afilada, penetró en la carne y traspasó el labio superior.
Cruzó todo el labio hasta salir por la parte interna.
Luego tiró del hilo y lo atravesó por completo.
Metió la aguja de nuevo en la boca y presionó el labio inferior para que también lo perforara.
Estiró nuevamente, y el primer punto de costura quedó hecho.
Matteo torció la cabeza para verlo bien y se sintió orgulloso de su primer punto.
Llevaba muchas semanas practicando con pieles de animales, con bistecs e incluso con piel de cerdo comprada en la carnicería. Pero no era igual que hacerlo con un cuerpo humano, especialmente si el sujeto aún estaba vivo.
Su Eminencia le había indicado que debía usar una aguja muy afilada, ya que el castigo no residía en el dolor de coserle la boca. Sin embargo, Matteo eligió aquella adrede porque quería disfrutar viendo cómo sufría la víctima.
Al segundo punto de sutura, el somnífero se fue disipando y Federico empezó a apretar los párpados por el dolor.
Luego, cuando ya tenía la boca medio cosida, abrió los ojos de par en par.
En sus ojos se veía el sufrimiento y el tormento por los que estaba pasando.
Por primera vez, vio la cara de su secuestrador.
Y supo que eso no era nada bueno. Sus gemidos empezaron a difundirse por el espacio vacío.
Federico intentaba gritar, aunque no podía abrir la boca.
Matteo comprendió que algún transeúnte del parque podría oírlo.
La víctima ladeó la cabeza, intentando quitarse la aguja y los puntos solo con la fuerza de su cuello.
Matteo cogió de la mesa un taser y lo dejó inconsciente.
Federico regresó al mundo de los sueños.
Matteo dejó el taser a un lado y siguió.
Una vez cosida toda la boca, cortó el hilo y observó su obra a distancia.
—Para ser mi primera boca, tampoco me ha quedado tan mal…
Guardó la aguja y colocó al hombre sentado en una silla.
Tuvo que esperar un rato a que se despertara.
Cuando Federico abrió los ojos, se notaba por su expresión que el dolor debía de ser insoportable. Intentó abrir la boca para gritar, pero eso solo hizo que el dolor fuera más intenso. Cuanto más gritaba, más le dolía.
Matteo le sujetaba la cabeza por el pelo con su mano derecha, mientras sostenía un cuchillo en la otra. Los dos se miraron fijamente a los ojos. En ese momento, Matteo se sintió como Abraham a punto de sacrificar a su hijo Isaac.
El poder que Su Eminencia le había otorgado, y que le había hecho creer que tenía, se le subió a la cabeza de golpe.
Los ojos de Federico, llenos de lágrimas, cambiaron de expresión; del dolor pasaron a una furia vengativa.
Matteo no dejó que pasara más tiempo, y pronunció aquellas palabras que Su Eminencia llamaba la antiextremaunción.
—Has pecado contra el octavo mandamiento. Has hecho de la mentira tu oficio. La justicia de los hombres creyó en tus palabras. Pero la Verdad jamás puede ser engañada. Yo solo ejecuto su voluntad.
Dicho eso, realizó un rápido movimiento con la mano izquierda.
Federico ni siquiera entendió lo que pasaba. Sintió que el aire escaseaba. Fallaron los pulmones y sintió que se estaba asfixiando. El dolor en los labios fue desapareciendo y la presión fortísima en la garganta se fue intensificando.
No le dio tiempo de ver que la mano izquierda de su verdugo sujetaba un cuchillo. Empezó a entrecerrar los ojos. Se pusieron en blanco y luego se dejó llevar. Las fuerzas se le disiparon y la ley de la gravedad hizo que el cuerpo cayera de la silla al suelo.
Tenía la garganta completamente abierta. El cuerpo se movía en espasmos involuntarios y reflejos del sistema nervioso.
Matteo sonrió. Lo había hecho; había matado por Su Eminencia.
Esperó, con la mirada fija en un taburete que tenía delante, donde estaba el cáliz que había llenado con la sangre del corte. Un chorro de líquido rojo había caído en el recipiente. Era la cantidad exacta que necesitaba.
Dejó el cuchillo, lo limpió y se centró en el paso siguiente.
Se secó el sudor y se puso manos a la obra.
Necesitó casi una hora para dejarlo todo montado.
Realizó las fotos tal y como le había indicado Su Eminencia y se las mandó por correo electrónico. Luego recogió todas sus herramientas y se marchó.
Antes de cerrar la puerta miró por última vez la escenificación que había creado. Se sintió orgulloso de su obra. Dentro de pocas horas, esa imagen correría como la pólvora por la web y por las portadas de periódicos de medio mundo.