No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 28
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Minerva y Claudio llegaron caminando hasta la plaza del Duomo. Justo antes de entrar en la Galería de Vittorio Emanuele , ella continuó hablando.

—Creo que el Vaticano es un pozo de mugre social, por no usar otro término.

Está lleno de dinosaurios desconectados de la realidad, que hacen más mal que bien a la humanidad.

—Tras decir eso, se giró hacia él—. Esta gente está sumergida en su religiosidad y está ciega.

Son unos casposos y, entre ellos, hay pirados como Su Eminencia.

—Claudio intentó hablar, pero ella no le dejó—.

Mira qué cosas hacen: ¿una cruzada personal para llamar la atención de la sociedad?

¿En serio? Si este loco no matara, nadie le prestaría atención.

Claudio se mordió la lengua y se esforzó por dejarla terminar.

—¿Ya has terminado?

Ella lo miró de reojo y contestó.

—No, pero no quiero seguir, para no herirte… porque pronto serás uno de esos dinosaurios.

Él sonrió.

—Creo que no podemos meter a todos en el mismo saco. Hay gente maravillosa en el Vaticano, y otras personas que son…

—Nefastas —reiteró Minerva.

Claudio tragó saliva.

—Puede ser, como en todas partes.

Minerva le dio en el pecho con el dorso de la mano.

—Da igual, escúchame: si tus teorías son ciertas y Su Eminencia está en el Vaticano, podríamos ir allí y buscarlo. Directamente, tú y yo, hasta que lo saquemos de su jodida madriguera.

Claudio sonrió y le hizo un gesto con la mano.

—Ven, te enseño una cosa —indicó él—. ¿Tú sabes cuántas personas hay en el Vaticano?

Ella se encogió de hombros.

—¿Muchas?

—Unas quinientas personas viven en el Vaticano.

—¿Ves? Tampoco son tantas.

Claudio asintió.

—Pero, además, están los que viven fuera y van cada día a trabajar allí. Esos son más de cuatro mil.

Ella bufó. La idea, a pesar de ser complicada, seguía gustándole.

—Entiendo, cura, pero no lo descartaría —dijo y, al ver el lugar donde la había llevado, ahogó un gesto de apreciación.

Claudio y Minerva se quedaron unos segundos completamente callados, viendo la belleza y la magnificencia de la Galleria Vittorio Emanuele II .

Era imposible no hacerlo al ver la bóveda de cristal, los mosaicos, el suelo, la historia, las lámparas y el eco de la gente.

Minerva despegó los ojos de la vista que tenía delante y miró al seminarista.

—¿Qué te pasa? —le preguntó a Claudio.

—Siempre había visto fotografías… —respondió él e hizo una pausa—, pero esto no parece un edificio.

—¿Y, entonces, qué parece?

—Una catedral, pero dedicada al ser humano. —A ella le gustó el símil y sonrió—. Me quedaría toda la noche aquí delante, mirándola.

Minerva se dio la vuelta.

—Ya, pero yo necesito caminar…

Los dos reanudaron la caminata, dejando atrás la plaza del Duomo. Este ya estaba iluminado; sus centenares de agujas eran tan altas que desaparecían en el cielo. La Madonnina , una escultura de cobre dorado de la Virgen María, no se veía esa noche, ya que la ocultaba la neblina.

—Ese maldito pirado está jugando con nosotros. Seguro que está en algún sitio burlándose, mientras nos hace ir dando tumbos de un lado al otro de Europa, como títeres.

—Cierto, Su Eminencia es un titiritero, pero nosotros somos solo unos de sus títeres.

—Fantoches, diría yo… —añadió Minerva—. Tenemos que averiguar más sobre la figura del tal Matteo. Mañana tendremos un retrato robot. Es un buen inicio, ¿no te parece?

Claudio asintió.

—Esta misma noche estará en todas las comisarías, estaciones de servicio, estaciones de trenes y aeropuertos —dijo Claudio—. Es un avance.

—Sí, pero en cuanto sepa que lo están buscando, este hombre no irá a ninguna parte. Se quedará donde esté hasta cumplir el mandato de Su Eminencia.

—Podríamos barrer la zona y enseñar su retrato robot por todos los comercios, etcétera. ¿Qué te parece? A lo mejor, alguien sabe algo útil.

—Ya, pero…

—¿Pero qué?

—Creo que se me ocurre algo mejor. A Su Eminencia le gusta que el asesino deje algún elemento religioso en la escena del delito. ¿Y si empezamos por las tiendas de artículos religiosos?

En ese momento dejaban la catedral de Milán por detrás, caminando por la Via Dante. Delante, entre la niebla cada vez más espesa, empezaba a aparecer el Castillo Sforzesco.

—Es una excelente idea —dijo Claudio—. ¿Cuántas puede haber? ¿Cinco, diez?

Minerva asintió.

—Y de ahí, podemos tirar de la manta. Buscar cámaras de vigilancia, seguir el camino que hizo hasta la tienda y, con suerte, hasta llegar a su vehículo. Cuando consigamos una matrícula, ya lo tendremos.

Claudio sonrió, aunque Minerva no lo vio porque caminaba tan rápido que estaba delante de él.

—Otra cosa, tenemos que pedirle a Tilda que publique el retrato robot. Eso nos ayudaría y nos daría ventaja.

Claudio dio una palmada.

—¡Claro! Qué buena idea. Imagínate: el asesino estaría en boca de todos. Sus amigos, o compañeros de trabajo, lo apuntarían como el sospechoso principal. Es una idea genial.

Minerva asintió, pero no estaba muy convencida.

—Tengo la sensación de que somos muy optimistas y todo esto no servirá para nada.

—Ya, pero si no lo probamos, no lo sabremos.

Llegaron hasta el Castillo Sforzesco. Llevaban, desde que salieron del hotel, un buen rato paseando. Ya era completamente de noche. Los árboles, aunque estuvieran sin hojas, le daban al lugar ajardinado un encanto maravilloso.

Las luces amarillas iluminaban el castillo, el foso y las murallas. Había parejas que caminaban de la mano, y algunos deportistas corriendo.

Claudio se frotó el abdomen.

—No he comido mucho en todo el día. Será mejor que volvamos con los demás a cenar, porque tengo mucha hambre —dijo.

Él echó a caminar de vuelta, pero Minerva solo le siguió con la mirada. Cuando él se dio cuenta de que ella no estaba detrás, se giró de golpe.

—¿Qué pasa? ¿No vienes?

Minerva tragó saliva. De pronto fue invadida por una sensación extraña, muy poco habitual en ella. No tenía claro si podía expresarlo o era mejor guardarlo para ella.

La verdad era que estaba a gusto y le apetecía quedarse más tiempo a solas con Claudio.

Pero, ¿qué pensaría él si se lo decía?

No había forma de justificar sus ganas de pasar más tiempo con un hombre a punto de hacer un voto de celibato.

A Minerva, toda esa situación le venía grande y le costaba aclarar sus pensamientos.

Al final asintió. Lo más sensato era volver al hotel y cenar con Stan y Tilda.

Y hablar del caso. Y nada más.

Dio un paso, pero luego se detuvo.

¿Y qué importaba si cenaban solos? Al final, eran compañeros de trabajo y compartían una investigación que los estaba llevando al límite. Y en situaciones así, era normal querer conocer bien a la gente que te rodeaba.

Claro. No tenía nada de malo si Minerva quería conocer mejor a la gente que trabajaba con ella.

Asintió y sonrió por dentro; había encontrado el clavo al que agarrarse.

—¿Y si cenamos fuera?

Claudio arrugó las cejas.

—¿Cómo dices?

—Que esos dos cenen solos. Les vendrá bien un poco de… —dijo y se interrumpió; decidió evitar la palabra “intimidad”—, en fin. Ya sabes.

—¿Eso quiere decir…? —dijo Claudio, y se ruborizó un poco mientras miraba a su alrededor.

—Busca algún sitio, ¿no? —respondió ella e indicó su móvil.

Él contuvo una sonrisa antes de que saliera. Y a los pocos segundos, encontró un lugar cerca donde poder cenar ellos dos solos.