27
—¿Adónde vas? —preguntó Claudio.
Minerva no se giró; ya sabía quién era. Habría reconocido su voz en cualquier parte.
Claudio aceleró el paso y se le acercó más.
—Minerva, te estoy hablando.
—Lo sé, y yo te escucho.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
Claudio dio un par de pasos rápidos, sujetándose la sotana, hasta que pudo mirarla a los ojos.
—¿Adónde vas? —repitió, con ese tono siempre agradable que parecía ser su marca personal.
Ella no respondió enseguida. Siguió alejándose del hotel, que ocupaba un antiguo convento del siglo XV.
—Estoy cansada.
—Y cuando estás cansada, ¿sales corriendo?
Minerva, sin parar de caminar en dirección al centro, se giró hacia el seminarista. Lo miró con sus ojos grandes, oscuros y penetrantes.
—Necesito caminar.
—¿Estás cansada y necesitas caminar?
—Mira, cuando necesito caminar, necesito caminar. Nadie te ha pedido que me sigas.
Claudio subió las cejas y sonrió.
—Siempre tan amable, inspectora Cadalso, ¿verdad?
Los dos se detuvieron al final de la calle. Ella miró en las dos direcciones, sin saber bien por dónde seguir su camino, ya que caminaba sin rumbo.
Claudio levantó la mano y le indicó la placa de la calle, a varios metros de altura.
—¿No te parece interesante?
—¿El qué?
—Que esta calle se llame Jesús.
Ella fingió indiferencia, aunque le pareció curioso; casi premonitorio.
—Tú eres italiano. Dado que estamos en tu país, ¿propones alguna dirección en concreto para seguir?
Claudio bajó la mirada de la placa, de la cual acababa de sacar una foto con su móvil, y empezó a pensar.
—Me pillas desprevenido, inspectora.
—Yo te hacía más preparado, cura.
—Y dale con lo de cura —dijo él con retintín—. Es mi primera vez en Milán, así que no tengo mucha idea de dónde estamos. Igual que tú.
Claudio consultó su teléfono móvil.
—Pero podríamos ir por aquí, por ejemplo.
Dieron unos pasos, y de pronto, como si fuera un guía turístico, se puso a explicarle cosas a Minerva.
—¿Conoces Via Monte Napoleone ?
Minerva estaba concentrada en los escaparates.
La noche había aterrizado y toda la potencia lumínica de la Milano turística y más céntrica se había encendido.
A su alrededor se encontraba la parte más elegante, la más chic y pudiente de la ciudad.
Coches de lujo y deportivos llenaban la calle.
Las vitrinas irradiaban ostentación: Prada.
Armani. Dolce solo echó a andar detrás de ella, que había acelerado el paso de nuevo.
Caminaron en silencio hasta el final de la calle. Observaron a la gente que salía de las tiendas con grandes bolsas, después de haberse dejado miles de euros en objetos que ocuparían rincones de su armario y que solo aplacarían el vacío de su interior por pocos minutos.
Entraron en la Piazza di San Babila . A esa hora, una masa de gente se movía por allí.
Hombres y mujeres de negocios entraban y salían de los edificios.
Se marchaban en metro o en autobuses, o pedían taxis.
Todos elegantes, todos con prisa, todos hablando por teléfono o con auriculares inalámbricos, desconectados del mundo que pisaban, desconectados del momento que solo era un trámite para moverse de un punto al otro de la ciudad.
A Minerva, ver esa masa de personas elegantes, le dio la impresión de estar en el rodaje de una película.
Claudio indicó una dirección y siguieron. Dejaron atrás la boca del metro, las jardineras ovales y la fuente de la plaza, para seguir por una calle peatonal, Corso Vittorio Emanuele II .
Siguieron hasta la Basilica di San Carlo al Corso y se detuvieron delante. Contemplaron la plaza que la antecedía, la fila de columnas y la cúpula. Luego siguieron caminando, en dirección al Duomo.
—¿En qué piensas? Llevas un buen rato en silencio —preguntó Claudio.
Minerva seguía con las manos en los bolsillos. Empezaba a intensificarse el frío nocturno.
—Que creíamos ir un paso por delante de Su Eminencia y resulta que seguimos a remolque de este hijo de perra —dijo ella y Claudio asintió—. En París dijiste algo…
—Creo que en París dije muchas cosas… —respondió Claudio sonriendo.
—Ya, pero dijiste que tenías la impresión de que Su Eminencia era italiano, ¿no?
Claudio necesitó un momento para recordar eso.
—No, lo que dije era que conocía la lengua italiana lo suficientemente bien como para usar refranes y frases hechas de origen italiano.
—Eso es. Y recuerdo que también dijiste que una posibilidad era que pudiera vivir en el Vaticano.
Claudio asintió y le explicó que acababa de estar allí. Le habló de Mangiafuoco, el secretario del papa, y de su preocupación por resolver aquel caso.
—Te voy a decir lo que pienso del Vaticano, Claudio. Y no he estado nunca allí, y no tengo ni idea, pero espero que mi opinión no te ofenda…