26
Matteo, el asesino, miró a su víctima dormida y pensó en una frase que solía repetirle Giovanni, su excompañero de trabajo:
«Un Excel todo lo soporta».
Giovanni, el hombre con el que había compartido tantas horas en el trabajo, se refería a que los presupuestos, o las previsiones, podían ser muy pesimistas u optimistas, pero siempre eran fáciles de justificar en el papel.
La realidad, sin embargo, era otra cosa.
Un documento teórico no era la vida. Los números eran más simples que la realidad.
Mientras Matteo movía el cuerpo dormido de su presa, pensaba justamente en eso.
Había perdido la seguridad en sí mismo que sintió al repasar el plan en la tranquilidad de su casa.
Nada que ver con esos días en que Su Eminencia lo llamaba para revisar cada paso.
Entonces todo era factible y se sentía un auténtico león.
Dejaría de ser un cordero perdido de Dios para convertirse en el héroe de la historia.
Matteo, el emisario de Dios. Por medio de él, la voluntad del Señor se cumpliría.
Todo eso le decía Su Eminencia. Y Matteo se sentía invencible como Sansón, como David.
Sentía que ningún enemigo podría derrotarlo.
Ahora, sujetando a su rehén, ya no se sentía el mismísimo Moisés, capaz de separar las aguas.
Tenía dudas.
Dejó al hombre cerca del lugar donde tenía que escenificar la muerte.
Al soltarlo, la cabeza dio un golpe sordo contra el suelo. El hombre dormido hizo una mueca de dolor.
—Tranquilo, ya no vas a necesitar esa cabeza…
El ruido sordo, casi hueco, se repartió por la estancia. Unas palomas que estaban en el techo echaron a volar, se colaron por unos agujeros y salieron al parque que había fuera.
Matteo sonrió. El cuerpo de su víctima ya estaba en el lugar indicado. Había dado un paso más hacia la victoria. Solo le quedaba sacar el coche con el que había llevado a la víctima hasta allí y aparcarlo fuera. Sacó el vehículo y después regresó caminando al lugar donde terminaría su obra.
De pronto se preguntó qué ocurriría si la dosis de somnífero fuera insuficiente. Era bastante para tumbar a un elefante, pero, ¿y si la hubiera calculado mal? Eso podía echarlo todo a perder.
Aceleró el paso por el parque.
Entró por una valla que cercaba una zona de obras y la cerró tras de sí.
Cuando llegó, se sintió aliviado al ver que su rehén seguía allí.
Sus pasos reverberaron por el espacio abandonado.
Su Eminencia tenía el plan estudiado hasta en los más mínimos detalles.
Este hombre sería la primera víctima del octavo mandamiento: «No darás falso testimonio ni mentirás». Y Matteo era el encargado de llevarlo a cabo.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono naranja, de usar y tirar. Se lo había enviado Su Eminencia, y debía tenerlo siempre cargado, listo para cuando él llamara.
Matteo hizo una mueca.
Ahora, desde que había aparecido ese tal Rufus, Su Eminencia le llamaba mucho menos. Aquel hombre le recordaba a un pitbull , y no le gustaba para nada. Sentía, en su interior, que todo lo que había hecho para la causa, perdía valor y efectividad desde que él había entrado en la misión.
Rufus no era como Su Eminencia.
Y lo peor era que Matteo no podía llamar a Su Eminencia directamente, porque solo recibía llamadas desde un número oculto, al cual no podía rellamar. Si hubiera podido, le habría llamado y le habría trasladado su contrariedad con la incorporación de Rufus al equipo.
Suspiró, mirando el móvil, y lo guardó.
Sentía un ansia continua por ver si había una llamada perdida o un SMS, casi como hacían los enamorados.
Miró el reloj; tenía que apresurarse. La hora de la escenificación se acercaba.
Se acercó a una mesa, donde tenía listos los materiales. Los había preparado durante días, con minuciosa disciplina.
Sacó una aguja larga, de más de diez centímetros. Cogió un hilo y se dirigió a su víctima.
—Es hora de empezar, Federico —dijo con tono pomposo—. Ha llegado la hora de celebrar tu redención.