No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 25
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Minerva y Stan, acompañados por Tilda y Claudio, subieron al Mercedes que los esperaba en la puerta.

—Señora Glass, llego a saber que tiene tantos invitados y pido una furgoneta en vez de una berlina —comentó el chófer.

La periodista sonrió en respuesta. El chófer dejó de mirarla por el retrovisor y se puso en marcha.

Recorrieron la calle Bernardo Zamagna en dirección al sur de Milán. Iban mirando por el retrovisor en busca de algún detalle, de alguna cámara de seguridad o de cualquier hilo por dónde estirar la pista.

El hombre del paquete era un fantasma, incluso para las personas que lo veían a menudo en la parroquia.

Recorrieron toda la calle hasta el cruce. Era una zona residencial popular, donde escaseaban los establecimientos y, aún más, las cámaras de vigilancia. Cuanto más se alejaban de la parroquia, más se disipaban las probabilidades de encontrar algo.

—Me temo que no eligió esta calle al azar —dijo Minerva—. En las otras calles que parten de la plaza de la iglesia hay comercios, cajeros automáticos, incluso una gasolinera. Pero aquí no hay nada.

Una vez recorrido un radio de varios centenares de metros, desistieron y regresaron todos al Four Seasons .

Una vez en la suite presidencial, repasaron lo que habían descubierto.

—Hay más sombras que luces en esta historia —afirmó Stan—. Es increíble. Por una vez que nos adelantamos, acabamos descubriendo que seguimos ciegos. No conseguimos dar un paso por delante de ese asesino. Nos tratan como marionetas.

—En parte tienes razón, Stan —afirmó Claudio—. Su Eminencia se encargó de decirle a Tilda a dónde ir.

La periodista asintió. Se había sentado junto a Stan cerca de la ventana que daba al balcón, para que el humo saliera fuera de la habitación. Minerva y Claudio estaban sentados aparte, en una mesa de madera maciza.

Minerva sacó una libreta y fue repasando todas las posibles pistas.

De momento, solo sabían que el paquete iba dirigido a un apartado postal, así que solo podía ser retirado con un código, sin documentos ni direcciones.

Mientras ellos trabajaban, un agente de la policía investigativa de Milán se había quedado en la iglesia para realizar un retrato robot del recipiente del paquete.

—Maldita sea. Solo tenemos un jodidísimo retrato robot y un paquete que viene de París. Ni siquiera sabemos lo que hay dentro —indicó Stan—. Esto es una mierda. No podíamos empezar peor. —Dio una larga calada y se giró hacia Tilda—. ¿Has recibido algo más por Telegram ?

Tilda, antes de responder, desbloqueó el móvil y controló.

Levantó la mirada y negó con la cabeza.

—¿Y entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí sin hacer nada, esperando a que encuentren al primer muerto, como hemos hecho hasta ahora? —exclamó Minerva.

Stan la observó y dio otra calada. Se rascó la frente y afinó la mirada.

—¿Tienes una idea mejor?

Minerva no le contestó enseguida, pero Stan la conocía muy bien y le formuló la pregunta de otra manera.

—¿Qué piensas hacer ahora?

Ella negó.

—No lo sé. Pero, lo que tengo claro, es que no voy a quedarme aquí dentro, esperando.

Tilda y Stan la observaron cómo se dirigía a la puerta y la abría.

Claudio tenía la boca abierta, sin saber muy bien qué hacer.

No sabía si era mejor esperar, o salir a buscar algo que no tenía ni idea de qué era.

Pero tenía clara una cosa: prefería quedarse con Minerva que estar solo, o con Tilda y Stan.

Claudio cogió su abrigo y se despidió de los otros dos. Luego, abrió la puerta y siguió a Minerva por el pasillo del hotel.

—¿No te parece que hacen una bonita pareja? —dijo Tilda.

Al escuchar eso, Stan la miró arrugando el ceño y se atragantó con el humo.

Tosió repetidamente hasta que, pasado casi un minuto, consiguió recuperar la respiración.

—¡¿Qué?! —ladró en respuesta.

Ella lo miró con un poco de condescendencia, como si aquello fuera obvio y él un carcamal cascarrabias.

Sin hacer caso de la reacción de Stan, dejó salir el humo con suma elegancia, como buena dama londinense.